Don Perfecto se encaminó hacia la puerta, decidido a borrar para siempre a doña Desorden de su memoria. ¿Quién entendía a las mujeres? Nunca se terminaba de conocerlas. Si ésta no la quería, siempre estaba la posibilidad de encontrar otra.
Fedora, por ejemplo, aunque la pobre fuera tan limitada cuando había que conversar, o Margot, que tenía más experiencia del mundo, a pesar de que algunos piensen que las viudas traen mala suerte…
-¡Déjate de tonterías, Tomás! -doña Desorden lo había seguido, molesta y no dudó en sujetarlo por una manga, para que no saliera de la casa dejándola con la palabra en la boca-. No me hagas decir lo que nunca dije. Lee el resto de esta entrada »
Escrito por oscar garaycochea 







