Cap. 32. Sin duda, este es el final

junio 24, 2012

Don Perfecto se encaminó hacia la puerta, decidido a borrar para siempre a doña Desorden de su memoria. ¿Quién entendía a las mujeres? Nunca se terminaba de conocerlas. Si ésta no la quería, siempre estaba la posibilidad de encontrar otra.

Fedora, por ejemplo, aunque la pobre fuera tan limitada cuando había que conversar, o Margot, que tenía más experiencia del mundo, a pesar de que algunos piensen que las viudas traen mala suerte…

-¡Déjate de tonterías, Tomás! -doña Desorden lo había seguido, molesta y no dudó en sujetarlo por una manga, para que no saliera de la casa dejándola con la palabra en la boca-. No me hagas decir lo que nunca dije. Lee el resto de esta entrada »


Cap. 31. ¡Al fin solos!

junio 24, 2012

Edward Hooper: Ventanas de noche

Los invitados, parientes y curiosos que habían repletado la casa y los jardines de doña Desorden, admirando los cuadros, bebiendo hasta la última botella de vino blanco, devorando los bocadillos de MANOS DE ABUELAS LIMITADA, comenzaron a despedirse, cuando faltaba poco para la medianoche.

Arístides había bebido tanto vino para darse ánimo, que dejó de molestar a don Perfecto diciéndole que necesitaba hablar con él a solas sobre un par de asuntos de la mayor importancia para ambos. Por lo tanto decidió que Sergio y él se quedaran a dormir a la casa del viejo, confiando en ajustar cuentas con su padre el día siguiente. Pero ya no estaba muy seguro de lo que iba a decirle. El viejo parecía tan lleno de vida esa noche, mientras atendía a los invitados y vendía los cuadros de doña Desorden, que Arístides ya comenzaba a sentirse culpable de haber planeado arruinar la felicidad de ambos. Lee el resto de esta entrada »


Cap. 30. Siempre estamos a tiempo de arruinar la fiesta

abril 21, 2012

Arístides entró en la casa de doña Desorden avergonzado, consciente de que no había sido invitado a esa fiesta, pero Sergio se había enterado de algún modo e insistió tanto en concurrir a la inauguración, que finalmente su padre aceptó acompañarlo. De pronto, al subir la escalera de la entrada, Arístides comprobó que Sergio había desaparecido y no podía volver atrás, porque varios invitados llegaban y lo obligaron a entrar. Lee el resto de esta entrada »


Cap. 29. La noche decisiva

abril 21, 2012

Clotilde Martínez se había cambiado el color del pelo para la inauguración de la muestra de pinturas de doña Desorden, y de algún modo su paso por la peluquería, las palabras amables que el peluquero le dedicaba a toda su clientela, con el objeto de hacerlas sentirse más bellas y atractivas de lo que eran, habían logrado modificar su estado de ánimo, que variaba entre el aburrimiento de un empleo rutinario y el enojo contra el primer desdichado que se le cruzara en el camino. Lee el resto de esta entrada »


28. Preparándose (para lo mejor o lo peor)

febrero 22, 2012

Cuando Laura se enteró a través de Fernando, que su madre planeaba inaugurar una exposición de sus obras, y que los amigos que había conseguido en la Casa del Adulto Mayor la estaban ayudando, quiso averiguar si en esa historia había algo de verdad; o si se trataba de otra fantasía de don Perfecto, un hombre bastante peligroso cuando se proponía salir con la suya, como se demostró la vez que trató de reparar la casa de doña Desorden. Para no quedarse con la duda, Laura llamó a su madre y se lo preguntó. Lee el resto de esta entrada »


27. ¡A trabajar!

febrero 17, 2012

Después de entregarle a doña Desorden su casa libre de goteras, perfectamente pintada por dentro y por fuera, los peldaños de la escalera en su sitio, vidrios en todas las ventanas y artefactos sanitarios que ya no hacían ruido como de gárgaras cada vez que alguien los utilizaba, Laura y Fernando confiaban que la vieja no volvería a molestarlos durante los próximos veinte años. ¿Qué otra cosa podía pedirles?

Doña Desorden nunca reclamaba nada. Eso era lo que más le molestaba a su hija y el yerno: verse obligados a averiguar qué le hacía falta y luego, convencerla de que aceptara el favor, porque su orgullo de mujer independiente se lo impedía. Una vez que veían satisfechas todas las necesidades de doña Desorden, los miembros de la familia podían darle la espalda y olvidar su existencia hasta que la conciencia volviera a remorderles.  Lee el resto de esta entrada »


26. La noche en vela

enero 21, 2012

Esa noche, doña Desorden no consiguió dormir. Primero se dijo que la molestaba el olor de la pintura fresca y los pisos de madera que acababan de encerar. Luego se vio obligada a reconocer que estaba muerta de miedo ante la idea de exponer sus pinturas. Haría cualquier cosa, con tal de que no la rechazaran otra vez.

Prefería mantenerse escondida y no sufrir humillaciones. Era un temor estúpido, se vio obligada a reconocer. Si los críticos le decían que estaba terminada como artista, si nadie le compraba un cuadro, continuaría viviendo como hasta ese momento, bastante menos satisfecha que si la elogiaban o sus pinturas se vendían, pero de todos modos… Lee el resto de esta entrada »


25. Los abuelos se resisten

diciembre 3, 2011

Nidia y Fedora eran de esas personas que no suelen hablar nunca en público, porque el miedo les traba la lengua y se ponen rojas como un tomate, los latidos del corazón se les aceleran, las manos les sudan, pero se sentían perfectamente cómodas alternando con unos pocos amigos, por ejemplo, cuando se reunían a intercambiar chismes con don Manuel, allí donde nadie los interrumpiera. Entonces, compartían caramelos de miel o pastillas de menta y podían hablar durante horas.

-Yo los vengo vigilando a esos dos -murmuraba Fedora-. ¡Créanme, no es que a mí me importe…!

-Si no le importaran, mi querida señora, no los vigilaría -la interrumpió don Manuel. Lee el resto de esta entrada »


24. La Guerra de los Abuelos (II)

diciembre 3, 2011

Debían conseguir que sus abuelos se resignaran a quedarse cada cual en su casa, tejiendo suéteres, leyendo el diario del día anterior, mirando la tele, desempolvando los muebles que estaban perfectamente limpios… para que los nietos pudieran disfrutar el verano tal como a ellos les gustaba, tumbados al sol, oyendo música del personal stereo o patinando por la costanera, compitiendo en moto o yendo a bailar con sus amigos o desconocidos de la misma edad, lo más lejos posible de esos viejos.

-Habría que meterlos en un Asilo -dijo Luis Alberto-. Que vivan todos juntos y no estorben al resto de la Humanidad.

-Yo no quiero hacerles ningún mal -trataba de convencerse Carolina-. Sinceramente, creo que lo pasarían mejor en un Asilo, que cada uno por su cuenta. Lee el resto de esta entrada »


23. La guerra de los abuelos (I)

octubre 20, 2011

Luis Alberto, Carolina y Sergio vivían pegados al teléfono y el computador en esa época. Los padres aceptaron sin discutir la explicación de que ellos estaban recorriendo Internet para completar las tareas que les planteaban en el colegio. Investigar si era cierto, los hubiera obligado a dedicarles más tiempo del que disponían para ellos.

De pronto, los chicos montaban sus bicicletas y desaparecían, para visitar a los compañeros con quienes debían realizar trabajos en equipo. Eso decían al menos, y los padres tampoco se dedicaban  a verificar si mentían. La verdad era otra. Estaban dedicados en cuerpo y alma a una encarnizada guerra contra sus abuelos. Lee el resto de esta entrada »


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