Cap. 29. La noche decisiva

Clotilde Martínez se había cambiado el color del pelo para la inauguración de la muestra de pinturas de doña Desorden, y de algún modo su paso por la peluquería, las palabras amables que el peluquero le dedicaba a toda su clientela, con el objeto de hacerlas sentirse más bellas y atractivas de lo que eran, habían logrado modificar su estado de ánimo, que variaba entre el aburrimiento de un empleo rutinario y el enojo contra el primer desdichado que se le cruzara en el camino.

Esa noche costaba reconocer a la secretaria de la Casa del Adulto Mayor en esa mujer todavía joven, sonriente y bien vestida, que saludaba a todo el mundo con besos en las mejillas y sonrisas impecables. El Alcalde no la reconoció, debió haberla confundido con una periodista, porque le dijo que estaba más bella que nunca y tenían que almorzar juntos un día de esos.

No era posible, se dijo Clotilde. ¿Cómo podía haberse fijado en ella ese hombre que a veces ella admiraba y por lo general temía? En ese momento el Alcalde le guiñaba un ojo desde la otra sala. El nuevo corte de pelo había hecho el milagro, pensó Clotilde. Se había vuelto atractiva, o por lo menos había dejado de ser invisible. Los desconocidos que la rodeaban, los irritantes viejos del Taller, las pinturas horribles que colgaban de los muros, todo le pareció maravilloso de pronto.

Recordó el suéter de hombre que había tejido meses antes, sin tener muy claro para quién lo estaba haciendo: le quedaría perfecto al Alcalde. Se lo mandaría con con una tarjeta sin firma, que diría: “lo tejí pensando en tu bello cuerpo musculoso” y dibujaría en lugar de su nombre, un corazón. Después de todo, era cierto, no se puede tejer nada sin pensar en la persona que va a usar la prenda.

También don Perfecto parecía otro, no por la ropa ni el peinado, sino por el gesto de satisfacción que había reemplazado su ceño fruncido. Recorría las salas de exposición, observaba a los invitados, escuchaba sus conversaciones, vigilaba que repartieran el vino y los bocadillos, estaba en todas partes, como quien comprueba que todo sale tal como la ha planeado.

Cuando se vendieron las primeras cuatro pinturas de doña Desorden (las de tamaño mediano) a pocos minutos de haberse inaugurado la muestra, don Perfecto llamó aparte a la pintora, para darle la buena noticia y advertirle que a partir de ese momento había decidido subir en 25% el precio de las restantes.

-Yo no esperaba ganar dinero -se defendió la mujer-. Sólo quería que todos comprobaran que estoy viva.

-Ponga los pies en este mundo -la aleccionó el hombre-. No sé qué verá esa gente en sus cuadros, no sé si los compran para tapar manchas de los muros o porque son buenos, pero si ellos están dispuestos a firmar un cheque de tantas cifras sin discutir, de ahora en adelante pagarán más de lo que usted y yo soñábamos.

-Pero…

-Mejor no diga nada, porque la conozco. Sé que es capaz de regalarlos al primero que se los elogie.

-¿Qué más puedo pedir?

-Diviértase, haga relaciones públicas -le ordenó don Perfecto-. Yo me ocupo de las cosas prácticas.

Laura y Fernando llegaron en ese momento con sus hijos. Venían a acompañar a Doña Desorden, porque pensaron que sería una noche de desencanto y ellos debían ayudarla a superar el mal momento. Laura se había dado un baño tibio y rezó a todos los santos para que la ayudaran a mantenerse tranquila. Esperaban hallar a la pintora entre los cuatro viejos del taller que no iban a abandonarla en una ocasión como esa, y de pronto la cantidad de autos que encontraron en la calle y los obligó a estacionar a dos cuadras de distancia, comenzó a indicarles que algo extraño podía estar pasando.

-¿Para qué nos trajiste? -se quejó Carolina.

-No nos quedaremos mucho rato -les prometió Laura.

-Pudimos mandarle un ramo de flores con una tarjeta y basta -se quejó Fernando-. Ya hicimos demasiado por ella.

La casa resplandecía. No había música estridente como en otras fiestas. Las conversaciones en voz baja de tantos visitantes recordaban el rumor de una colmena. Fernando reconoció a un empresario de la construcción en la entrada. Estaba con otros dos amigos, oyendo a un anciano cargado de condecoraciones, en quien costaba identificar a Manuel, por lo bien vestido y peinado estaba esa noche.

-Acabo de hacer una buena adquisición -le informó el empresario-. Si quieres un consejo, compra hoy, porque el señor Embajador me dio el dato que dentro de un año esas pinturas valdrán el doble.

Fernando no se atrevió a revelarle que el viejo lo había engañado con sus cuentos, pero se llevó aparte al falso Embajador.

-Yo sé muy bien quién es usted, caballero -le dijo-. Lo he visto haciendo piruetas en el techo. Jubiló como artista de circo. Lo más alto que llegó en la vida, fue al trapecio. Me pregunto de dónde sacó esas medallas.

-Son todas mías -aclaró don Manuel-. Si no me cree, vea mi nombre y mi apellido grabados. Me las dieron por mi trabajo en el Circo y otras las compré para una fiesta de disfraz.

-Mi suegra se va a meter en problemas, si recurre a intermediarios como usted para engañar a los compradores.

-Ella no sabe nada -se disculpó don Manuel-. Sólo trato de ayudarla. Fue un chiste inocente que se me ocurrió, y de pronto comenzó a dar resultado. Las pinturas valen por lo que son ellas mismas, no porque un desconocido con medallas las elogie. ¿Quién le dice a usted que yo engañé a nadie? Ella es una gran artista y supongo que usted será el último en enterarse.

Tres coquetas damas de cierta edad llegaron de la cocina con bandejas repletas de bocadillos exquisitos, que no eran tan pequeños o indigestos como esos que se ofrecen en cualquier fiesta. Parecían comida casera, preparada poco antes, y al probarla se advertía que efectivamente eran eso. Podía consumirse sin pensar demasiado en las lamentables consecuencias para la digestión del día siguiente.

A quien preguntara (y al que no preguntara también) de dónde era esa comida inusual, que recordaba otros tiempos, mejores que los actuales, Margot, Fedora y Nidia le entregaban la tarjeta de la empresa que acababan de fundar esa mañana en la cocina de doña Desorden:

MANOS DE ABUELA

LIMITADA

Doña Desorden estaba en el segundo piso, tratando de librarse de Patricia Torres, la periodista que esperaba sus declaraciones con una grabadora en la mano.

-Cuando recibí la invitación -confesaba la joven- comencé a buscar datos sobre usted en el archivo del diario y no encontré mucho, por eso pensé que era una recién llegada. Luego hablé con otros artistas reconocidos y descubrí que casi todos la creían muerta.

-Debo ser un fantasma que no termina de enterarse dónde le corresponde estar -respondió doña Desorden, que después de las tensiones acumuladas en las semanas anteriores, se sentía de buen humor, y era capaz de reírse del viejo rumor cuyo origen desconocía y había conseguido mantenerla en el olvido tantos años.

-La gente no vive sin dejar huellas -insistió Patricia-. ¿Dónde estuvo los últimos diez años?

-Pues bien… -comenzó la pintora- ¿para que voy a contarle…? Anduve por aquí, por allá… No sería entretenido que entrara en detalles…

-¿Viajes de placer, de perfeccionamiento? ¿Amores?

Diez años de completo olvido, pensó doña Desorden y decidió que debía encontrar otra forma de decirlo.

-Mejor, no diga nada -le advirtió don Perfecto, que subía a buscar más catálogos, porque abajo se habían agotado-. El misterio le sienta bien.

Doña Desorden hubiera querido contarle a Patricia que no le había quedado mucho tiempo para divertirse, durante el tiempo que pasó deprimida, ignorada hasta por su familia, encerrada entre cuatro paredes de su casa, pintando y repintando los mismos cuadros, comiendo a cada rato, de pura tristeza, hasta caer rendida, porque estaba convencida de que no le importaba a nadie, que estaba de más en el mundo.

En lugar de lamentarse, doña Desorden saludó con la mano y una gran sonrisa al viejo amigo que le hacía señas al pie de la escalera (imposible olvidar que cinco años antes la había dejado esperando, cuando lo llamó por teléfono, en el momento en que ella más necesitaba una palabra de aliento).

-Baje pronto -le susurró al oído don Perfecto, que regresaba con una pila de programas- no los haga esperar, porque en una de esas los invitados se van y después no me pregunte cómo los reunimos de nuevo.

Doña Desorden estaba decidida a mostrarse espléndida esa noche, hasta con aquellos que recibieron la noticia de su muerte y no se preocuparon de pasar por su casa o llamarla por teléfono, para averiguar si era cierta o no, porque les daba lo mismo. Por lo tanto, pidió disculpas a la periodista y fue a encontrarse con el Director del Museo de Bellas Artes y un grupo de críticos que la esperaban.

No se sintió molesta porque la aplaudieran al verla bajar la escalera. Tampoco impidió que un camarógrafo de la tele registrara su imagen de triunfadora. Carolina y Luis Alberto no salían de su asombro. ¿Esa mujer deslumbrante podía ser su abuela? Ya no les parecía tan gorda (había adelgazado tres o cuatro kilos en esas semanas de sufrimiento previas a la inauguración). Evidentemente, a nadie le resultaba ridícula. Era en cambio una persona famosa, que iba a aparecer en la tele, se veía muy bien maquillada y vestida, peinada de peluquería, diciendo a todo el mundo que se sentía feliz de compartir con sus amigos sus últimas obras.

Y lo más asombroso era que todos querían besarla y fotografiarse con ella, sonrientes, con copas de vino blanco en las manos, para que las revistas de chismes publicaran la semana siguiente esas imágenes de triunfo y elegancia, que hacen suspirar a los lectores aburridos o desdichados.

-Mírala -dijo Luis Alberto-. Creo que metimos la pata.

-Por suerte, nadie lo sabe -respondió Carolina-. Si tú hablas, voy a decir que lo inventaste. A Sergio, yo sé cómo controlarlo.

-¿Será rencorosa la abuela? -se preguntó Luis Alberto, que a pesar del parentesco, nunca se había tomado el trabajo de conocerla.

-Nosotros no somos responsables de nada -lo atajó Carolina-. Primero por la edad. Luego, porque si mamá y papá la hubieran tratado mejor, nosotros también…

-¿Te parece una disculpa?

-No se me ocurre otra.

Carolina y Luis Alberto se acercaron al grupo que rodeaba a doña Desorden y celebraba cada una de sus ocurrencias. Ella estaba tan ocupada, que los descubrió después de un buen rato, callados y haciendo señas para ser vistos. Como no tenía puestos los anteojos tardó en reconocerlos, pero entonces los besó y quiso presentarlos a todo el mundo: ellos eran sus adorados nietos. ¿Cuándo habían llegado? ¿Aceptaban fotografiarse con ella? Una mujer demasiado maquillada, en la que tardaron en reconocer a una actriz de telenovelas, les preguntó:

-¿Qué se siente cuando uno es nieto de una abuela genial?

Carolina y Luis Alberto se miraron desconcertados (entre humillados y orgullosos) hasta que finalmente sonrieron como tontos, porque no sabían qué responder.

-Yo no termino de acostumbrarme -confesó Luis Alberto, cuando algunos de los presentes insinuaron que a los nietos de doña Desorden tal vez le hubieran comido la lengua los ratones.

(Continúa)

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