Cap. 31. ¡Al fin solos!

Edward Hooper: Ventanas de noche

Los invitados, parientes y curiosos que habían repletado la casa y los jardines de doña Desorden, admirando los cuadros, bebiendo hasta la última botella de vino blanco, devorando los bocadillos de MANOS DE ABUELAS LIMITADA, comenzaron a despedirse, cuando faltaba poco para la medianoche.

Arístides había bebido tanto vino para darse ánimo, que dejó de molestar a don Perfecto diciéndole que necesitaba hablar con él a solas sobre un par de asuntos de la mayor importancia para ambos. Por lo tanto decidió que Sergio y él se quedaran a dormir a la casa del viejo, confiando en ajustar cuentas con su padre el día siguiente. Pero ya no estaba muy seguro de lo que iba a decirle. El viejo parecía tan lleno de vida esa noche, mientras atendía a los invitados y vendía los cuadros de doña Desorden, que Arístides ya comenzaba a sentirse culpable de haber planeado arruinar la felicidad de ambos.

El Director del Museo de Bellas Artes persiguió a doña Desorden, hasta que logró convencerla de organizar una gran muestra dedicada a ella sola, en la que se reunirían los cuadros pintados a lo largo de más cuarenta años de carrera, muchos de los cuales en poder de coleccionistas. Ella protestó que no estaba de acuerdo con la idea, que resultaba prematuro un homenaje como ese, que había otros artistas que merecían ese honor más que ella, pero al final tuvo que rendirse ante las evidencias: probablemente ella era la gran pintora que de pronto decían sus admiradores. Si los defraudaba de nuevo, si se escondía en su caparazón como había hecho durante años, por temor al fracaso, ellos se sentirían defraudados y tal vez la abandonarían para siempre.

-Esta vez será diferente -se dijo, aunque estaba muerta de miedo,

Carolina y Luis Alberto no habían conseguido hablar con ella a solas, para prevenirla de la conspiración de Laura y Arístides.

-¿Cómo se lo decimos? -no querían acusar a su madre, pero tampoco deseaban que la abuela sufriera por su culpa.

-Yo tampoco me atrevo a hablar con mi abuelo -confesó Sergio.

Doña Desorden los había estado buscando también, desde que supo a través de don Perfecto que su hijo y su nieto se habían presentado por iniciativa propia, pero los invitados que comenzaban a despedirse la acaparaban, querían felicitarla por última vez, celebrar sus chistes, fotografiarse con ella, invitarla a otras fiestas que se celebrarían las próximas semanas.

Para que no los interrumpieran, doña Desorden bajaron al sótano, que ahora estaba limpio y bien iluminado, de manera tal que en el futuro, si el municipio ponía problemas para el funcionamiento de la Casa del Adulto Mayor, sus amigos podrían reunirse allí y olvidarse de los desplantes de Clotilde.

La pintora se sentía tan contenta, que apenas les oyó decir a sus nietos y a Sergio que ella tenía derecho a ser feliz y no debía renunciar a sus planes, porque tanto las personas de su edad como los muy jóvenes, sufrían los mismos problemas: no encontraban espacio para vivir tal como les daba la gana, mientras que los adultos se creían con el derecho de decirles qué les convenía y qué no. Eso no era justo. Doña Desorden debía saber que ellos la comprendían y la apoyaban.

-Claro, de acuerdo -respondía la mujer, pero Luis Alberto y Carolina hablaban al mismo tiempo y si bien Sergio se quedaba callado, de todos modos ella no entendió nada.

Tenía reservada una sorpresa para sus nietos y otra para Sergio. Muchos años antes había pintado en una tabla un gato verde que recorría un tejado naranja, bajo un cielo estrellado y en otra una sirena de cabellos azules que jugaba con una estrella de mar. Ahora se sentía tan satisfecha que quería regalarles a ellos esas obras que había guardado para sí misma.

-Si no les gusta, me lo dicen.

-Pero esto debe valer una fortuna -calculó Sergio.

-No se tomen en serio las tonterías que dice la gente en una fiesta de inauguración -les advirtió doña Desorden-. Ellos exageran.

-Tú eres famosa.

-La gente te admira.

La abuela no se dejaba marear por los elogios:

-Quién sabe si los aplausos me duran hasta pasado mañana.

-¿Cuándo podemos verte de nuevo?

Doña Desorden rió.

-¿Qué les pasa? No los reconozco.

-Somos tus nietos -dijo Carolina-. Y vamos a ayudarte.

-Gracias, pero no me hace falta.

-Si me preguntan cómo es usted -dijo Sergio Alberto- me gustaría demostrarle que efectivamente la conozco.

-Vengan a visitarme cuando quieran. Los jóvenes no tienen por qué avisar. Yo estoy siempre disponible.

Carolina, Sergio y Luis Alberto abrazaron a doña Desorden. Por primera vez, no fingían ni demostraban su afecto por obligación.

Don Perfecto y doña Desorden se miraron satisfechos, después de que todos los invitados se fueron y los viejos del taller de la Casa del Adulto también, rendidos tras una interminable jornada de trabajos y triunfos. El hombre cerró la puerta de entrada y comenzó a apagar las luces. Quedaban ceniceros llenos de colillas que debían limpiar, los últimos vasos en el fregadero de la cocina, botellas vacías por los rincones, pisos que deberían barrer y tal vez encerar de nuevo, pero todo eso podía esperar hasta la mañana, cuando hubieran descansado. Los dos amigos estaban satisfechos y agotados.

-Ha sido una noche única -dijo don Perfecto.

-Y se la debo a usted -reconoció la mujer.

-¡Por favor! Si no la hubiera encontrado en el taller, si no me hubiera disgustado tanto su carácter, yo estaría en mi casa, ordenando sellos postales.

-Le compliqué tanto la vida. Perdóneme.

De pronto don Perfecto la miró, decidido a no continuar en la incertidumbre.

-¿Quiere casarse conmigo?

Doña Desorden se quedó muda.

-¿Qué me dice? -insistió el hombre-. Manuel y Nidia son novios, lo anunciaron hoy, antes de irse, cuando usted andaba con el Director del Museo, y todos los felicitamos. Creo Margot y Rafael deben estar saliendo juntos desde hace un tiempo; cualquiera que vea como se miran los dos, cómo se tocan cuando  creen que nadie los miraa, puede darse cuenta de lo que está pasando o lo que pasará tarde o temprano… Nosotros somos dos o tres años más jóvenes que ellos.

Doña Desorden lo miraba cansada, pero sonriente.

-¿Espera que le responda hoy mismo?

-Nos entendemos, a pesar de nuestras diferencias, que han sido y son enormes… Eso no hace falta decirlo. Si no nos hubiéramos reunido, cada uno de nosotros estaría solo y deprimido. Juntos, en cambio, podemos ir tan lejos como se nos ocurra…

Don Perfecto se calló de pronto, porque después de haber confesado sus sentimientos más íntimos, comenzaba a sentirse como un tonto.

-¿Puede tener paciencia y esperarme… no sé: digamos seis meses, un año? -insinuó la mujer.

-¡Un año!

Era una enormidad de tiempo perdido, sintió el hombre.

-Todavía somos jóvenes.

-¿Le parece? Debe estarle fallando la vista.

-Si usted conoce a otra persona que le convenga más y no tenga los compromisos que yo tengo, por favor, no desaproveche la oportunidad…

Don Perfecto no estaba preparado para recibir una negativa tan amable como esa. Le hubiera gustado responderle que era una vieja imbécil y no tardaría en arrepentirse, si no aceptaba de inmediato su propuesta.

-Francamente, no la entiendo -susurró, desolado a más no poder-. Usted siempre nos dice que nos dejemos llevar por el impulso, que olvidemos las convenciones y digamos lo que nos pasa por la cabeza. Pero el día en que yo decido hacerlo…

-Cuando alguien pinta o escribe un poema, la espontaneidad es muy conveniente. Pero hay otras cosas que mejor es pensarlas, para no equivocarse, ni dañar a los demás… ¿Comprende?

-¿Arístides habló con usted? A él no le importa la felicidad de su padre. Sólo piensa en la herencia que puedo dejarle.

-¡Por favor, su hijo no tiene nada que ver.

-Entonces, no quiere responderme que no le gusta la idea, y para no decirlo inventa que está indecisa.

-¡No lo tome así!

Ahora don Perfecto estaba realmente furioso. Le dio la espalda a doña Desorden, porque de otro modo ella hubiera advertido que podían asomarle unas lágrimas que él no había derramado antes.

-Nuestra amistad fue demasiado buena para que continuara -dijo, desconsolado-. Yo debo resultarle tan aburrido como dice mi hijo que soy… Un hombre que no recuerda el nombre de su nieto, es alguien que no quiere a nadie. Usted aceptó mi compañía, pero estoy seguro de que lo consideró un gesto de buena educación, prácticamenten un acto de caridad. ¡Gracias por sus favores y adiós! ¡Ojala no volvamos a vernos!

(Continúa)

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