Cap. 30. Siempre estamos a tiempo de arruinar la fiesta

Arístides entró en la casa de doña Desorden avergonzado, consciente de que no había sido invitado a esa fiesta, pero Sergio se había enterado de algún modo e insistió tanto en concurrir a la inauguración, que finalmente su padre aceptó acompañarlo. De pronto, al subir la escalera de la entrada, Arístides comprobó que Sergio había desaparecido y no podía volver atrás, porque varios invitados llegaban y lo obligaron a entrar.

Arístides esperaba que tarde o temprano alguien lo detuviera para preguntarle qué estaba haciendo él allí. Sin embargo, nadie se fijó en él, cuando penetró en el living y se vio en medio de esa multitud sonriente y ruidosa, elegante, bien educada, con una copa de vino blanco en la mano que Fedora le había obligado a aceptar, mientras Nidia le presentaba una bandeja con bocadillos de queso.

-¿Nos conocemos? -preguntó don Ramiro a la hermosa mujer que lo había estado observando desde que llegó.

-Yo sé quién es usted -respondió ella- y lo admiro.

-¿Cómo puede ser que nadie nos presente? Podríamos hablar donde haya menos gente. ¿Qué le parece?

Clotilde sólo atinó a reír, don Ramiro la sujetó por un brazo y ambos huyeron de la casa antes de que nadie pudiera detenerlos.

Arístides fue empujado hacia uno de los cuadros por los visitantes que hacían comentarios y señalaban detalles magníficos para ellos, pero él no logró entender qué estaban diciendo. Miró la pintura y sólo distinguió una confusión de formas y colores tan grande, que se vio obligado a girar la cabeza a derecha e izquierda para encontrar los bordes. Si al menos hubiera un título que lo orientara, pero no, sólo descubrió un número, y al lado una tarjeta que decía VENDIDO.

¿Vendido? Arístides volvió a leer la tarjeta. ¿Acaso alguien había comprado ese desborde escandaloso de líneas y colores, para colgarlo de algún muro de su casa u oficina, por considerar que de ese modo adornaba el sitio y lo planteaba como algo digno de ser visto por quienes tuvieran la mala suerte de pasar por allí?

-Hay que mirar desde más lejos -le advirtió don Manuel, que había visto su desconcierto-. A tres metros de distancia, todo se aclara y toma sentido.

Hablaba como un experto. Y las condecoraciones que llevaba en el pecho infundían confianza. Arístides retrocedió cuanto pudo, pero la gente que pasaba se interpuso entre el cuadro y él. Antes de que pudiera evitarlo, Fedora le había cambiado la copa de vino vacía por otra llena, y Arístides descubrió que la multitud lo empujaba en otra dirección, hasta enfrentar otra tela inmensa, para él no menos desagradable (indescifrable) que la primera.

-¿Qué le parece? -le preguntó una mujer joven.

-No sé. Yo no entiendo mucho de estas cosas.

-Yo tampoco.

Los dos se miraron más tranquilos. Algo los igualaba.

-Me parece increíble que se atrevan a mostrar ésto.

-Así va el mundo.

-Parece que algunos cuadros fueron vendidos. ¿Se imagina poniendo esa monstruosidad en el comedor?

-Yo no -confesó Arístides-. Me quitaría el apetito.

-¿Qué le está pasando a los artistas desde hace un tiempo?

-Eso me pregunto yo. ¿Se han vuelto locos todos? Esa pintora deschavetada, por ejemplo…

-Ella es mi madre -dijo Laura y Arístides quedó con la boca abierta.

-Perdone.

-No se disculpe. Yo estoy de acuerdo con usted.

-Mi padre y ella no se separan desde hace meses. Ya no sé qué pensar de ellos.

Laura le tendió la mano.

-Me alegra conocerlo. Tenemos mucho de qué hablar, usted y yo.

Lo llevó al jardín, sin advertir que Sergio, Carolina y Luis Alberto se habían encontrado e iban detrás de ellos. Laura estaba desesperada, confesó a ese hombre que acababa de conocer. Su madre había perdido la cabeza. No era que antes hubiera sido razonable, pero en los últimos tiempos, desde que encontró apoyo en don Perfecto, la situación se había vuelto cada vez más peligrosa. Ella había guardado sus cuadros durante años. Si ahora los mostraba, y para colmo los vendía, consiguiendo elogios, dinero, fama, ¿quién la detendría?

-¿Por qué piensa que mi padre tiene algo que ver con eso? -preguntó Arístides.

Laura no responsabilizaba a don Perfecto. Era suficiente que su madre consiguiera un oyente, un seguidor, un admirador, para que volviera a sentirse tan llena de energías como a los veinte años, con ganas de desafiar al mundo y reírse hasta de las cosas más dignas de respeto.

-Mi padre es el hombre más inofensivo del mundo -Arístides no se atrevió a decir “aburrido”, pero no lograba entender que pudiera transformarse en cómplice de alguien como doña Desorden.

-¿No comprende? Al juntarse con mi madre, al tolerar las tonteras que ella inventa, cualquier disparate puede suceder.

Arístides estaba de acuerdo en que los viejos eran incontrolables, caprichosos, peores que adolescentes.

-Por lo tanto, hay que separarlos.

-Yo vine a eso también.

En buena hora se habían encontrado.

-No me pida que me lleve a mi padre conmigo, lejos de su nueva amiga -aclaró Arístides- porque francamente, no lo soporto y mi familia todavía menos.

-¿Usted cree que yo me siento muy cómoda con mi madre?

-Entonces, dejemos que se diviertan los dos juntos. Mientras cada uno de ellos tenga al otro, no nos molestarán.

-¿Qué le parece este Carnaval? -se indignó Laura-. Ellos dos son capaces de arrastrar a otros viejos y conseguir que los aplaudan.

-¿Usted tiene suficiente dinero, como para internar a su madre en una clínica de reposo?

Laura miró a Arístides en silencio. Hubiera sido difícil saber si la idea le disgustaba o simplemente se preguntaba cómo era posible que no se le hubiera ocurrido antes.

-Habría que prohibirles que se vieran… pero dudo que ellos nos obedezcan. Parecen dos chicos. Uno los ve arrugados por fuera, pero son capaces de enredarse en tantas locuras como nuestros hijos.

-Mi padre… -confesó Arístides- yo sé que lo que voy a decirle suena ridículo, pero él se ha hecho ciertas ideas disparatadas… románticas… sobre el futuro de ambos. Los dos juntos. ¿Comprende?

Laura no pudo evitar un gesto de asco.

-Mi madre es una persona que no puede volver a casarse -Laura buscaba las palabras en medio de la indignación- Es una idea… repugnante.

-¡Ah, menos mal que usted lo entiende! Yo no estoy seguro de que ellos piensen como nosotros.

-¡Casarse…! ¿Cómo se le ocurre? Ella tendrá que oírme. ¡Bajo ninguna circunstancia voy a permitir que le dé un mal ejemplo a sus nietos!

Sergio, Carolina y Luis Alberto habían estado oyendo, escondidos detrás de un arbusto. Se miraron avergonzados. Así eran los adultos que conocían, sus padres y profesores. Ellos lo sospechaban desde hacía mucho tiempo y ahora tenían la prueba.

Los adultos querían controlar la vida de todo el mundo (con las mejores intenciones, a veces). En realidad, lo estaban haciendo desde siempre, aunque demostraran tanto egoísmo como torpeza, y no parecían estar dispuestos a perder de un día para el otro ese privilegio. Cuando algo o alguien se interponía en su camino y de algún modo los desafiaba, cuando se presentaba un obstáculo para sus planes de dominación del mundo, había que prepararse para la guerra, porque era evidente que a ellos nada los detenía.

(Continúa)

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