27. ¡A trabajar!

Después de entregarle a doña Desorden su casa libre de goteras, perfectamente pintada por dentro y por fuera, los peldaños de la escalera en su sitio, vidrios en todas las ventanas y artefactos sanitarios que ya no hacían ruido como de gárgaras cada vez que alguien los utilizaba, Laura y Fernando confiaban que la vieja no volvería a molestarlos durante los próximos veinte años. ¿Qué otra cosa podía pedirles?

Doña Desorden nunca reclamaba nada. Eso era lo que más le molestaba a su hija y el yerno: verse obligados a averiguar qué le hacía falta y luego, convencerla de que aceptara el favor, porque su orgullo de mujer independiente se lo impedía. Una vez que veían satisfechas todas las necesidades de doña Desorden, los miembros de la familia podían darle la espalda y olvidar su existencia hasta que la conciencia volviera a remorderles. 

Don Perfecto, en cambio, continuaba pensando en su amiga y tenía planes muy detallados para ella, que no se molestó en informarle, porque si la consultaba, la respuesta más probable hubiera sido un NO rotundo y eso era lo último que le interesaba oír.

Don Perfecto buscó en la guía telefónica y trató de comunicarse con Fernando, en su oficina de la empresa constructora. Como se trataba de un hombre muy ocupado, tuvo que hacer decenas de llamadas, porque la secretaria lo negaba sistemáticamente y luego no le pasaba los mensajes a Fernando, sólo porque el nombre de don Perfecto le resultaba desconocido y supuso que debía ser un pedigüeño que podía molestar a su jefe, alguien que ella mantendría lo más lejos posible.

Cansado de esperar una respuesta, don Perfecto llegó un día a las oficinas de Fernando y le anunció a la secretaria que no se movería del lugar hasta que su jefe decidiera atenderlo. Iba preparado con un libro, una radio portátil, un par de sandwiches y una botella de agua mineral. Si tenía que pasar el día en la recepción, lo haría.

Si el Gerente no aparecía en algún momento, él volvería el día siguiente, y si tampoco asomaba entonces, regresaría el día subsiguiente, porque después de todo un jubilado no tiene compromisos, hasta que lo tomaran en cuenta.

-¿Por qué no me dice el motivo de su visita? -intentó la secretaria- Yo prometo pasarle su mensaje a don Fernando cuando regrese del extranjero, y él se comunicará con usted.

-Se trata de asuntos de interés para él, que no debo confiarle a personas extrañas -se resistió el viejo.

Un par de hombres maduros llegaron desde el interior de las oficinas, con sus portafolios y un rollo de planos.

-Don Fernando nos pidió que le dejáramos estos planos para que usted los copie -dijo uno de los hombres.

-¿Estaban reunidos con él? -don Perfecto se acercó.

La secretaria no sabía qué hacer.  Había mentido unos minutos antes, cuando dijo que su jefe no estaba en el país. La posibilidad de ordenarle al encargado de la seguridad que arrastrara a don Perfecto a la calle, aunque fuera por la fuerza, delante de un par de clientes, la desechó de inmediato. En ciertos casos se puede agredir a una persona joven que molesta, pero con un viejo todo se vuelve más difícil.

-Supongo que el Gerente no debe saber que yo espero la oportunidad de hablar con él desde hace por lo menos una semana -le dijo don Perfecto a los dos hombres, que no entendían nada- porque de otro modo no sería tan desconsiderado con una persona de mi edad.

-Cálmese, caballero -la secretaria terminó por rendirse-. Veré si don Fernando puede recibirlo.

Cuando lo hicieron pasar, a don Perfecto le bastó con ver el tamaño de la oficina, para comprobar que el yerno de doña Desorden debía ser un hombre con mucho dinero. Fernando recordó vagamente la cara de su visitante como uno de los amigos de su suegra que había visto durante los trabajos de restauración de su casa.

-Supongo que usted no me recuerda. Soy el representante artístico de su suegra -comenzó por informarle don Perfecto.

Acababa de inventarlo en ese momento, y sin embargo no dejaba de ser cierto. Durante las dos últimas semanas, él había conseguido publicidad de un par de tiendas de artículos para artistas, que le permitieron financiar la impresión del catálogo en colores, él buscó al fotógrafo que registró la imagen de doña Desorden sonriendo entre sus cuadros inmensos, él redactó sin una sola falta de ortografía las notas que mandaron a los diarios, él llamó a la producción de un programa de TV para gestionar la realización de una entrevista a la pintora.

Don Rafael, Fedora, Nidia, Manuel, Margot y los otros amigos del Taller habían colaborado en la medida de sus fuerzas y habilidades. Mientras unos se encargaban de quitar la maleza del jardín de doña Desorden y plantar arbustos nuevos, otros enceraron los pisos, y otros se comprometieron a repartir las invitaciones y notas de prensa.

-¿Desde cuándo mi suegra tiene un representante? -desconfió Fernando- No me diga que ella lo mandó, porque la conozco mejor que usted. Ella prefiere pasar dificultades, antes que pedirme un favor.

Don Perfecto no exigía demasiado del constructor: tan sólo nombres y direcciones, teléfonos de personas e instituciones que él conociera por su trabajo profesional: empresarios, gerentes, compañeros de la Universidad, clientes, amigos del club de tenis que frecuentaba dos veces por semana. Dinero no le hacía falta. Sólo necesitaba invitar a gente que tuviera mucho dinero a la inauguración de la primera muestra de pinturas que efectuaba doña Desorden después de una década de silencio.

-Lo estoy viendo: no irá nadie -le advirtió Fernando-. Mi suegra pudo ser una gran artista, hace veinte o treinta años, pero lo que pinta hoy ya no le interesa a nadie.

Don Perfecto no se daba por vencido:

-¿Qué prefiere? ¿Tener que mandarle un cheque todos los meses o ayudarla a vender sus cuadros, para que ella se las componga sola?

-Pierde su tiempo conmigo -le respondió Fernando-. Si quiere ayudar al prójimo porque su conciencia se lo exige, mejor búsquese otra persona más necesitada que mi suegra.

-No me diga lo que debo hacer -don Perfecto detestaba a ese hombre tan seguro de sí mismo, sólo porque sus empleados debían decirle siempre SI-. Yo no me voy de aquí hasta que usted me dé lo que estoy pidiéndole.

Fernando quería librarse del viejo y olvidar la existencia de doña Desorden. Por eso le ordenó a su secretaria que buscara la lista de personas influyentes que archivaban en el computador y utilizaban cada vez que debían mandar tarjetas de Navidad o invitaciones  fiestas. Eso era todo lo que pensaba hacer por don Perfecto. Y el viejo no esperaba nada más.

-Si no le menciona mi visita a su suegra, creo que será lo mejor para todos nosotros -se despidió don Perfecto.

Fernando lo vio alejarse con alivio.  Si se descuidaba, comprendió, ese viejo terminaría dándole órdenes.

 (Continúa)

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