26. La noche en vela

Esa noche, doña Desorden no consiguió dormir. Primero se dijo que la molestaba el olor de la pintura fresca y los pisos de madera que acababan de encerar. Luego se vio obligada a reconocer que estaba muerta de miedo ante la idea de exponer sus pinturas. Haría cualquier cosa, con tal de que no la rechazaran otra vez.

Prefería mantenerse escondida y no sufrir humillaciones. Era un temor estúpido, se vio obligada a reconocer. Si los críticos le decían que estaba terminada como artista, si nadie le compraba un cuadro, continuaría viviendo como hasta ese momento, bastante menos satisfecha que si la elogiaban o sus pinturas se vendían, pero de todos modos…
Pasara lo que pasara, ella tenía otros intereses en la vida: unos cuantos buenos amigos como don Perfecto y los estudiantes de la Casa de la Tercera Edad, un par de nietos hermosos, que tal vez dejaran de huirle un día y aceptaran su afecto.
De pronto, cuando se había puesto un camisón para irse a la cama y preparaba una bolsa de agua caliente en la cocina, se le ocurrió una idea o tal vez fuera más de una idea, tantas le llegaron al mismo tiempo, que no hubiera sido capaz de describirlas a todas con palabras. Los problemas que la habían atormentado durante años, estaban resueltos, delante de sus ojos, y sólo tenía que ponerse a pintar lo antes posible, para evitar que esas ideas tan simples se le olvidaran. Doña Desorden sintió que sus manos se movían solas.
Faltaban todavía muchas horas para la mañana, ese momento en el que todo el mundo se pone a trabajar. Poco antes las campanadas del reloj del living habían marcado la medianoche, y doña Desorden no pudo controlar su impaciencia, tuvo que salir en busca de los cuadros que sus amigos habían guardado en la bodega del jardín.

Por ese motivo no tomó en cuenta el frío de la noche, ni sus planes de acostarse después de un largo día de trabajo. Llevó varios de los cuadros a la casa, los dejó en el piso o apoyados contra las paredes blancas, separándolos para que no se molestaran unos a otros.
No estaba conforme con lo que veía. Eran pinturas correctas, agradables, demasiado parecidas a otras pinturas que ella había realizado hacía mucho tiempo, que la gente conocía de memoria y probablemente esperaba que ella continuara produciendo. ¿Para qué molestarse en exhibirlas?

Esa noche, cuando estaba por meterse en la cama, ella había imaginado que esos cuadros de menor tamaño no debían continuar separados. Por lo tanto, comenzó a juntarlos de a dos o tres, también de a cuatro o cinco, porque descubrió que cada uno de ellos necesitaba la vecindad de los otros.

¡Eso era lo que había estado buscando todo el tiempo! Enormes cuadros que se no había atrevido a pintar nunca. No era cosa de contenerse y hablar en voz baja, como si no tuviera nada que decir. Doña Desorden miró sus pinturas agrupadas como si las viera por primera vez. Poco a poco fueron definiéndose formas de personajes y objetos que habían estado allí guardadas, escondidas, mientras ella no se daba cuenta de lo que pasaba. Con sólo agregar un par de trazos, podía eliminar la confusión que todavía existía.

Sin detenerse a pensar que podía estar equivocada, y tal vez arruinara varios cuadros por seguir un impulso, Doña Desorden ya estaba haciendo lo que sentía la necesidad de hacer en ese momento.

Acababa de descubrir una escena frecuente en el centro de la ciudad, un choque de autos como el que habían pintado Nidia, Fedora y don Perfecto, sólo que el caos de la calle era inmenso, los edificios estaban agrietados, parecían a punto de derrumbarse bajo el peso de los carteles publicitarios y el sol que iluminaba todo se había vuelto negro. Ese fin del mundo ocurría todas las mañanas, y tal vez para defenderse del horror que producía, la gente había dejado de verlo.
Doña Desorden no pensaba demasiado cuando sentía la urgencia de pintar. Sólo se concentraba en lo que estaba haciendo: elegir un pincel, mezclar el color, extenderlo sobre la tela. Porque la pintura (o el canto o el baile o la cocina) era una actividad demasiado compleja, como para que ella pudiera distraerse y equivocarse.

En esos momentos sólo conseguía ver con precisión eso que estaba haciendo: la pincelada, el color, la textura. Pretender entender qué le estaba ocurriendo, hubiera significado tal vez perder un impulso que tanto le había costado recuperar y (lo más probable) quedarse con una obra inconclusa. Otra más. Tal vez comprendiera lo que intentaba hacer, mucho tiempo después de haberle dado la última pincelada, cuando otros vieran su obra y ella se enterara de sus comentarios e interpretaciones (que nunca dejaban de sorprenderla).

Don Perfecto llegó a la casa de doña Desorden en algún momento, siete u ocho horas más tarde. La pintora no lo oyó tocar el timbre tres o cuatro veces, y no es que se hubiera vuelto sorda; sólo estaba concentrada en los problemas que le planteaba el cuadro que tenía frente a ella y no conseguía resolver, a pesar de las muchas horas que le había dedicado. En una situación como esa, el humo de un incendio o un terremoto la hubieran dejado indiferente.
Al asomarse por una ventana, don Perfecto la descubrió vestida con su vieja bata de dormir (aunque hubiera pasado el mediodía), todavía sin peinarse, pintando como si estuviera por acabarse el mundo.

El hombre la estuvo contemplando largo rato, con pena y alegría mezcladas, tal como no recordaba haber vuelto a observar a una mujer, desde que se enamoró por primera vez, más de cuarenta años antes, de la mujer que luego fue su esposa y la madre de su hijo.

Desde ese momento había pasado tanto tiempo, que le costaba recordar que hubiera sido él quien estuvo enamorado, que de solo ver o recordar a ese mujer se le aceleraban los latidos del corazón. Estar enamorado debía ser eso: conformarse con no andar lejos de la otra persona, vivir pendiente de ella, estar dispuesto a hacerla feliz de cualquier modo.

Don Perfecto decidió usar la llave que doña Desorden le había dado cuando comenzaron las reparaciones de la casa. Entró sin hacer ruido, por la puerta de la cocina, para que la pintora no interrumpiera su trabajo, preparó un sandwich con un trozo de queso, pepinos en vinagre y hojas de lechuga, puso algunas frutas en un plato, llenó un vaso de leche y se acercó a la mujer que sólo entonces advirtió su presencia.

-¿Cuándo llegó usted?

-Ahora. ¿No almorzó?

Ella consultó su reloj pulsera por primera vez desde que se puso a pintar la noche anterior.

-No desayuné todavía. No me lavé la cara, ni debo haberme peinado tampoco. En realidad, no dormí anoche… ¿Qué me está mirando? No puedo estar más horrible.

-No importa. Continúe. Por favor, no se detenga por mí.

Doña Desorden cerró por un instante los ojos y extendió una mano, buscando a tientas la comida que don Perfecto le había dejado a poca distancia. El olfato la guiaba mejor que si tuviera los ojos abiertos. comería cualquier cosa que le llenara al estómago lo antes posible, para que su cerebro siguiera funcionando y le permitiera concluir su trabajo.

-Por la forma en que me miraba -dijo la mujer- usted debe estar pensando que últimamente yo no estoy en mi sano juicio.

-¿Quién le dijo eso?

-Yo también estoy sospechando que perdí la razón -continuó doña Desastre- porque de otro modo no se explica que dejara pasar diez años escondida, lamentándome por lo que pudo ser y no fue… Hubiera podido continuar encerrada el resto de mi vida, si no lo encontraba a usted y el resto de los amigos del Taller, que me estimularon tanto… Francamente, ya no me atrevía a mostrarle mis pinturas a nadie.

Doña Desorden devoró el sandwich, las frutas, bebió la leche y sólo entonces descubrió que el mareo que había sentido desde hacía un rato, la debilidad que la obligó a interrumpir el trabajo, debía ser por causa del hambre. ¿Cuándo había probado un alimento contundente por última vez? No papas fritas, ni maníes salados, ni palitos de queso que podía devorar mientras pintaba, sin pensarlo siquiera. Eso no contaba.

Doña Desorden fue corriendo a la cocina, seguida por el hombre que no entendía muy bien lo que estaba pasando, registró como una demente cada rincón del refrigerador, en busca de cualquier cosa comestible, y continuó desayunando (o almorzando, le daba igual) todo lo que encontraba, unas aceitunas, dos puerros, mayonesa, tomates, medio frasco de cebolletas en vinagre, huevos duros, sin recordar que desde hacía un par de semanas había estado siguiendo una dieta muy estricta que le permitiría adelgazar treinta kilos, si era capaz de mantenerla durante un año.

-Usted puede ser una gran artista -le dijo don Perfecto-. Yo no lo pongo en duda, porque sé que no entiendo nada de arte, como para dar una opinión autorizada. En realidad, tampoco estoy demasiado convencido de que sea verdad; sólo repito lo que dicen otras personas, ellas deben estar mejor informadas que yo…

-¿Piensa que necesito creérmelo? -preguntó doña Desorden- ¡No, gracias! ¡Hay tanta inseguridad en mi trabajo! Durante años me escondí dentro de mi caparazón, porque pensaba que ya no tenía nada que expresar. ¿A usted no le ha pasado…? No, supongo que a usted no. ¡Todo lo que producía, me disgustaba! Cada vez que me veía en un espejo, mi cuerpo me daba asco. ¿No ha sentido nunca que está de más en el mundo, porque ya no le importa a nadie…? Eso debe haberlo sentido. ¿O que cuando alguien lo toma en cuenta, es porque usted estorba y mejor se muriera…?

-No hable tanto -quiso calmarla don Perfecto-. Mejor coma en paz y no piense demasiado. Con el estómago vacío, usted se vuelve más torpe que de costumbre.

-¿Quiere decir que me complico la vida por tonterías que a nadie más le importan?

Edward Hopper: Ventanas en la noche

-Cada quien es como es -concedió el hombre-. Yo perdí la esperanza de cambiarla hace tiempo. Somos diferentes, a Dios gracias. Me gusta más, porque nunca sé lo que puedo esperar de usted.

-¿Realmente…? -doña Desorden interrumpió el banquete y abrazó a don Perfecto de pronto, le besó las mejillas y después lo soltó, sin fijarse en el rubor que invadía la cara del hombre, desacostumbrado a esas muestras de cariño.

-¿No le importa que esté loca y gorda y fea?

-Para mí, es una persona encantadora, muerta de miedo, que hoy no consigue ver nada claro.

Doña Desorden contempló a don Perfecto durante un rato, liberada repentinamente de las ideas horribles que la habían estado atormentando desde el momento en que el hombre le propuso exhibir sus cuadros.

-Gracias -respondió poniéndole una mano en la cara, en un gesto que hubiera podido ser una caricia y se detenía a tiempo-. Ahora sí podemos decir que usted y yo somos grandes amigos.

(Continúa)

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