25. Los abuelos se resisten

Nidia y Fedora eran de esas personas que no suelen hablar nunca en público, porque el miedo les traba la lengua y se ponen rojas como un tomate, los latidos del corazón se les aceleran, las manos les sudan, pero se sentían perfectamente cómodas alternando con unos pocos amigos, por ejemplo, cuando se reunían a intercambiar chismes con don Manuel, allí donde nadie los interrumpiera. Entonces, compartían caramelos de miel o pastillas de menta y podían hablar durante horas.

-Yo los vengo vigilando a esos dos -murmuraba Fedora-. ¡Créanme, no es que a mí me importe…!

-Si no le importaran, mi querida señora, no los vigilaría -la interrumpió don Manuel.

-Sé que doña Desorden y don Perfecto son dos personas maduras y bien pueden hacer con sus vidas lo que prefieran… pero no sé si se han dado cuenta que él pasa el día en la casa de ella, y ella puede llegar a cualquier hora a la casa de él. No me parece lo más apropiado.

-Eso no significa nada -la interrumpió Nidia-. Son buenos amigos, como todos nosotros, pero entre ellos… ¿cómo decirlo…? No hay romance.

Nidia miró para otro lado, avergonzada de su audacia. Poco faltó para que Fedora se atorara de la risa.

-¿Romance a la edad de esos dos? -preguntó don Manuel.

-A nuestra edad -le recordó Fedora.

-Si yo estuviera en el lugar de ellos -dijo Nidia- me preocuparía de no dar que hablar a la gente.

-Usted se molesta, porque ningún caballero la invita a salir desde hace tantos años que ni se acuerda qué debe hacer una dama en esos casos -respondió don Manuel-. Yo todavía me siento en condiciones de enamorar a una señora. Pienso que más de un amigo nuestro diría lo mismo.

Estaban en la Casa de la Tercera Edad, esperando que llegaran doña Desorden y don Perfecto. Pero los dos avisaron un rato antes que no asistirían esa tarde, porque debían controlar el retiro de los escombros de los arreglos, que formaban una pirámide de dos metros de alto en el jardín. Por fin doña Desorden iba a quedar libre de todos los intrusos que habían interferido su vida. Ahora el caserón estaba renovado, cubierto de polvo también, inhóspito por falta de muebles, lámparas, cortinas y alfombras, tan vacío que costaba reconocerlo.

-Ahora que terminaron las reparaciones -preguntó don Perfecto a su amiga- ¿qué haremos?

-He pensado en una gran fiesta para agradecer a todos los que me ayudaron -respondió doña Desorden- desde mi yerno a los estudiantes del taller. ¡Un banquete!

-Imposible, porque usted se puso a dieta -le recordó el hombre-. Yo lo tengo todo pensado: haremos una gran exposición de pinturas.

-¿Cómo no se me ocurrió antes? -preguntó la mujer deslumbrada-. Mostraremos todo lo que han hecho mis estudiantes en estos pocos meses.

Don Perfecto tenía otros planes.

-Será la primera exposición de sus cuadros en diez años.

Doña Desorden retrocedió, con una sensación de vacío en el estómago que no podía ser hambre, sino miedo. La posibilidad de que muchos vieran sus cuadros y le informaran que nada de lo que ella hacía le interesaba a nadie, se le presentó como una certeza intolerable. No era una gran artista, sino una vieja mediocre, que no se resignaba a ser una abuela común y corriente, alguien que en buena hora había dejado de mostrar sus obras.

-No, gracias –dijo doña Desorden en un hilo de voz-. No tengo nada que valga la pena mostrar. Debe haber por lo menos una docena de cuadros a los que todavía les falta algo, no me pregunte qué, porque no sé muy bien qué les falta… De otro modo, los consideraría terminados, no me importaría exhibirlos.

-Dada la forma que tiene usted de pintar -pretendió alentarla don Perfecto- nadie se dará cuenta si algo les falta o más bien les sobra.

-¡Por favor, no me obligue a hacerlo! La última vez que expuse fue un desastre: no vendí ninguna pintura, los críticos dijeron que yo estaba pasada de moda y no tenía nada que decir a las nuevas generaciones.

-Si quedó tan convencida de que ellos estaban en lo cierto ¿por qué siguió pintando?

Para doña Desorden no había ninguna respuesta.

-Habrá sido por costumbre -dijo-. ¿No es ridículo…? Soy como los animales que siguen la misma huella, aunque no entiendan por qué. Yo no sé hacer otra cosa… Francamente, no quiero fracasar de nuevo. Usted no entiende qué puede sentir un artista cuando trabaja y trabaja, pero ya no consigue emocionar a nadie. Quisiera hundirme en la tierra. Como el avestruz, dirá usted, pero es todo lo que se me ocurre.

Don Perfecto no la estaba oyendo.

-Yo me encargo de todos los detalles prácticos: los marcos, el catálogo, las invitaciones. Hace años organizaba la Exposición de Filatelia y recuerdo cómo se hacen esas cosas. Usted sólo tiene que dedicarse a terminar sus cuadros lo antes posible, digamos, veinte días y conseguirse un vestido bonito para la noche de la inauguración.

-¡No, imposible! Usted no puede obligarme a mostrar mis cuadros, si yo sé que no están terminados! No lo conseguirá. Es un abuso de su parte.

-¿Quiere que le rueguen…? ¿Quiere que le pidan por favor…? -se burló don Perfecto-. ¿Quién se cree la señora? ¡Presumida!

(Continúa)

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