28. Preparándose (para lo mejor o lo peor)

Cuando Laura se enteró a través de Fernando, que su madre planeaba inaugurar una exposición de sus obras, y que los amigos que había conseguido en la Casa del Adulto Mayor la estaban ayudando, quiso averiguar si en esa historia había algo de verdad; o si se trataba de otra fantasía de don Perfecto, un hombre bastante peligroso cuando se proponía salir con la suya, como se demostró la vez que trató de reparar la casa de doña Desorden. Para no quedarse con la duda, Laura llamó a su madre y se lo preguntó.

-¿Quién te lo dijo? -reaccionó ella.

Eso confirmaba el dato, pero no el silencio de la pintora.

-¿No vas a volverte atrás, como hiciste la última vez? –preguntó Laura.

Doña Desorden había organizado una pequeña exposición, varios años antes. Laura la ayudó a prepararla, a pesar de que estaba embarazada de Carolina y el médico le había recomendado no esforzarse. Compró los marcos, hizo gestiones para conseguir la sala, redactó un catálogo, mandó invitaciones a la prensa, y apenas una semana antes de la fecha calculada para inauguración, cuando estaba comprado el vino que ofrecerían a los invitados y reservado los bocadillos que les servirían durante la apertura, la pintora decidió que no estaba preparada, que no había suficientes cuadros para mostrar, y no quería que nadie los viera en el estado en que se encontraban.

Para evitar que hiciera el ridículo, Laura se vio obligada a inventar la historia de un robo que doña Desorden acababa de sufrir y la privaba de varias de sus pinturas. De ese modo justificó que la inauguración se postergara indefinidamente.

-Ahora es distinto -respondió la pintora, avergonzada.

-¿Por qué debo creerte, mamá?

-Mis amigos me obligan -confesó doña Desorden-. No es sólo don Perfecto. Están Fedora, Margot, Rubén, Manuel, Nidia, Rafael… tú no sabes cómo son ellos. Cariñosos, pero también exigentes. Vamos a mostrar sus obras y también las mías. En realidad, lo hago por ayudarlos a ellos.

-¿Puedo visitarte un día de éstos, mamá?

Doña Desorden entró en pánico. Desde que suspendió la exposición, se sentía en desventaja cada vez que Laura la enfrentaba. Le había pedido disculpas a su hija docenas de veces y no obstante le quedaba intacta la sensación de haberla defraudado.

-No, querida, prefiero que por ahora no vengas -respondió-. Estoy tan ocupada… Faltan siete días para la inauguración y no consigo terminar nada.

Laura llegó esa misma tarde, acompañado por sus hijos, a los que tuvo que arrastrar, precisamente cuando doña Desorden y don Perfecto discutían a gritos, que podían ser oídos desde la calle, porque todas las puertas y ventanas estaban abiertas, para que las pinturas se secaran más rápido.

-¿No era que usted había firmado ese cuadro? -preguntaba el hombre-. Creí que era la última pincelada que usted ponía.

-Bueno… sí. Estaba terminado. Eso pensé. Pero esta mañana me arrepentí -se disculpaba la mujer-. Nadie sabe realmente cuándo termina un cuadro.

-Me prometió hace una semana que ya no iba a tocarlo más, porque si seguía pintando encima, lo arruinaba.

-Hace un rato encontré la solución de un problema que dejé pendiente, no recuerdo cuándo… Hace cuatro o cinco años por lo menos. ¿Cree que voy a dejar pasar la oportunidad de corregir un error, sólo por una promesa que usted me arrancó…?

-¿Quiere llegar al día de la inauguración, tal como estamos hoy?

El olor a trementina y barnices mareaba. Laura y sus hijos vieron que el caos de siempre había regresado a la casa. No era el mismo desorden de antes, sin embargo. Una serie de pinturas estaban apoyadas contra los muros o directamente en el suelo, a lo largo del living, el comedor, el estudio, la entrada, la escalera, uno de los dormitorios, mientras doña Desorden pasaba de una a la siguiente, agregando un pequeño toque de amarillo aquí, una línea verde allá, raspando un  color todavía fresco en otra, para que dejara ver lo que estaba debajo.

Probablemente la mujer no se había peinado desde el día anterior y había dormido apenas un par de horas, sin quitarse ese vestido viejo, ancho y cubierto de tantas manchas de pintura, que la hacía parecer un arcoiris. Ni ella ni su amigo vieron a Laura, Carolina y Luis Alberto que los espiaban primero desde una ventana, luego desde la otra, finalmente desde el interior de la casa, y no se atrevían a interrumpirlos.

-En mala hora me decidí a ayudarla -se lamentaba don Perfecto, que un día antes había necesitado tomar pastillas para detener la acidez del estómago-. Ahora entiendo por qué la dejó sola su marido y por qué su familia le da la espalda. Usted es terrible, me va a matar.

-Exagera -le respondía la mujer, despreocupada-. Todo está bien.

-Mírese. Vea lo que hizo. Alguien como usted, no necesita enemigos. Basta que uno la deje sola, para que se arruine la vida, por desorganizada.

-Yo le advertí que la exposición iba a ser menos fácil para usted que para mí -concedió la pintora-. Como he pasado por ésto ya ni recuerdo cuántas veces, no me asusto lo más mínimo. Sé que doy la última pincelada de mis cuadros quince minutos antes de la inauguración. Y lo más probable es que le agregue una que otra pincelada cuando los invitados se vayan. Mientras viva y me lo permitan, seguiré retocando mis cuadros. Yo soy así. Déme una razón para que no lo haga de ese modo.

Laura había oído más que suficiente para sentirse incómoda. No podía entrar en la habitación y saludar como si nada hubiera oído, porque la evidente despreocupación de su madre la aterrorizaba. Esa mujer era un peligro público. En buena hora vivían separados. Laura se llevó a los niños al auto y huyó de esa casa que detestaba.

-En el fondo, me da lástima la abuela -dijo Luis Alberto.

-¿Por qué? -preguntó Carolina.

-Se hace tantas ilusiones…

-¿Y eso es malo?

-No me digan que más se vive, más se aprende, porque en el caso de ella parece que fuera lo contrario.

Los niños esperaban que Laura interviniera para ayudar a la abuela, y ella no hallaba la manera de explicarles que los artistas eran a veces gente especial, que no hacen ni sienten lo mismo que la mayoría de las personas, y no por eso había que condenarlos.

-Ella espera… -comenzó a decir Laura-. No sé muy bien lo que ella espera de la exposición. Un milagro: que deslumbre a todos los que vean sus cuadros. Y lo más probable es que se lleve un desengaño.

-¿Cómo es que no se da cuenta? Pinta mamarrachos -opinó Luis Alberto.

-¡No lo digas delante de ella! -lo detuvo Laura, pero estaba de acuerdo con su hijo-. Antes, los cuadros eran chicos y no podían molestarle a nadie. Claro que yo no colgué ninguno en el living de mi casa y ella debe haberse dado cuenta de cuáles eran nuestros gustos, porque tampoco intentó darme ninguno, ni convencer a Fernando, para que los compre y los cuelgue en sus edificios. Ahora en cambio, se siente rodeada por esos amigos de su misma edad, que le dan cuerda, perdió la timidez… y todo es para peor.

-¿Tú vas a mandarnos de vacaciones con una persona irresponsable?

Laura aceleró su auto y no le prestó atención a la luz roja del semáforo. Necesitaba llegar lo antes posible al centro comercial más cercano, para comprar zapatos deportivos, un traje de fiesta, servilletas de papel, bombones de menta, videojuegos, cortinas para el baño. Necesitaba comer pizza y helados, oír música a todo volumen, mirar kilómetros de vitrinas, para olvidar lo que había visto y oído en la casa de su madre. No podía recordar ese laberinto de cuadros enormes, de colores chillones, sin que se le revolviera el estómago.

Doña Desorden iba a quedar en ridículo, sufriría otro desengaño, que la tendría de nuevo hundida en la depresión, y ella se vería en la obligación de consolarla y sacarla a flote, si eso era posible.

(Continúa)

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