23. La guerra de los abuelos (I)

Luis Alberto, Carolina y Sergio vivían pegados al teléfono y el computador en esa época. Los padres aceptaron sin discutir la explicación de que ellos estaban recorriendo Internet para completar las tareas que les planteaban en el colegio. Investigar si era cierto, los hubiera obligado a dedicarles más tiempo del que disponían para ellos.

De pronto, los chicos montaban sus bicicletas y desaparecían, para visitar a los compañeros con quienes debían realizar trabajos en equipo. Eso decían al menos, y los padres tampoco se dedicaban  a verificar si mentían. La verdad era otra. Estaban dedicados en cuerpo y alma a una encarnizada guerra contra sus abuelos.

Abrieron, por ejemplo, varios correos electrónicos con distintos seudónimos, que les permitían difundir informaciones falsas, destinadas a ridiculizar o poner en peligro las actividades que ocurrían en la Casa del Adulto Mayor. Una de esas direcciones era precisamente:

http://www.casadeladultomayor.com

            Otra:

http://www.casaadultomayor.com

Diseñaron un logotipo con la silueta de un anciano apoyado en un bastón. Lo adornaron con fotos de gente viejísima de todos los rincones del mundo. ¿Quién hubiera sospechado que la dependencia del municipio no tenía nada que ver con eso? En nombre de la institución, Luis Alberto, Carolina y Sergio invitaban a conferencias, talleres, degustaciones de comida y bailes de disfraces.

Algunos periodistas publicaban informaciones tan carentes de respaldo como esas y no se preocupaban de verificar los datos. ¿Se anunciaba un Taller de Conservación de Momias egipcias? Bien podía ser. ¿Invitaban a  un diálogo con el sobrino nieto del Dalai Lama? Eso podía interesarle a vegetarianos y pacifistas. ¿Promovían una caravana de autos de museo, seguida por una fiesta de disfraces al estilo de los años ´20? Valía la pena mandar un camarógrafo que registrara el evento. ¿Planteaban una degustación de comida china elaborada con carne de perro? Era una idea repugnante, pero podía resultar de interés para los amantes de las mascotas. ¿Invitaban al funeral de don Perfecto, famoso coleccionista de sellos postales? Francamente, ¿quién podía ser el caballero?

Clotilde veía llegar de pronto gente desconocida, viejos y jóvenes por igual que habían leído los diarios o escuchado las informaciones de la radio, y después de enterarse del motivo de su presencia, tenía que pedirles disculpas y explicarles que la convocatoria debía haber sido un error del diario o la radio.

Una broma como esa podía ser bastante molesta, pero Clotilde Martínez comprobó que el error se convertía en cosa de todos los días. Alguien, tal vez un grupo de desalmados, estaba tratando de arruinar sus nervios, imaginó, porque solo podía obra de sus enemigos personales, tal vez los profesores de Tai-chi y Tarot que no le habían entregado los diplomas que ellas les exigió, ni aceptaban que ella estaba obligada a exigírselos.

-Quieren volverme loca -desesperaba Clotilde.

Enfrentó a los profesores de quienes sospechaba, les dijo que a pesar de todo lo que intentaran, no la harían renunciar, si eso era lo que buscaban, pero que ya estaba tomando tranquilizantes sin receta médica, y si se convertía en adicta, ellos serían los responsables.

-Por favor, Clotilde -le advirtió doña Desorden- ¿Cómo puede creer que alguno de nosotros sería capaz de hacer bromas tan desagradables como anunciar la muerte de don Perfecto? ¿Qué saldríamos ganando?

-Si no son ustedes, ¿quién? -Clotilde imaginó que otros empleados municipales querían desplazarla. Su puesto no era cosa desde el punto de vista del sueldo, pero podía pasarse el día tejiendo sin que nadie la interrumpiera.

Al comienzo, Luis Alberto, Carolina y Sergio encararon las agresiones como un juego que ellos mismos inventaban, sin tener la menor idea de lo que vendría después (ni siquiera se les había pasado por la mente que alguna vez el juego pudiera volverse en su contra). Para que no los localizaran, mandaban los comunicados desde los computadores de sus colegios o de cibercafés alejados de sus domicilios.

-Nuestros mensajes tuvieron efecto -dijo Luis Alberto, que pasó por delante de la Casa del Adulto Mayor en patineta y descubrió que la puerta estaba cerrada y un policía se encontraba apostado en la entrada.

Esa tarde doña Desorden había llegado inesperadamente de visita a la casa de Laura, sus nietos la vieron nerviosa, como si estuviera muriéndose por contarles algo y por algún motivo no se atreviera.

-¿Cómo estás, mamá?

-Bien. No podía sentirme mejor. Los hombres de Fernando me dejaron la casa vacía. Me cuesta reconocerla después de todo lo que hicieron. ¿Qué te hace pensar que no me sienta maravillosamente bien? -doña Desorden exageraba.

-Es que tú andas tan ocupada siempre, mamá, que no te queda tiempo para visitarnos. Cuando lo haces, me pregunto cuál será tu problema. ¿Cómo anda el taller de pintura? -Laura se había enterado de la amenaza de bomba, pero ignoraba la existencia de anónimos.

-Ningún problema. ¿Quién te ha dicho que esté en dificultades? Me siento más feliz que nunca.

Luis Alberto estaba oyendo y notó la angustia en la voz de su abuela. De pronto experimentó una sensación desconocida para él, como de vergüenza. Los viejos estaban sufriendo por su culpa. No le agradaba imaginarlo. Después de todo, su abuela decía lo contrario, y en ese caso, ¿por qué no creerle que efectivamente nada la preocupaba? Estaba mintiendo. Pronto se rendiría. Preferiría quedarse en su casa y olvidar la existencia de los otros viejos. Si él dejaba de lado la campaña de cartas anónimas, en cambio, los viejos continuarían reuniéndose y terminarían arrastrándolos a él, su hermana, a Sergio y quién sabe cuántos otros chicos a pasar unas vacaciones horribles el próximo verano.

-Todos ellos deben estar muertos de miedo, pero son astutos, no lo confiesan, para que las familias no se opongan a sus reuniones -dijo Sergio, cuando hablaron por teléfono.

-¿Por qué no le preguntas a tu abuelo?

-¿Estás loco? Yo no lo llamo nunca y él tampoco me cuenta nada. ¿Qué dice tu abuela?

-Nada. Tal vez piensa que todo es una broma.

-Entonces, hay que insistir, hasta tomen las amenazas en serio.

-Corramos la voz de que hay fantasmas en la Casa del Adulto Mayor -decidió Sergio-. Los edificios viejos siempre tienen historias de ese tipo.

-No, eso no sirve -intervino Carolina- Si la casa se vuelve famosa, resultará más difícil separarlos. Ya lo estoy viendo tomados de la mano, alrededor de una mesa, tratando de hablar con los espíritus del otro mundo. Para ellos sería una diversión averiguar como es ese sitio al que no tardarán en llegar.

¿Qué había pasado cuando avisaron por teléfono a los bomberos que la Casa del Adulto Mayor estaba quemándose? Los bomberos interrumpieron el taller de doña Desorden, revisaron todos los rincones en busca de humo, fueron del sótano al desván, ignorando las protestas de Clotilde que los veía desordenar su archivo, pero desde el principio quedó en claro para todos que allí no había fuego, los viejos protestaron que ninguno fumaba ni permitía que nadie lo hiciera.

Para compensarlos por la molestia sufrida, los bomberos invitaron a los viejos a dar una vuelta en el carro-bomba. Clotilde protestó que si alguno sufría un infarto ella no se responsabilizaba, pero nadie le prestó atención y al final de la tarde todos estaban contando la aventura a sus parientes. Nunca se habían reído tanto, le dijo doña Desorden a Laura, mientras sus nietos parecían estar ocupados en otra cosa.

-No me importa pensar cómo lo haremos, pero vamos a separarlos a todos antes de que lleguen las vacaciones -le susurró Luis Alberto a Carolina.

(Continúa)

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