Cap. 32. Sin duda, este es el final

Don Perfecto se encaminó hacia la puerta, decidido a borrar para siempre a doña Desorden de su memoria. ¿Quién entendía a las mujeres? Nunca se terminaba de conocerlas. Si ésta no la quería, siempre estaba la posibilidad de encontrar otra.

Fedora, por ejemplo, aunque la pobre fuera tan limitada cuando había que conversar, o Margot, que tenía más experiencia del mundo, a pesar de que algunos piensen que las viudas traen mala suerte…

-¡Déjate de tonterías, Tomás! -doña Desorden lo había seguido, molesta y no dudó en sujetarlo por una manga, para que no saliera de la casa dejándola con la palabra en la boca-. No me hagas decir lo que nunca dije.

-¿Desde cuándo me tutea?

Doña Desorden no se tomó el trabajo de responderle.

-¿Sabes lo que pasa contigo, don Perfecto? Estás acostumbrado a vivir solo, sin nadie que te contradiga o te apoye con una palabra amable, sin nadie que proteste por tus reacciones de niño malcriado… Cualquier cosa que no esté de acuerdo contigo, te ofende. ¡Habráse visto! Nadie puede tocarte ni con el pétalo de una rosa. No sé cómo llegaste a la edad que tienes, sin madurar en el camino.

-¿Yo? -el hombre no creía que pudieran referirse a él en esos términos.

-Deberías avergonzarte de ser tan agresivo.

-¿Quién habla de inmadurez, Ernestina? -se indignó el hombre-. Si no hubieras estado muerta de miedo, ¿por qué pasaste diez o doce años escondiéndote en tu casa? Claro, inventabas excusas, una a cual más creíble que la otra: no podías terminar de pintar ningún cuadro, que te dedicabas a organizar talleres para unos cuantos viejos incapaces…

-No estoy de acuerdo -protestó la mujer-. En cada ser humano hay tanta capacidad de crear belleza como en los grandes artistas, pero son pocos los que aprenden a utilizarla. Fedora, Manuel y Nidia están para demostrarlo. Tú, en cambio, si te quitan la regla y el compás, te hundes.

-¡Palabras y más palabras! -la interrumpió don Perfecto-. Siempre hablas de disfrutar la vida, pero la impresión que me diste cuando pude conocerte, era otra. Tú estabas tan deprimida, que no hacías el menor esfuerzo para salir a flote. Nos contabas maravillas sobre el arte y la creatividad, pero estabas esperando que te visitara la muerte.

-¿Yo? -doña Desorden daba la impresión de estar a punto de saltarle encima para dejar la huella de sus uñas en la cara de don Perfecto-. Desde hace un tiempo yo sé por qué nadie se te acerca, Tomás… ¿Quieres oírlo? Si no quieres, me da lo mismo. Eres un tipo que pudo ser cruel, si no hubiera sido porque la vida nunca te dio la oportunidad. Se nota lo intolerante que fuiste y sigues siendo. No te importa hacerme daño, a pesar de que al decirte que no, sólo he pensado en tu felicidad.

-¿Te molesta la verdad? -gritaba don Perfecto.

-¡Aquí tienes la puerta! -doña Desorden no era una persona de esas que tarda mucho en decidir cuándo les molesta algo-. Confío que salgas hoy y no volvamos a vernos.

-En eso estoy de acuerdo.

-No me llames por teléfono, porque no atenderé.

-Siéntate a esperarme. No te necesito.

-Adiós.

-Te vas a arrepentir.

-¿Cuándo me libro de tu presencia?

Pero a pesar de los insultos, ninguno de los dos se movía. Eran como dos perritos que se desafían a ladridos o gruñidos, pero no pasan a los mordiscos. Ella no tenía por qué irse, puesto que estaba en su casa. El no daba un paso, porque esperaba que ella terminara disculpándose por haberlo echado. Permanecieron callados un buen rato, mirándose con gestos desafiantes, ya sin fuerzas para continuar esa pelea que comenzó no recordaban muy bien por qué y también sin ganas de separarse para siempre.

-¿Cómo puedo irme, si tú no me sueltas la manga? -preguntó por fin don Perfecto.

-Me llamaste Ernestina -dijo doña Desorden con una sonrisa y descubrió que la voz le temblaba-. ¡Me tuteaste! Un triunfo que llega cuando menos lo esperaba. ¿Puedes decir mi nombre de nuevo?

-Me gusta como suena Tomás cuando te lo oigo decir -confesó don Perfecto-. Nadie me llama Tomás desde hace miles de años. Mi mujer lo hizo durante los primeros tiempos del matrimonio. Luego se le olvidó… No es que yo se lo prohibiera. Ella dejó de hacerlo… y fue mi culpa. No debí permitir que se produjera esa distancia entre nosotros, que duró hasta el final.

Los dos amigos se miraron. Si se casaban, comprendió cada uno sin decírselo al otro, lo más probable es que los aguardara una vida de perros y gatos, porque a su edad era difícil que ninguno cambiara demasiado. Tal vez alguno de ellos intentaría asesinar al otro (y lo más probable, luego diría que fue en defensa propia) después de unos cuantos meses de estar juntos, porque dos seres humanos más opuestos en todos los aspectos no podían ser.

Como simples amigos, en cambio… como amigos que se llaman por teléfono casi todos los días y se ven dos o tres veces por semana y comen juntos cuando se sienten solos… serían la pareja ideal.

-Después de todo ¿para qué arruinar una amistad tan bonita como la nuestra… con el matrimonio?

-Sí, es verdad.

Doña Desorden no iba a confesar que tal vez, muy en el fondo, y aunque se avergonzara de sentir a sus años como las niñas de quince, continuaba esperando que su marido regresara un día de las playas del Caribe donde disfrutaba la vida sin su estorbo, y le pidiera continuar la relación interrumpida por decisión suya, como si nada hubiera pasado entre ambos.

Si eso ocurría… doña Desorden lo había soñado tantas veces, que en el fondo era como si ya hubiera ocurrido. Lo más probable es que ella le dijera, sin mirarlo siquiera: “No, Jacinto, muchas gracias. Tú no me haces falta”.

Don Perfecto suspiró (¿apenado por la negativa o tal vez aliviado ante la inmensa complicación de la que se estaba librando?). Continuarían viviendo como los buenos amigos que habían llegado a ser, después de superar tantas pruebas los dos juntos.

Ya estaban armando planes para los dos (o mejor aún, para los catorce o quince amigos que componían el grupo): iban a viajar por lugares que hasta entonces les habían sido totalmente desconocidos o se conformaron con ver en los documentales de la tele, como algo que sólo disfrutan otros, más jóvenes que ellos.

Visitarían museos y parques, de acuerdo al clima y el estado de salud.

Asistirían a conferencias gratuitas y fiestas dedicadas al Adulto Mayor.

Se inscribirían en cursos de Tai-chi, de Tarot, de computación, porque no era cosa de vivir desinformados, cuando sucedían tantas cosas interesantes o temibles.

Recogerían caracoles y piedras de colores en la playa.

Comerían las frutas deliciosas del próximo verano, paladeando cada bocado como si fuera el último.

Pintarían enormes cuadros que ya comenzaban a tomar forma en la imaginación de Ernestina.

Aprovecharían los ratos libres para leer todos los libros maravillosos que no habían tenido el tiempo de leer antes, o que tal vez habían leído y olvidado con los años.

Disfrutarían horas y horas de buena música.

Armarían los barcos de piratas que acababa de descubrir Tomás en una enciclopedia, para ponerlos navegar en botellas de cuello muy angosto.

Bailarían viejos tangos, boleros y valses, bailes de esos que los jóvenes ya no conocen, a pesar de que permiten a la gente abrazarse mientras dura la música (no tan rápido, por favor, caballero, dicen las damas de cierta edad, que pierdo la respiración).

Lo pasarían tan bien como se lo permitieran el reuma, los juanetes, la artritis, la osteoporosis, el catarro de los inviernos, porque nadie es tan joven como cree, hasta que un día decide hacer algo que no le costaba ningún esfuerzo, como arrancar la maleza del jardín o quitar las telarañas que se acumulan en lo alto de las paredes, y descubre muy para su sorpresa que ya no le es posible. Tal vez intentaran recuperar el respeto de los hijos, ahora que estaban seguros de haber hallado la manera de dialogar con sus nietos.

Tomás y Ernestina se dijeron que a pesar de las arrugas y las canas (pintadas, en el caso de la mujer), tenían toda la vida por delante. Imposible calcular cuánto tiempo podía ser (¿cinco años, diez, quince, veinte?). En ese momento importaba que los dos estaban sanos, que habían elaborado grandes planes para los próximos meses, donde incluían a sus amigos y si no se miraban al espejo, que solo mostraba el exterior de una persona, podrían imaginar que tenían cinco, diez, quince, veinte años menos de los que en realidad tenían.

Tanto si les quedaba mucho tiempo en este mundo, como si les quedaba muy poco, ellos se dedicarían a hacer lo posible para disfrutar cada minuto.

Uno al otro se prometieron que no renunciarían a ninguna de las sorpresas y las satisfacciones que les tuviera reservada la vida. Lo mejor todavía estaba por llegar, se dijeron. ¿No es lo que puede considerarse un final feliz?

FIN

de La Guerra de los Abuelos

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