24. La Guerra de los Abuelos (II)

Debían conseguir que sus abuelos se resignaran a quedarse cada cual en su casa, tejiendo suéteres, leyendo el diario del día anterior, mirando la tele, desempolvando los muebles que estaban perfectamente limpios… para que los nietos pudieran disfrutar el verano tal como a ellos les gustaba, tumbados al sol, oyendo música del personal stereo o patinando por la costanera, compitiendo en moto o yendo a bailar con sus amigos o desconocidos de la misma edad, lo más lejos posible de esos viejos.

-Habría que meterlos en un Asilo -dijo Luis Alberto-. Que vivan todos juntos y no estorben al resto de la Humanidad.

-Yo no quiero hacerles ningún mal -trataba de convencerse Carolina-. Sinceramente, creo que lo pasarían mejor en un Asilo, que cada uno por su cuenta.

Desgraciadamente, sus planes que parecían perfectos habían fallado. Los nietos comenzaban a desalentarse. Los viejos, en lugar de alejarse de la Casa del Adulto Mayor, se turnaron para cuidarla las veinticuatro horas del día, pagaron de su bolsillo la instalación de una alarma que permitía detectar la presencia de intrusos y hasta contrataron a un profesor que les enseñó el arte de la defensa personal.

De pronto se los vio haciendo gimnasia en grupo, dando gritos de guerra en un idioma que no entendían, manotazos y patadas contra un enemigo imaginario, como si de pronto el reuma, la artritis, la osteoporosis y otras enfermedades crónicas de la vejez hubieran dejado de existir para ellos.

-Nunca me había sentido mejor -decía Margot, excitada.

-Vuelvo a tener… cincuenta años -se ilusionaba don Manuel.

Después de tanto ejercicio físico, regresaban a sus casas agotados y al mismo tiempo llenos de planes para el futuro, dispuestos a defender aquello que con toda razón consideraban suyo. Por lo tanto, ellos que habían sido unos cuantos viejos inapetentes y descuidados que no pensaban en otra cosa que la muerte, ahora devoraban las comidas con un apetito que asombraba a sus parientes, no dejaban de tomar la infinidad de medicinas que los médicos les habían recetado, se cepillaban tres veces por día las prótesis dentales y dormían ocho horas como benditos.

Gracias a la emergencia, se les habían despertado sus ganas de vivir. Todas éstas eran malas noticias para el Alcalde, a quien Clotilde mantenía al tanto.

-Si esos viejos no se van -calculaba don Ramiro ante sus asesores- no podremos desocupar esa casa tan pronto como esperábamos, eso demorará la construcción del estacionamiento, por lo tanto el financiamiento de la campaña electoral se encuentra en peligro.

-¿Quién puede interesarse en que se cierre la Casa del Adulto Mayor? -se preguntaba uno de los asesores.

-Nosotros -respondía otro- pero nosotros no somos, porque ya hemos visto que cuanto más problemas les ponemos a esos viejos, más se resisten.

-Vean este anónimo -decía el Alcalde, mostrando una fotocopia-. Es obra de un aficionado. Una persona desequilibrada. Un vecino quizás.

Comenzaron a buscar en los archivos de las clínicas siquiátricas, preguntaron a los vecinos de la Casa del Adulto Mayor, pero no hallaron ningún dato que los orientara.

Patricia Torres, una periodista de la tele, terminó por enterarse de la guerra secreta que estaba ocurriendo entre los abuelos y no se sabía quién, porque los atacantes permanecían en el anonimato. La policía no había querido intervenir, porque después de averiguar todos los antecedentes disponibles, consideraron que amenazas de bombas y cartas anónimas podían ser una invención de los mismos viejos, deseosos de llamar la atención, para lo cual se presentaban como víctimas.

Patricia hubiera aceptado esa idea, pero como en ese momento no pasaba nada más interesante en el país o el extranjero, su jefe había ordenado que salieran en busca de noticias diferentes a las habituales. Algunos recordaron que el aire de la ciudad estaba contaminado, pero en aquellos días el viento barrió las nubes y todos olvidaron el tema. Otros periodistas salieron a buscar noticias policiales, pero dio la casualidad de que no hubo asaltos a Bancos durante un par de semanas.

Como Patricia apenas comenzaba a trabajar en la tele, se dedicó a investigar las amenazas a la Casa del Adulto Mayor. Preguntó por aquí, por allá, tal como le habían enseñado en la Escuela de Periodismo, hasta conseguir que todos los personajes opinaran sobre el tema:

-Yo no entiendo nada -confesó Clotilde- pero la tensión me mata. Aquí no teníamos problemas, hasta que comenzaron los talleres. No me pida mi opinión, porque soy apenas una empleada municipal. Pregúntele a mis superiores.

Patricia entrevistó al Alcalde, que no podía negarse a aparecer en la tele, y antes de recibirla llamó a su peluquero, para que lo hiciera ver lo más atractivo posible.

-¿Guerra de los abuelos? -sonrió el Alcalde que miraba de frente a la cámara de TV-. Yo no sé nada de eso. Y créanme, si hay alguien que se encuentra al tanto de todo lo que pasa en el Municipio, esa persona debo ser yo. Pregunte mejor a la oposición, que ya no sabe qué inventar para destruirme.

Patricia buscó a los políticos que se oponían al Alcalde.

-Todo es culpa suya -proclamaban los enemigos de don Ramiro-. Lo único que lo preocupa es que lo reelijan, a pesar de su incapacidad para poner en orden la comuna.

Patricia se reunió con los viejos, que estaban orgullosos de haber llamado la atención de la tele.

-Es una guerra, pero no hay que darle tanta importancia -declaró Nidia-. Si dejamos de prestarle atención, nuestros enemigos terminarán aburriéndose.

-¿Y si antes de aburrirse ponen una bomba…? -se interpuso Fedora.

-¿Quién ganaría mandándonos al otro mundo? -se preguntó Manuel.

-Habría que preguntarse si el señor Alcalde quiere mantener abierta la Casa del Adulto Mayor o si prefiere cerrarla -protestó Rafael, que no podía callarse más-. Primero, nos quitaron las estufas, que iban a componer en dos días y ya pasaron dos meses. Luego, la exigencia de diplomas a los profesores. Después, las amenazas anónimas.

-¿Usted afirma que se trata de una campaña sistemática…? -Patricia Torres se ilusionó que había descubierto una noticia capaz de interesar a los espectadores del noticiero, porque tenía un poco de todo: maniobras políticas, ancianos perseguidos, terrorismo…

-Suponga que nosotros no somos el objetivo de nuestros enemigos. Tal vez les interesa quedarse con el edificio -continuaba Rafael-. Por eso tratan de asustarnos. Para que nos vayamos y puedan demolerlo. Aquí alguien podría construir una torre de departamentos, un estacionamiento…

-¿No estaremos ante una invasión de extraterrestres? -interrumpió muy seria doña Margot, que últimamente veía situaciones sobrenaturales en todo aquello que no lograba entender. La noche anterior había soñado que hombrecitos verdes habían instalado en el sótano una puerta que llevaba a otra dimensión y no conseguía que Clotilde le permitiera verificar si allí estaba.

Patricia decidió que ya tenía suficiente material para una nota divertida, pero Clotilde Martínez la seguía, preocupada, tratando de borrar la mala imagen que podían haber dejado los ancianos.

-No se puede tomar en serio todo lo que dicen. A veces, pierden contacto con la realidad.

En otras palabras, eran un montón de chiflados. Ella podía mostrarle el sótano. Allí no había puertas que comunicaran con otros mundos. Patricia estaba de acuerdo. No pasaba nada, pero los personajes que había entrevistado eran simpáticos y parecían muy convencidos de lo que estaban haciendo. Los veinte o treinta viejos enfrentados a un enemigo imaginario, se convirtieron en héroes de la tele durante un par de días. En cambio, el Alcalde y la oposición quedaron fuera, porque nadie podía reírse de ellos.

Aunque estaba furioso por la repercusión que tuvo ese reportaje que no lo tomaba en cuenta, don Ramiro se vio obligado a desmentir a don Rafael. Sus asesores discutieron si podía haber ocurrido alguna filtración de información sobre el edificio de estacionamiento, pero terminaron por ponerse de acuerdo en que debía ser una casualidad. El viejo no sabía nada concreto. De otro modo, todos los ataques hubieran estado dirigidos contra el Alcalde.

No obstante, como el tema había aparecido en la tele, era urgente que don Ramiro declarara que nadie en el Municipio había planeado descontinuar la labor de la Casa del Adulto Mayor, que tan buenos resultados había dado. El estacionamiento ultramoderno que efectivamente se estudiaba, se construiría en otro sitio, cuya ubicación no estaba decidida aún. Para que no se tratara sólo de una declaración, don Ramiro visitó por segunda vez la Casa, haciéndose acompañar por las cámaras de la tele. Quizás por casualidad, antes de su llegada aparecieron las estufas nuevas. Consuelo las había encendido todas, motivo por el cual la temperatura de las salas de clase era tan alta que debían quitarse las ropas de abrigo y abrir las ventanas.

-¡Qué sorpresa tenerlo por aquí, don Ramiro! -se burló Rafael.

-Ya saben que estoy donde la comunidad me requiere -dijo el Alcalde, a quien sus asesores le había recomendado que besara y abrazara a la mayor cantidad de viejos posibles, para que la tele pudiera mostrarlo como el político más afectuoso del momento.

-Menos mal que atendió nuestro reclamo de estufas -dijo don Manuel.

-¿Les ha dicho nuestra amiga Clotilde, que el rasunto de los diplomas de los profesores fue un error de interpretación de su parte? Ya lo rectificamos. Ahora, si los profesores no vuelven es decisión suya, que soy el primero en lamentar.

Cuando los hijos y los nietos de don Perfecto y doña Desorden los vieron en el noticiero de la noche, no se sintieron demasiado felices. La docena de viejos que hacían gimnasia y afirmaban su voluntad de defender con su vida (si era necesario) la permanencia de la Casa del Adulto Mayor, que dialogaban de igual a igual con el Alcalde y los periodistas, no parecían estar muy bien de la cabeza. Gracias a las dificultades encontradas en los últimos días, el grupo se había fortalecido.

Patricia Torres informó la llegada de mensajes de apoyo firmados por otros grupos parecidos del país y el extranjero; también promesas de donaciones de muebles, libros y pinturas.

-Queríamos debilitarlos y conseguimos lo contrario -dijo Carolina.

-Fracasamos -reconoció Luis Alberto.

Por suerte para ellos, luego hubo un asalto a un Banco y un clásico del fútbol, el casamiento de una actriz de la tele, todos ellos motivos más que suficientes para que el tema de los viejos quedara olvidado pronto.

Cuando Fedora quiso comunicarse con Patricia Torres, una semana más tarde, para contarle que no todas las donaciones prometidas se habían concretado y que una de las estufas no estaba funcionando tan bien como debía, recibió los mejores deseos de la periodista y también la confirmación de que la historia de la Casa de la Tercera Edad ya no le interesaba a nadie.

Mientras tanto, don Ramiro, sus asesores y los empresarios que habían propuesto la construcción del estacionamiento, volvieron a reunirse en el baño turco, en el club de golf o mientras cabalgaban lejos de las miradas de los curiosos. Más de una vez durante las negociaciones, estuvieron a punto de dar por terminado el acuerdo. Hubo amenazas, gritos y caras de disgusto, los empresarios hablaron de retirar sus aportes a la campaña electoral de don Ramiro y él advirtió que podía ordenar una inspección de las obras que estaban realizando, hasta descubrir cada una de las irregularidades en las que habían incurrido los empresarios.

Al final se impuso la idea de seguir adelante con el proyecto original, con el agregado de la Casa del Adulto Mayor construida en lo alto del edificio, más específicamente en la terraza, un punto privilegiado que permitiría observar el paisaje de la ciudad (y en caso de que los viejos no se acostumbraran al lugar, podrían darle nuevo uso como restaurante de lujo).

En cuanto a Luis Alberto, Carolina y Sergio, ellos no estaban acostumbrados a participar en una guerra. Lo habían intentado, vieron que fracasaban y eso los hundió en el desaliento. Probablemente deberían resignarse a pasar las vacaciones con sus abuelos, pero al menos ahora se conocían entre ellos, habían aprendido que si se coordinaban, eran capaces de oponerse a los adultos de igual a igual. Eso podría ser utilizado en el futuro, si ocurría lo peor, que ya no lo sería tanto.

(Continúa)

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: