21. Remordimientos y nuevos rumbos

-¡Momentos de confusión en Casa del Adulto Mayor! –anunciaba el periodista de la radio que sintonizó Carolina-. Falso anuncio de bomba causó alarma a media mañana. Ningún grupo subversivo se atribuyó la autoría. Fue imposible conseguir declaraciones de los ancianos que se retiraban visiblemente consternados. A pesar del pánico, no hubo desgracias que lamentar. El Alcalde lamentó el incidente…

Carolina apagó la radio y revisó los canales de televisión, pero allí las noticias tardaban más en llegar o tal vez la frustración de unos cuantos viejos que esperaban aprender a pintar, no fuera un tema demasiado atractivo para interrumpir los programas donde contaban los chismes del mundo del espectáculo o discutían el horóscopo de los deportistas famosos.

De pronto, Carolina sintió hambre. Recordó el frasco de mermelada de naranjas que había dejado su abuela medio año antes, el mismo que su madre había guardado (escondido en realidad) en lo más profundo de la despensa, detrás de los detergentes y paños de cocina. Carolina comprobó que allí estaba todavía, cerrado y lleno de una sustancia dorada, traslúcida, que le hacía agua la boca.

Encontró una cuchara sopera en un cajón de la cocina, cruzó por la casa evitando el sitio donde estaban su Nana y su hermano, se escondió en el baño de las visitas para devorar la mermelada. Era deliciosa y horrible, comprobó al probar la primera cucharada. Era dulce y amarga al mismo tiempo. Tenía delgados trozos de cáscara mezclados con la pulpa. Carolina no podía evitar la imagen de su abuela gorda y bien intencionada, a quien detestaba, por obligarla a comer mermelada encerrada en el baño. Después de la tercera cucharada, no pudo continuar.

Luis Alberto entró en el baño de visitas por la ventana. Primero había golpeado la puerta. Después llamó varias veces a Carolina, que no lo respondía. A continuación comprobó que la puerta estaba trancada. Para él, no se necesitaban más datos para entender qué estaba pasando dentro. Hubiera podido llamar a la Nana, para que ella se encargara de la situación, pero en ese caso lo más probable era que Carolina terminara descubriendo lo que ambos habían hecho, y entonces… Luis Alberto decidió que era menos riesgoso para él salir al patrio, trepar por la ventana y entrar como un héroe dispuesto a salvar a su hermana.

Carolina estaba sentada en el suelo, sin fuerzas para nada. Luis Alberto intentó consolarla.

-¿Por qué lo hiciste de nuevo?

Ella no respondía. Para que su hermano dejara de mirarla y viera que había estado llorando, lo abrazó.

-Solo fue un susto que les dimos –dijo Luis Alberto-. ¿No era eso lo que buscábamos?

-Sí –respondió Carolina-. Ahora me siento culpable.

-Ellos comenzaron la guerra! ¡Que no se te olvide!

-Nosotros nos defendimos –repitió Carolina.

-¡Nadie sabe que fuimos nosotros!

-¿Por qué será, entonces, que estoy tan mal?

-¿Quieres pasar las vacaciones en las termas?

-No. Yo me enfermaré a tiempo. Tú, no sé qué harás. Sergio, que invente algo.

Luis Alberto se separó de su hermana, se puso de pie y la obligó a pararse.

-Si te acobardas ahora –le dijo muy serio- todos perdemos.

Recogió el frasco de mermelada de naranja, le puso la tapa, lavó la cuchara y se llevó la prueba del remordimiento de su hermana lejos del baño. ¿Por qué eran tan sentimentales las mujeres?

Como el tiempo estaba demasiado húmedo y frío para sentarse a dibujar en medio de la plaza, los abuelos pensaron que estarían más cómodos en un café cercano, frecuentado por los estudiantes de la Universidad. Al entrar, comprobaron que los jóvenes los miraban (con toda razón) como intrusos que les recordaban algo no muy agradable: algún día lejano serían tan feos como ellos. La música ensordecedora hubiera impedido que los abuelos se concentraran para dibujar o conversar. Los precios de un café o una simple botella de agua escandalizaron a Don Perfecto. Quizás pudieran pedir prestado el sótano de la iglesia, propuso Purita, siempre y cuando no estuvieran velando a algún difunto. Rafael dijo lo que todos pensaban:

-No hay lugar para nosotros.

Nadie respondió, pero la sensación era esa: al cerrarse la Casa del Adulto Mayor, se quedaban sin el único sitio donde les había sido posible reunirse. Para que no tuvieran que dispersarse, Doña Desorden les ofreció su casa, con la condición de que prometieran no tocar nada, porque se había convertido en un sitio peligroso.

Todos encontraron que era una idea magnífica, a pesar de que la casa de doña Desorden estaba a más de diez cuadras de distancia y los dolores de huesos de varios de ellos no les permitían caminar tanto, pero los dos que tenían auto se encargaron de transportar a los compañeros como les fue posible apretujar sin ofender a las damas, y el resto detuvo un taxi, de manera tal que al cabo de un rato estaban todos en casa de doña Desorden, todavía cubierta de andamios, mientras ella preparaba el té para todos y lamentaba no haber sabido antes que tendría visitas, porque en ese caso hubiera tenido sándwiches, tostadas y mermelada de naranja.

-¿Por qué no nos reunimos siempre aquí? -preguntó Fedora.

-Eso no sería correcto -respondió doña Margot-. La profesora no puede encargarse de atendernos a todos. Bastante hace ya con las clases.

-¡Si no es molestia! -protestó doña Desorden-. ¡Créanme! No saben lo triste que puede ser una casa tan grande como ésta, cuando no hay nadie con quien hablar. A veces, termino conversando con las fotos de mis abuelos.

Casi todos habían tenido la misma experiencia: los jóvenes se iban del hogar, en buena hora sucedía, porque esa era la señal de que formaban sus propias familias, y entonces los viejos quedaban olvidados, entre los muebles apolillados que la gente se niega a botar, no porque los crea demasiado útiles, sino por estar convencido de que nadie se tomará siquiera el trabajo de recogerlos.

-Nosotros los criamos así –dijo Rafael-. Si ahora nos dejan solos, debe ser porque no fuimos capaces de retenerlos.

Algunos estaban de acuerdo, otros creían que el mundo se había vuelto cruel con los ancianos y todos aquellos que no tuvieran capacidad para endeudarse. La discusión no dejó a nadie indiferente. El té y los sándwiches tampoco estuvieron mal, a pesar de la improvisación y los andamios.

De la reunión en la casa de doña Desorden surgió entre los estudiantes la idea de defender a la Casa del Adulto Mayor, cuya existencia veían amenazada por enemigos que no alcanzaban a identificar. La Casa les había ofrecido una oportunidad única de desarrollo para todos, y por lo tanto su obligación era respaldar a los profesores cuestionados, tuvieran diplomas o no. Si el municipio no tenía fondos para reparar las estufas, don Perfecto consideraba que ellos mismos se encargarían de hacerlo con sus propias manos, aunque les llevara el doble del tiempo que le requería a un técnico. Don Rafael, que había trabajado en la empresa del ferrocarril y participado en muchas huelgas, iba más lejos: propuso que regresaran a la Casa y se instalaran en ella, para defenderla de sus enemigos, cuya identidad desconocían, porque las autoridades municipales habían demostrado su incapacidad hasta ese momento.

Fedora y Margot se asustaron ante la posibilidad de que una actividad que habían considerado un pasatiempo, derivara en violencia. Pasara lo que pasara, ellas no querían meterse en líos. Opinaban que cuando a uno le regalan algo, como era el caso de los talleres de la Casa del Adulto Mayor, pierde todo derecho a quejarse.

Don Manuel y Nidia no estaban de acuerdo con ellas, ni tampoco con Rafael. Don Perfecto condenaba que hubiera  profesores sin diplomas y doña Desorden argumentó que su cartón de Profesora de Geografía no era ninguna garantía de que fuera capaz de enseñarles a pintar, pero estaba convencida de que hubiera sido una pésima profesora de Geografía.

Discutieron durante horas, y como era de esperar no llegaron a ponerse de acuerdo. En algún momento los más tímidos fueron insultados por los más audaces (y viceversa) que no aceptaban sus puntos de vista, pero de todos modos, al despedirse cuando ya había pasado la medianoche, comprendieron que después de exponer con claridad sus diferencias y verse obligados a considerar las ideas de quienes pensaban lo contrario, ellos se habían unido más que antes.

(Continúa)

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