20. ¡Todos contra los abuelos!

Antes de que pasara una semana del encuentro de los nietos en el Mall, comenzaron a acumularse problemas de todo tipo en la Casa del Adulto Mayor. Hasta entonces, las dificultades que había debido resolver Clotilde Martínez, habían sido situaciones tan simples como el descubrimiento de una gotera nueva en el desván, una invasión de ratas en el subsuelo o las estufas que estaban sucias, producían humo y un olor intolerable durante las horas de oficina.

Bastaba que uno de los encargados de Mantenimiento subiera al techo y cambiara un par de tejas, o que pusieran varias trampas cargadas de queso, o que cambiaran las mechas de las estufas, para que todo volviera pronto a la normalidad. Por eso, no estaban preparados para la guerra no declarada que se desató de un día para el otro, como si todos los enemigos de la Casa del Adulto Mayor se hubieran puesto de acuerdo para destruirla.

Clotilde Martínez recibió un día un Memorandum del Municipio en el que se recordaba a los profesores de los distintos cursos y talleres, la necesidad de presentar dentro de las 48 horas las fotocopias de sus diplomas académicos y antecedentes profesionales.

-¿Qué significa “recuerda”? -preguntó doña Desorden-. A mí nunca me lo pidieron antes… y si me lo hubieran dicho, habría protestado, como estoy haciendo ahora.

-Todos los que trabajan para el Municipio tienen que pasar por los mismos trámites -le informó Clotilde, sin apartar la vista de su tejido.

-Es que yo no trabajo para el Municipio. La prueba es que no me pagan nada. Les brindo mi experiencia a los estudiantes, gratis, porque disfruto viendo lo que ellos crean… y el día en que me aburra de hacerlo o ellos dejen de interesarse en lo que puedo enseñarles, de común acuerdo le daremos fin al taller.

-Temo que eso no sea posible -decidió Clotilde-. Si usted no tiene un diploma habilitante, otorgado por alguna institución reconocida, no puede enseñar nada.

-¿Usted cree que los pintores tenemos un diploma colgado en la pared, que dice ARTISTA y nos autoriza a pintar?

-¿Lo tiene o no?

-En algún rincón de mi casa debe estar el diploma de Profesora de Geografía. Nunca me sentí demasiado orgullosa de él, porque lo que importaba era la pintura.

-Profesora de Geografía: eso está muy bien -dijo Clotilde-. Cualquier diploma da lo mismo.

Pero había otros responsables de los cursos de la Casa del Adulto Mayor que no estaban en la misma situación. La profesora de Tai-chi no tenía ningún papel que garantizara sus muchos años de aprendizaje en Europa, con un maestro chino famosísimo, y el profesor de Tarot no había ocultado nunca que él se había formado solo, leyendo una enorme cantidad de libros sobre el tema. De pronto, mientras la situación de estos docentes no se aclaraba, los dos cursos fueron suspendidos a pesar de las protestas de los estudiantes.

-¿Por qué se quejan? -respondía Clotilde-. El Municipio se preocupa de asegurar la calidad de la enseñanza. Deberían agradecernos que busquemos a los mejores docentes.

-Quieren terminar con la Casa del Adulto Mayor -protestó Rafael.

-¿De dónde sacan eso? -se escandalizó Clotilde, que no entendía por qué tanto revuelo.

-Nunca nos han querido. El Alcalde no se interesa por gente como nosotros.

Doña Desorden se reunió con los profesores, tanto los cuestionados como aquellos que no tenían ningún problema, pero no hubo forma de establecer un acuerdo entre ellos. Algunos se sentían ofendidos por las exigencias del municipio y habían decidido no volver a la Casa del Adulto Mayor. Otros eran partidarios de pedirle una audiencia al Alcalde para exigirle que tomara cartas en el asunto. Hubo quien habló de declarar una huelga de hambre hasta que las autoridades respondieran. Doña Desorden temía que los mayores perjudicados fueran los abuelos.

Mientras intentaba calmar a los exaltados, Clotilde recibió una llamada anónima, diez minutos antes de que comenzara el taller de doña Desorden. Una voz con acento extranjero, como de alguien que hablaba poniendo un pañuelo en el auricular del teléfono para que no lo reconocieran, anunció que había puesto una bomba en el edificio y mejor lo desalojaban de inmediato, porque estallaría en cuarenta minutos.

Podía tratarse de una broma de mal gusto, pero Clotilde estaba agotada por las discusiones con los estudiantes y profesores, que se habían sucedido desde las primeras horas de la mañana. Ella simplemente entró en pánico.

-¡Hay una bomba! ¡Nos van a matar a todos! –chilló, mientras corría por lo pasillos, golpeando las puertas de las salas de reuniones y baños.

Los dos empleados del archivo fueron alertados por sus gritos, y a pesar de que la conocían como una persona que no pensaba sus palabras, vaciaron el edificio en cuestión de segundos. No era cosa de esperar a que la bomba estallara y las montañas de papeles polvorientos les cayeran encima. Desde la calle pidieron auxilio a la policía y bomberos, que acudieron en medio de un estruendo de sirenas y pitazos que atrajo a los vecinos fuera de sus casas y detuvo a todos los que pasaban por la calle.

-¿Qué está ocurriendo? -le preguntó doña Desorden a don Perfecto, que había salido a la calle poco antes que ella.

Nadie estaba muy seguro de lo que pasaba, pero no por eso se movían del lugar. Algunos habían dejado dentro sus cosas (carteras, cuadernos, abrigos) y se arrepentían del descuido que los obligaba a permanecer para recuperarlas. Los uniformados habían tendido una cinta amarilla que impedía el paso de los curiosos y a continuación procedieron a revisar cada rincón de la Casa del Adulto Mayor.

Los comentarios de aquellos que esperaban en la calle eran de todo tipo, pero nadie tenía ningún dato nuevo. Después de una hora de angustia, para decepción de quienes aguardaban una explosión, abundante humo negro y enormes llamas que consumirían las instalaciones, algo espectacular que justificara el tiempo que habían perdido y pudieran contar más tarde a sus amigos, se confirmó que en el edificio no había nada que justificara la alarma.

-Todo resultó ser una broma -dijo don Manuel, que había formado un grupo con los otros participantes del Taller.

-Habría que meter a los responsables en la cárcel -protestó don Perfecto.

-¿Cómo puede ser que unos cuantos viejos como nosotros tengamos enemigos? -se preguntaba Fedora.

Se miraron unos a otros. No lograban imaginarlo. Y no obstante, sólo podía ser eso. El Alcalde se hizo ver por el lugar, escoltado por sus asesores y dedicó algunos instantes a consolar a Clotilde, que había sufrido un ataque de nervios del que no terminaba de reponerse, aprovechando que algunos periodistas de la tele habían llegado para registrar el operativo de seguridad.

En esa ocasión don Ramiro declaró ante las cámaras su más enérgico repudio a quienes se oponían al plan de apoyo a las actividades recreativas para la tercera edad que se llevaban a cabo en ese lugar. Según él, nada ni nadie lo detendría. Declaró también que su administración estaba promoviendo la participación de todos los ciudadanos, sin diferenta de edades, y que continuaría haciéndolo durante su próximo gobierno, si la ciudadanía lo votaba.

Clotilde Martínez pasó del terror de un par de horas antes, a la felicidad más completa, cuando el Alcalde la abrazó delante de las cámaras de televisión, la saludó con un par de besos en las mejillas (por si los fotógrafos se habían distraído), la tomó del brazo y la presentó a la prensa como una sacrificada funcionaria pública, dedicada en cuerpo y alma a atender a los ancianos de la comuna.

-¡Ella es, la muy querida por todos… Matilde Martínez! –terminó el Alcalde.

-Clo, Clo… -le susurraba la mujer.

-Matilde Cortínez -corrigió el Alcalde y los periodistas anotaron eso, aunque de cualquier modo nadie estaba dispuesto a mencionar el nombre de una empleada del montón.

Clotilde miraba al Alcalde con adoración, porque era un hombre tan fuerte y decidido. Si alguien como él se fijara alguna vez en ella, aunque no atinara a nombrarla como correspondía… ella no podría negarle nada. Clotilde decidió en ese momento mandarle un suéter de regalo, con una tarjeta sin firma que dijera: he soñado contigo mientras lo tejía y te abrazaré en mi imaginación cada vez que lo uses.

Inesperadamente, el acoso de Sergio y sus amigos se había convertido en la excusa perfecta para un acto de propaganda política organizado por los asesores del Alcalde. La radio, los diarios y la tele no iban a desaprovechar la oportunidad de conmover al país, contando la historia de unos pobres ancianos amenazados por una banda de enemigos que no mostraban la cara y desafiaban la protección del Municipio.

Clotilde y los asesores de don Ramiro buscaron a los participantes de los talleres para que dieran a los periodistas presentes su versión de lo sucedido, les sugirieron que aprovecharan la oportunidad para agradecer a las autoridades municipales el buen trato que recibían, pero no encontraron a muchos abuelos que estuvieran dispuestos a seguir sus instrucciones.

-A mí me dan pánico los fotógrafos –dijo Purita y no mentía.

-Yo no estoy bien peinada –se excusó Fedora.

Doña Desorden y sus estudiantes huyeron del lugar, apenas comprendieron las intenciones de los funcionarios.

-¡Esperen! -gritaba Clotilde, que corría detrás de ellos-. No pueden irse ahora que el señor Alcalde quiere presentarlos a la prensa.

-¿Por qué nos dejan sin profesores? -preguntó Margot.

-El señor Alcalde está orgulloso de la tarea que ustedes realizan -inventaba Clotilde-. Me lo dice cada vez que nos encontramos.

-Debió acordarse antes de nosotros, cuando le pedimos que compusieran las estufas -dijo Rafael.

-Don Ramiro tiene tantos compromisos -tartamudeó Clotilde- que no puede estar en todas partes. Voluntad no le falta…

Como los viejos no se dejaron conmover, Clotilde tuvo que regresar a dar explicaciones a sus superiores.  Mintió que uno de los ancianos se había sentido tan mal, de repente, que sus compañeros lo habían llevado a su casa. El Alcalde lamentó que no le hubieran planteado el problema, porque él podía llevarlos en su propio auto oficial (último modelo) porque esa actividad también hubiera dado la ocasión de una estupenda foto para su página web.

(Continúa)

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