19. Conspiradores en el Mall

No hizo falta que Sergio insistiera demasiado para convencer a su padre de que debían visitar un Mall que acababan de inaugurar en el barrio alto. ¿Qué podían encontrar interesante en un Mall? Todo. Más aún, si algo era exhibido en un Mall, por eso solo se volvía interesante.

El padre de Sergio siempre estaba dispuesto a cotizar precios en tres o cuatro sitios, antes de comprar nada, con la excusa de que su deber era enseñarle a su hijo cómo hacer que el poco dinero que disponían les rindiera, aunque lo cierto era que a veces terminaba comprando cosas que no le hacían falta, solo porque la publicidad de las tiendas lo convencía de que se trataba de una oferta. Visitar un Mall era una forma de compartir unas horas el padre y el hijo, sin aburrirse cada uno por su lado, ni comenzar a discutir por cualquier tema, desde el fútbol hasta qué programa de la tele iban a ver, como inevitablemente sucedía cuando los dos estaban en casa.

Si don Perfecto los acompañaba, pensó Arístides, no estaría mal, porque el abuelo, el hijo y el nieto no se veían casi nunca y la conciencia comenzaba a remorderle. En el caso de que don Perfecto no aceptara la invitación, que luego no se quejara de que lo tenían olvidado.

En el Mall podrían mirar vitrinas de docenas tiendas, comerían salchichas, tacos y hamburguesas cuando sintieran que el estómago reclamaba el almuerzo, comprarían algún regalo para la mamá que no había querido acompañarlos para no sufrir a su suegro, y encontrarían las últimas novedades en libros y videojuegos.

Mientras Arístides buscaba una librería, Sergio se fue por su lado, prometiendo que se reunirían dentro de media hora, en una de las fuentes de soda. Sergio se adentró por los pasillos atestados de visitantes, música y luces de neón. Estaba tan nervioso como cuando se acercaba la fecha de los exámenes. Tenía una cita junto a la escalera mecánica, debajo de cuatro palmeras falsas que llegaban hasta la cúpula de vidrios de colores, frente al estanque donde nadaban algunos peces dorados. Con esos datos, no podía perderse.

-¿Tú eres Carolina? -preguntó a la chica vestida de verde que lo estaba esperando desde hacía un buen rato.

-Hola -se dieron la mano.

-Creí que no iba a reconocerte. Debiste decirme que usabas anteojos.

-Tú tampoco me lo dijiste.

-No los uso todo el tiempo -mintió Carolina, pero se alivió al comprobar que Sergio sonreía.

Dos chicos con anteojos o frenillos o excedidos en peso, pueden entenderse mejor que si solo uno de ellos carga con ese problema, que deja de serlo y se convierte apenas en un tema de conversación o simplemente deja de mencionarse.

-¿Luis Alberto no pudo venir?

-El está con la mamá. Distrayéndola. Para que hablemos tranquilos.

Carolina había imaginado a Sergio más bajo, moreno, delgadísimo… más o menos como don Perfecto. Cuando se conoce a la gente por teléfono, se dijo, las voces engañan.

Esa mañana, en la casa de su abuelo, Sergio había imaginado a Carolina bastante gorda, pelirroja como su abuela, sólo que cincuenta y dos o cincuenta y tres años más joven…

En realidad, pensó cada uno por su lado, mientras se observaban de arriba a abajo, no estaban tan mal. Sólo que no se habían encontrado allí para enamorarse uno del otro. Eso no debían olvidarlo.

-Mi abuelo no ha dicho nada de pasar las vacaciones en las termas -confesó Sergio-. Tal vez lo haya inventado tu abuela para asustarlos a ustedes.

-Se nota que no la conoces -dijo Carolina-. Ella es el cerebro del grupo. Quizás no le ha contado todavía sus planes a tu abuelo, pero da lo mismo que él se haya enterado o no. Cuando ella se propone algo, nadie la detiene.

-En ese caso, ¿qué podemos hacer nosotros?

-Separarlos. Ponerlos a unos contra otros.

-¿Cómo?

-Tenemos que impedir que se sigan reuniendo. ¿Qué pasaría si el día de mañana tu abuelo y mi abuela, que ahora son tan buenos amigos, deciden casarse?

-Nosotros dos seríamos algo así como primos lejanos -Sergio no estaba seguro del tipo de parentesco.

Carolina prefirió no detenerse a pensar si esa posibilidad le agradaba o no. Podrían verse más a menudo, lo que prometía ser divertido para alguien que no tenía demasiado amigos, pero también resultaría más fácil que los abuelos se los llevaran a los tres a pasar las vacaciones quién sabe dónde.

-Tenemos que distanciar a esos viejos, para que no nos compliquen la vida -dijo Carolina.

-¿Cómo?

-Tengo un par de ideas. Promete primero que no se lo contarás a nadie, porque si nos descubren, terminamos todos en la cárcel.

-¿A nuestra edad?

-Será un reformatorio, entonces.

La imagen un colegio de altos muros, donde reinaba la más estricta disciplina y no se tenía acceso a Internet, era demasiado horrible para que Carolina continuara pensándola..

-Tú vas a ayudarme. No puedes negarte ahora.

-¿Te han dicho que eres mandona?

Sergio observó a Carolina con una sonrisa:

-No te enojes por lo que voy a confesarte, pero cuando más te miro… más me recuerdas a tu abuela.

¿Cómo se atrevía ese idiota…? ¡Compararla con su abuela! Carolina estuvo a punto de clavar las uñas en la cara de Sergio, pero recordó a tiempo que eran aliados y lo necesitaba para llevar a cabo su planes para derrotar a los enemigos comunes.

(Continúa)

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