18. Aparecen nuevos (y más temibles) adversarios

Arístides, el único hijo de don Perfecto, y Sergio, el único nieto del cascarrabias, llegaron de visita, como lo habían anunciado por teléfono, durante la mañana del sábado. Arístides intentó comunicarse con su padre tres o cuatro veces en el curso de la semana, con la intención de pedirle alguna foto de su madre que pensaba enmarcar, pero nadie respondía. Cuando finalmente lo encontró, después de la medianoche del jueves y se enteró de las razones por las que su padre pasaba tan poco tiempo en casa, quedó desconcertado.

-¿Te parece que es hora de llamar? -protestó el viejo-. Estaba descansando. Espero que se trate de algo que valga la pena. ¿Quién se murió?

-Nadie. Sólo quería saber cómo estás.

-Francamente… -gruñó don Perfecto- No recuerdo que se acerque la fecha de mi cumpleaños, ni la noche de Año Nuevo. Esas deben ser las únicas ocasiones en las que te acuerdas de tu padre. ¿Necesitas dinero? Con mi jubilación, no me alcanza para mantener a hijos que tienen treinta y siete años.

Arístides insistió. ¿Cuál era la razón para que don Perfecto no estuviera nunca en su casa? Hay hombres que pierden la cabeza cuando envejecen. Se tiñen el pelo de un color que la naturaleza no les dio, corren detrás de mujeres que podrían ser sus hijas o nietas, se comprometen en negocios que los arruinan a ellos y complican la vida dell resto de la familia. Probablemente se sienten demasiado solos, y ya no les importa quedar en ridículo, con tal de conseguir que les presten atención.

-No tengo por qué rendirte cuentas de mis actos -se indignó don Perfecto.

-Me preocupa tu bienestar, papá.

-¿Desde cuándo…? Esta sí que es una novedad. Nunca me sentí más lleno de vida que ahora. Si quieres saberlo -don Perfecto había decidido asustar a su hijo, aunque después se arrepintiera por hablar de más- tal vez me decida terminar con mi estado actual y arme otra familia, antes de que resulte demasiado tarde.

Arístides se quedó sin habla. ¿Su padre estaba hablando de casarse de nuevo?

Don Perfecto contenía la risa, del otro lado de la línea telefónica. Había conseguido dejar con la boca abierta a su hijo, que habitualmente no tomaba en cuenta sus palabras. Arístides intentó recuperarse, dijo buenas noches y cortó la comunicación, como si no hubiera oído las últimas palabras de su padre, pero lo cierto fue que esa noche no pudo pegar los ojos.

Quizás fuera una broma. Su padre era un jubilado, estaba casi con un pie en la tumba, todo el mundo lo consideraba el tipo más desagradable, y sin embargo se daba el gusto de darle a entender (no podía significar otra cosa) que pensaba casarse de nuevo.

Durante el día siguiente, mientras atendía sus negocios, la idea del nuevo matrimonio de don Perfecto continuó atormentando a Arístides. No podía ser verdad. ¿Y si lo era? Tenía que salir de la duda. Por teléfono, difícilmente consiguiera averiguar nada. Tampoco iba a dejar el tema para más tarde, no importaba cuándo, porque entonces tal vez fuera demasiado tarde para evitar un desastre.

El viernes por la noche, Arístides le avisó a su esposa que había decidido visitar a su padre el sábado por la mañana y tal vez pasara todo el día con el viejo.

-¿Puedo ir contigo? -preguntó Sergio, que estaba oyendo la conversación de sus padres.

-Tú no quieres ni ver la foto de tu abuelo.

-Eso fue antes -Sergio no pensaba decirle a sus padres que eso había sido antes de recibir la llamada telefónica de Carolina y Luis Alberto, cuando acordaron luchar contra la idea de que se fueran de vacaciones los nietos y los abuelos.

-Pero tú sabes como es él. Si entras en la casa, no puedes tocar los barcos, ni encender la tele, ni dejar mojado el piso del baño, ni abrir el refrigerador, ni desordenar sus colecciones, porque todo eso y mucho más, que se encargará informarte, lo molesta… A veces dudo que él recuerde cómo te llamas, porque nunca te ha nombrado.

Don Perfecto no pareció muy feliz de recibir a sus parientes. Apenas llegó Arístides, se encerró con él en el taller del fondo, porque necesitaba discutir asuntos demasiado personales y no quería que Sergio se entrometiera.

-Cuando hablamos por teléfono, dijiste que pensabas casarte de nuevo -comenzó Arístides-. Imagino que debió haber sido una broma.

-¿Eso fue lo que te decidió a visitarme? -dijo don Perfecto, satisfecho-. Creí que no me habías oído, porque no respondiste nada. Pero no. Te sorprendí. Eso fue. Como comprenderás, a mi edad, no tengo que pedirle permiso a nadie.

-No creo que te cases. ¿Quién sería la boba capaz de aguantar tus mañas, papá?

-Hay más de una dispuesta al sacrificio -mintió el viejo, porque no era cuestión de aceptar una verdad tan ofensiva.

-¿Quién aceptará compartir esta casa con tus sellos postales, tus cactus, los barcos embotellados? No hay sitio para nadie más. Mujeres que tengan la paciencia de mi madre, ya no existen.

Don Perfecto estaba más que satisfecho con la impresión que habían causado sus palabras. Arístides ya no podría vivir tranquilo. Por fin había encontrado un tema capaz de mantenerlo preocupado. En adelante, lo llamaría a cada rato, con el objeto de averiguar si había cambiado de planes o no, le pediría que reflexionara sus decisiones, lo invitaría a pasar un tiempo en su casa, viviría pendiente de sus actos, por primera vez desde que Arístides se casó, hacía quince años.

-Un día de éstos -amenazó- no esperes que yo te diga cuándo y con quién, pero quizás te demos una sorpresa.

-¡Deja de soñar! -protestó Arístides-. Cualquier hombre de tu edad y tu posición podría casarse de nuevo, pero de un tipo al que nadie aguanta…

Don Perfecto se indignó. ¿Por qué no iba a ser él capaz de enamorar a una dama probablemente ya no tan joven, pero tampoco demasiado vetusta, alguien que quisiera compartir los últimos años de su vida con un caballero educado, sin vicios, que disponía de casa propia y modesta jubilación? ¿Acaso él era menos atractivo que otros?

-Naciste para vivir soltero, o mejor aún, en alguna isla desierta, donde nadie tropiece con tus cactus y barcos, porque no eres capaz de aguantar la vecindad de una familia, menos aún, la de una esposa.

El timbre de calle sonó antes de que la discusión continuara subiendo de tono y terminara en una despedida con portazos y gestos de enojo, como sucedía tantas veces entre Don Perfecto y su hijo.

Era Doña Desorden. Llegaba con una toalla en un brazo, el jabón, el champú, un peine, la botella de la tintura roja, los ruleros y el secador de pelo en una bolsa plástica. Estaba vestida como si la hubiera sorprendido un terremoto, con su vieja bata de casa manchada de pintura y un par de chancletas que no hacían juego, una con pompón rosado y la otra con un moño de cuero. Era evidente que no había tenido tiempo de peinarse o lavarse la cara esa mañana, porque después de todo, sentada en su auto, con anteojos oscuros y un sombrero cubierto de flores artificiales que estrenó el día del matrimonio de su hija, mientras recorría las cuatro cuadras que la separaban de la casa de Don Perfecto, nadie iba a darse cuenta de nada.

-Acaban de cortarme el agua para cambiar las cañerías del baño -dijo, más divertida que indignada-. Si esos hombres que mandó mi yerno no terminan pronto las reparaciones, tendré que mudarme a un hotel. O tal vez sea mejor pedirle a alguno de mis amigos que me aloje por unas semanas.

-Esta casa está a sus órdenes -se vio obligado a decir don Perfecto, aunque la idea de que la mujer pudiera instalarse allí, con sus ruleros, tinturas y toallas, tantas cosas a las que él no estaba acostumbrado, le erizaba los pelos.

Don Perfecto se vio obligado a presentarle su amiga a Sergio y Arístides. Doña Desorden los miró de frente y perfil, los reunió para compararlos, y terminó confesando que no encontraba ningún parecido entre el abuelo por un lado, y el hijo y el nieto por el otro.

-Su papá y yo nos hemos vuelto inseparables -le dijo a Arístides, tocó al pasar una mejilla de Sergio y luego siguió camino al baño, demostrando que conocía perfectamente la casa.

-¿Es ella? -preguntó Arístides.

-¿Quién? ¿Mi profesora de pintura? Sí, es ella.

-¿La novia? -intervino Sergio, que había estado oyendo la discusión de los adultos.

Don Perfecto entró en pánico, los empujó hacia el taller.

-¡Por favor! ¡Quédense callados hasta que la señora se vaya!

-¿Viene a usar tu baño? -preguntó Arístides.

-Oíste lo que dijo. Le cortaron el agua. Soy una persona que ayuda a sus vecinos.

-¿Qué estará pensando mi madre, allí donde esté? -exageró Arístides.

-Ella nunca decía nada cuando estaba en este mundo y hasta hoy no me ha mandado ningún mensaje desde el otro. Dudo que te haya nombrado a ti su representante para meterse en lo que no le importa.

-Hablaré con esa señora -decidió Arístides.

-¡Ni se te ocurra!

-¿Ella te ha dicho que está de acuerdo en casarse?

Don Perfecto hizo como que no había oído, pero comenzó a sudar frío. Si Arístides o Sergio hablaban con doña Desorden, él iba a quedar dos veces en ridículo. Porque hasta la fecha no había mencionado el tema del matrimonio a la mujer. Simpatizaban, era verdad. Habían pasado de la enemistad a la colaboración. El había descubierto a una persona necesitada del apoyo de un hombre, que le agradecía sus muchas atenciones y lo hacía sentirse fuerte, inteligente, protector. Don Perfecto consideraba prematuro mencionar el tema del matrimonio (en realidad, no quería exponerse a una negativa de ella). Los dos debían darse un tiempo, conocerse mejor. La pintora tenía que acostumbrarse a su manera de ser, que él no iba a cambiar. Debía comprender simultáneamente que le convenía abandonar la existencia desordenada que ella había llevado, y sólo entonces, cuando se peinara y vistiera de otro modo, cuando arreglara su casa y pintara paisajes bonitos…

-Te prohibo molestarla -dijo don Perfecto-. Ella es una persona muy tímida…

-No lo parece -dijo Arístides-. Anda por la calle a medio vestir.

-¿Acaso me meto yo en tu vida? -se indignó el viejo.

-Si te dejara, tú estarías dándole órdenes a mi mujer y educando a Sergio, tan mal como pretendiste educarme a mí. Pero me fui bastante lejos y antes de irme te advertí que a partir de ese momento se establecían ciertos límites entre nosotros.

-¿Van a pelear de nuevo? -preguntó Sergio.

Eso parecía, pero don Perfecto creía saber cómo impedirlo:

-Imagina que mañana o pasado yo decidiera retribuirte la visita de hoy… que me apareciera por tu casa, a pesar de tu opinión de que mejor no me mueva de mi casa, para quedarme contigo un mes o dos con ustedes, por no decir medio año o el resto de mi vida… ¿Te atreverías a cerrarle la puerta a tu padre? ¿Qué pensarían tu mujer… los vecinos… tus clientes… si se enteraran que eres un hombre sin sentimientos?

Cuando el diálogo entre ambos tomaba ese rumbo, Arístides estaba dispuesto a defender la paz de su hogar a cualquier precio. Anunció que no iba a pelear con su padre. Había comprobado que estaba bien de salud, incluso que había engordado un poco, y por lo tanto se iba de la casa más tranquilo.

-No es para tanto -lo detuvo don Perfecto-. Pueden quedarse los dos, siempre y cuando tu hijo no toque mis cosas, ni deje el refrigerador abierto…

-Sé cuando estamos molestando -respondió Arístides-. No pierdas tu tiempo con nosotros. Tu amiga saldrá en cualquier momento del baño.

Don Perfecto recordó la presencia de doña Desorden y de nuevo sintió un escalofrío. Debía impedir que ella entrara en confianza con Arístides y su nieto Alvaro… no, Gonzalo, no, tal vez Leonardo… Trató de recordar el nombre de Sergio, su único nieto y no lo consiguió. Nunca pensaba en él. No lo llamaba por teléfono ni recibía sus llamadas. Tampoco le mandaba tarjetas de Navidad, ni recibía las de él. De haberlo encontrado en la calle, junto a otros chicos de su edad, lo más probable era que no lo hubiera reconocido, porque los jóvenes cambian de aspecto todo el tiempo (¿desde cuándo usaba anteojos?). Don Perfecto se dijo que a Dios gracias, él no tenía la menor responsabilidad en la educación de ese nieto que ni se tomaba el trabajo de mirarlo…

Puesto entre dos situaciones desagradables, Don Perfecto decidió que hablaría con la pintora, le diría que estaban discutiendo con su hijo un asunto de familia y por ningún motivo ella podía quedarse a almorzar o tan solo invitarlos a salir de paseo. ¿La convencería? Ella era tan amistosa, tan sociable con todo el mundo… Después de haber logrado con tanto esfuerzo poner un mínimo de orden en su vida, se dijo don Perfecto ¿por qué habían decidido todos complicársela?

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