17. Víctima de la buena voluntad de casi todo el mundo

Ese martes llegaron carpinteros, albañiles, pintores dispuestos a cumplir las órdenes de Fernando. Como él era quien organizaba el trabajo y se encargaba de pagar todo, como Laura estaba de acuerdo, la dueña de casa no pudo responder que no los quería en su casa, que prefería la ayuda de sus amigos menos hábiles, pero bien intencionados. Aunque se hubiera resistido, comprendió, no iba a conseguir nada.

Si no le gustaba demasiado el color de pintura que decidió Fernando para los muros, era inútil que protestara. Debía discutirlo con su yerno y no con los pintores, porque ellos no iban a escucharla, a pesar de que fuera la dueña de casa. Los hombres le sonreían como a una de esas personas que tienen demasiados años encima, que son respetadas pero no se toma en serio.

-¡Váyase de paseo y despreocúpese! -le decían a cada rato, cuando la veían revisar colores y barnices.

Fernando le sugería que saliera de compras, que tomara el té con sus amigas o visitara los museos. Lo ideal hubiera sido tener la casa desocupada durante un mínimo de tres o cuatro semanas. Don Perfecto no estaba de acuerdo con la idea.

-Los hombres que mandó su yerno serán todos muy honestos y excelente profesionales, pero lo más prudente es que usted no se mueva de su casa, o ellos no terminarán nunca el trabajo, y luego descubrirá que le faltan cosas, probablemente sin valor, pero ya se sabe cómo son de descuidados los obreros. Sus cuadros pueden terminar en la basura.

El conocía por sus nombres y apellidos a cada albañil o pintor; anotaba la hora de entrada y salida, les descontaba el tiempo que se tomaban para fumar un cigarrillo o comer un sandwich en el bar de la esquina, vigilaba si desaparecían por quince minutos en el baño, les tocaba la puerta para que salieran, impedía que trataran de usar el teléfono de doña Desastre sin contar con la autorización de la propietaria. Por colaborar con su amiga, descuidó el regado del jardín de su casa, la colección de cactus, los sellos postales, los barcos en miniatura.

-Si hay que sacrificarse para que se aprovechen de esa pobre mujer, yo lo hago –confesaba a Rubén y Rafael cuando se encontraban en la Casa del Adulto Mayor.

-¿Ella se lo pidió?

-Ya lo conocen. Siempre está… confundida. Sin un hombre que la respalde, no quiero imaginar qué sería de ella.

Don Perfecto pasaba los días en casa de doña Desorden, fijándose en cada detalle de las reparaciones, obligando a deshacer aquello que consideraba mal hecho, quejándose a la dueña de casa, incluso a Laura, cuando no encontraba a nadie más que lo oyera, hasta que la pintora se sentía desbordada por tantos asuntos que debían ser resueltos al mismo tiempo, y la falta de un espacio en el que pudiera continuar su desordenada pero tranquila vida de antes.

-Yo sería una desagradecida si me quejara de que todos quieran ayudarme en forma desinteresada -confesó doña Desorden a Fedora, Margot y Nidia, que habían decidido tomar el té en su compañía un fin de semana y llegaron sin preguntar antes si ella tenía otros planes, con una torta de chocolate y otras delicias que habían preparado juntas. No calcularon que la mayor parte de los muebles de doña Desorden estaban guardados en la bodega y a ella sólo le habían dejado libre su dormitorio, que los albañiles y carpinteros circulaban por todas partes y tenían las ventanas abiertas, que llenaban el aire de martillazos, gritos y cantos, que lanzaban miradas hambrientas a la torta y las galletas, obligándolas a repartirles porciones que ellas hubieran podido disfrutar solas.

-Más de una vez -dijo doña Desorden- tuve ganas de gritarles a todos estos hombres que se vayan y me dejen en paz, poco me importa que la reparación quede a medias y llueva en el living, porque necesito quedarme un rato sola, en silencio, y pintar mis cuadros.

Mientras tanto, en el palacio municipal, se estaba jugando la futuro de los viejos.

-¿Cómo está, Clotilde? -preguntó don Ramiro, el Alcalde, después de hacer un esfuerzo por recordar el nombre de quien acaba de entrar, vestida con el uniforme de todas las empleadas municipales y peinada más o menos como todas las mujeres de su edad lo hacían.

-Muy bien, gracias -respondió ella, que no entendía muy bien por qué la había llamado el Alcalde a su despacho. Las rodillas le temblaban un poco, pero de todos modos logró mantener algo parecido a una sonrisa, que bien podía convertirse en mueca si no la cambiaba.

-Siempre tan buena moza –estaba diciendo el hombre.

Clotilde se moría de los nervios, ante la posibilidad de estar a solas con su jefe, un hombre que tenía fama de conquistador y usaba un perfume intenso que la mareaba. Los colegas del municipio hablaban siempre de reducción de personal, y ella temía que un día u otro le informaran que podía dejar de firmar la planilla de asistencia todos los días y quedarse en su casa. ¿Qué haría a su edad y para colmo soltera? Hubiera debido estudiar un oficio, en lugar de conformarse con ser una secretaria que atendía el teléfono, archivaba expedientes y dedicaba el tiempo libre a tejer suéteres para sus sobrinos.

-Hábleme de la Casa del Adulto Mayor.

-¿Qué puedo decirle que usted no sepa?

-¿Cuántas personas asisten a los Talleres, las exposiciones, las conferencias…?

-Eso varía. A veces treinta o cuarenta. A veces más de cien, cuando hay una obra de teatro, una película…

-¿Todas las actividades que brindamos son gratuitas?

-Y los profesores que hacen los Talleres, tampoco cobran nada.

-¡Qué bien! -dijo don Ramiro, aunque pensaba lo contrario.

Siempre había desconfiado de las personas generosas, de los idealistas que regalaban su trabajo por simple amor al prójimo. Con toda seguridad, debían ocultar algo menos agradable detrás de las buenas intenciones. Era gente que al sacrificarse daba un mal ejemplo y desmoralizaba al resto, preocupados de generar dinero para sus bolsillos.

-A veces, me irritan -confesó Clotilde- porque no entienden que una es empleada pública y tiene que cumplir un horario. A mí no me pagan horas extras para que deje la Casa abierta, desde el amanecer a la medianoche, sólo porque cuatro viejos ociosos quieren quedarse escuchando música, pintando o ensayando una obra de teatro.

-Son difíciles de controlar –comentó el Alcalde-. Pero tendremos que intentarlo.

-Perdone si cambio de tema, don Ramiro -dijo Clotilde- pero solicité hace un mes que arreglaran las estufas y todavía no he tenido respuesta… Como estamos en esta época tan fría, y nos toca trabajar en esa casa húmeda, se vuelve difícil continuar las clases de gimnasia. Hay quejas de todas partes, los viejos creen que yo soy la responsable…

El Alcalde sonrió.  Sólo era cuestión de tiempo y una serie de toques hostiles de parte de funcionarios como Clotilde, se dijo. Gracias al frío y la falta de sensibilidad de la burocracia, él vaciaría pronto el edificio de la Casa del Adulto Mayor, como lo había planeado.

Cuando los viejos y los profesores se desalentaran, situación que no tardaría en darse, él anunciaría la construcción en el mismo lugar, de su moderno estacionamiento en altura. Diez pisos de cocheras y un ascensor para los autos, que sería la envidia de otras comunas y suministraría una maravillosa publicidad para la campaña de reelección.

En cuanto a los viejos, en el caso de que no perdieran las ganas de reunirse… podía mandarlos a un sótano del municipio, donde estarían más cómodos, o a ninguna parte. ¿Para qué preocuparse tanto de ellos? Por lo general, los viejos se acatarraban y no votaban en las elecciones. (Continúa)

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