16. Horribles planes de chicos buenos

-Si los dos se van de vacaciones con la abuela y sus amigos –les dijo Laura a sus hijos- el papá y yo tendremos por fin la segunda luna de miel que me prometió hace tiempo.

Eso sí que estaba bien, comprendieron Luis Alberto y Carolina. Todos menos ellos salían ganando con el viaje de los nietos con los abuelos a unas Termas perdidas en un valle del fin del mundo. Los viejos tendrían compañía que los mantuviera despiertos, víctimas a quienes se turnarían para regañar, mientras que los padres saldrían de viaje como hacían a cada rato, con la excusa de hacer negocios o asistir a seminarios de perfeccionamiento… ¿Para qué necesitaban sus padres una segunda luna de miel, si le decían a todo el mundo que eran felices y nunca habían hablado de separarse? Era como construir una segunda piscina en el jardín, para usarla los días lunes, miércoles y viernes.

Luis Alberto y Carolina habían pasado revista a media docena de ideas para impedir que doña Desorden se saliera con la suya. Planearon la simulación de un ataque de apendicitis de Carolina, con aumento de fiebre, gracias al recurso de no beber una gota de agua durante un día y ponerse papel secante en las axilas. En el colegio se contaba que de ese modo quedaba asegurado que la temperatura subiera varios grados y los padres se asustaran y llamaran al médico, permitiéndoles justificar que no se presentaran a un examen, por ejemplo.

Podían resbalar en la escalera y perder la memoria durante un par de días, como habían visto que hacían los personajes de la tele. Podían soltar al perro, para que toda la familia pasara un par de días buscándolo por toda la ciudad (aunque en ese caso deberían obtener la complicidad de alguien que les guardara el perro, porque de otro modo él estaría al poco rato ladrando en la puerta para que lo dejaran entrar).

Podían pintar en la calle: ¿SABE CON QUIÉN ANDAN SUS HIJOS? a pesar de que de acuerdo al criterio de sus padres, ¿con nadie estarían ellos más seguros que con sus propios abuelos? Podían incendiar la casa de doña Desorden, aprovechando las reparaciones que estaban efectuando los empleados de Fernando. No hacía falta que todo el edificio se quemara. Bastaba con que un cortocircuito encendiera una cortina, que se contagiaría de inmediato a un mueble, que no tardaría en quemar los papeles y las telas pintadas… Después de una desgracia como esa, doña Desorden ya no pensaría en irse de vacaciones.

Ojalá no los descubrieran, porque terminarían en la cárcel, si existía la cárcel para chicos de su edad. La mayor parte de estos planes se caían solos, apenas los analizaban dos veces. La unión de los nietos para detener a los abuelos, en cambio…

La Nana advirtió el secreteo de Luis Alberto y Carolina con el teléfono celular, en un rincón del jardín que no tenía nada interesante. Cuando los hermanos no peleaban entre ellos, había que estar más atenta que de costumbre, sabía la Nana, porque nada bueno se anunciaba.

-¡Hola! ¿Puedo hablar con Sergio? –preguntó Luis Alberto

-Soy yo –contestaron del otro lado de la línea telefónica..

-¡Por fin! Tú no me conoces.

-¿Quién habla? –la voz indicaba desconfianza.

Luis Alberto había pasado la mañana llamando a desconocidos que podían ser parientes de los estudiantes de la Casa del Adulto Mayor, para localizar a los nietos de los hombres. En el caso de las mujeres, no era posible averiguar qué apellido tendrían los nietos de Margot y Fermina.

-Es una historia larga… –dijo Luis Alberto- Te la contaré más tarde. No me interrumpas ahora…

-No entiendo.

-Estuvimos llamando a todas las familias que tienen tu apellido… Más de treinta.

-¿Quiénes son ustedes?

-¿Tu abuelo colecciona estampillas y barcos metidos en botellas? ¿Es un viejo cascarrabias?

-¿Se murió?

-No. El no sabe que estamos hablando… y por tu bien, tampoco vas a contárselo.

-Miren: yo no sé qué buscan ustedes dos. Mejor, hablen con mi papá. Les doy el número de la oficina.

-Tus viejos no tiene que enterarse que nos pusimos de acuerdo, porque nos arruinan el plan.

Carolina le quitó el teléfono a su hermano:

-Si no encontramos la manera de detenerlos, pasaremos dos semanas con ellos… Yo no sé cómo será tu abuelo, pero mi abuela es para matarla. Ellos están organizando una excursión con sus amigos de cien años. Quieren llevarnos a uno de esos pueblos perdidos en el desierto, cuya única diversión son los baños termales. ¿Sabes cómo pasan el tiempo? Se cubren de los pies a la cabeza con barro caliente y verde, que huele a huevos podridos, pasan horas y horas metidos hasta el cuello en esa inmundicia, y luego tragan al menos cuatro litros de agua por día, mientras pasean ida y vuelta por la calle principal –Carolina lo estaba describiendo el sitio tal como había leído en la página web de una agencia de turismo y Sergio no respondía.

-Todas las noches se juntan en la plaza del pueblo, para jugar a la lotería o bailar valses. ¿Qué te parece pasar quince días en esas condiciones?

Carolina se detuvo, pero del otro lado solo llegaba el silencio de alguien que no terminaba de reaccionar.

-¿Te quedaste mudo?

-Estaba pensando –respondió Sergio.

-Eso me gusta más. Yo he soñado que estoy en medio de las montañas, lejos de todo y rodeada de viejas que me peinan y me visten como ellas se arreglaban hace mil años, que me obligan a bailar con mi hermano y hablan de películas que ellas vieron quién sabe cuanto tiempo antes de que yo naciera.

Una pesadilla, sin lugar a dudas.

-Mi abuelo es peor que todo eso –confesó Sergio-. Mi abuelos nos obligaría a coleccionar piedras de colores y plantar cactus en botellas. A él se le ocurren las diversiones más aburridas de la galaxia, y no descansa hasta que uno le sigue la corriente.

Era un conjunto de viejos insoportables, comprendió Carolina.

-Dame tu email, para comunicarnos. ¿Tienes un celular?

-Claro que tengo.

-Si nosotros nos unimos, dejaremos a los viejos con las ganas de pasar las vacaciones con sus nietos. (Continuará)

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