15. Ahora que las cosas van en serio…

Un empresario exitoso como Fernando, no era hombre que se dejara aplastar por ningún contratiempo familiar, como las discusiones con el jardinero o la Nana. Cuando no lograba derivar los problemas a Laura, su mujer, permitiéndole a él que continuara ocupándose de sus negocios más importantes, Fernando respiraba hondo, se resignaba a la pérdida de tiempo y energías que le aguardaba, pero aplicaba a continuación la misma tenacidad que le había permitido conquistar a tantos clientes y construir tantos edificios duraderos.

Lo fundamental era no apagar el incendio con gasolina. Por eso evitó discutir con su suegra y su esposa. Llamó aparte a don Perfecto, que dirigía las tareas de reparación del hogar de doña Desorden y le informó quién era él.

Feliz de hablar con el responsable de la construcción de barrios enteros, altas torres de departamentos y centros comerciales, don Perfecto describió su plan de trabajo, para el que contaba con el aporte de sus amigos del Taller, ninguno de ellos menor de 65 años y algunos en el borde de los 80.

Fernando admiró la capacidad de organización que había demostrado don Perfecto (así lo dijo y a partir de ese momento el viejo lo consideró como un hombre de pocos años pero capaz de reconocer el talento de una persona mayor), de manera tal que todo fue sonrisas y Fernando no le hizo más que un par de observaciones a don Perfecto, referidas a los materiales que pensaban a utilizar  en el trabajo, y a continuación lo felicitó por sus dotes de organizador.

-Supongo que habrán contratado un Seguro contra Accidentes -sugirió Fernando cuando el diálogo parecía haber concluido.

-¿Qué?

-Usted sabe: de pronto alguien se cae y tal vez se quiebra un par de huesos, nada grave pero doloroso, por lo tanto habría que llamar una ambulancia, llevarlo a una Clínica, someterlo a exámenes… y entonces ¿quién paga las cuentas? O Dios no lo quiera, pero es cosa de todos los días: el accidente resulta más grave y alguien muere… ¿Quién se responsabiliza?

Don Perfecto se quedó con la boca abierta, porque no había pensado en eso, ni tampoco en los otros temas alarmantes que Fernando fue desplegando a medida que recorrían la casa, para que los otros viejos pudieran oírlo, de manera tal que al llegar a la cocina donde continuaban sin hablarse Laura y Doña Desorden, la decisión había sido tomada: don Perfecto y los viejos se retiraban del trabajo en ese momento, y a partir del lunes o martes, Fernando traería a sus hombres, que eran profesionales bien entrenados, terminarían las reparaciones en menos tiempo y con el necesario conocimiento del oficio.

Carolina y Luis Alberto habían seguido el diálogo Fernando y don Perfecto para no perderse una palabra. ¡Por fin veían a su padre en acción! Habitualmente mantenía a los miembros de su familia lo más lejos posible de sus negocios. No era que se avergonzara de su habilidad de empresario, que le había permitido reunir una fortuna, sino algo parecido al pudor. No fumaba en presencia de los hijos. Tampoco bebía alcohol. Según él, ya tendrían los niños la oportunidad de conocer ese mundo cruel de los adultos cuando crecieran.

Él estaba en condiciones de controlar sin mayores dificultades a unos cuantos viejos crédulos, que se metía en líos por simple aburrimiento. Primero los elogiaba, simulaba oír con atención cada palabra que decían, festejaba sus chistes insulsos, les pasaba un brazo por los hombros, y entonces interpretaba a su modo todo lo que ellos acababan de decir, les atribuía intenciones que con toda seguridad no sospechaban, los felicitaba a cada rato, como si estuviera totalmente de acuerdo con cada palabra que oía, y gracias a eso los obligaba a aceptar probablemente lo contrario de lo que habían sostenido al comienzo.

-¡Don Manuel, no busque la desgracia! –le gritó don Perfecto al otro viejo, que estaba caminando sobre una cuerda floja, apenas a medio metro del suelo, para que las damas presentes repararan en él.

Doña Desorden sirvió el almuerzo improvisado en el jardín, sobre un par de tablones sostenidos por caballetes, y hubo sillas para casi todos sus visitantes, pero otros debieron sentarse en cajones vacíos o pedazos del tronco de un nogal que doña Desorden tuvo que cortar varios años antes, para que no aplastara la casa.

-¡Qué tarde magnifica! –resumió doña Desorden, que desde hacía tiempo no tenía una visita tan prolongada de sus parientes.

Parecía un picnic. Luego de un vaso de vino, con los músculos cansados, ninguno de los viejos sintió deseos de volver al trabajo. Algunos de los visitantes cantaron canciones tan antiguas que para los jóvenes olían a naftalina. Manuel, a pesar de las recomendaciones de Fedora, repitió su caminata sobre las manos y el salto mortal hacia atrás, pero esta vez lo hizo sobre la mesa previamente despejada de la vajilla del almuerzo.

Todos querían contar historias que al parecer ya no eran nuevas para nadie, pero de todos modos celebraban como si lo fueran, y a veces hablaban de las relaciones con sus familias, casi nunca en buenos términos. Cada uno a su modo, debía estar más o menos loco, pensaban Luis Alberto y Carolina. Podían resultar divertidos por un rato, si uno calculaba que no tendría que verlos de nuevo el día siguiente.

Los viejos eran como los animales del zoológico: de vez en cuando y a prudente distancia, podía decirse que eran divertidos, incluso que no molestaban. ¡Pero tenerlos cerca todo el día, durante un par de semanas…!

-No entiendo cómo pudo vivir tu madre en estas condiciones -le comentó Fernando a Laura.

-La casa siempre estuvo igual. Se nota que tú no la visitas nunca.

-¿Acaso ella nos invita?

-No me digas que hace falta una invitación de mi madre, para visitarla. Tú no la soportas.

-Eres tú quién se avergüenza de ella.

-Me parece una mala influencia para mis hijos. Eso es todo.

¿Por qué los metían a ellos en el conflicto, se preguntaron Luis Alberto y Carolina? Pero no intentaron averiguarlo, porque habían aprendido que era mejor no mezclarse en las conversaciones de sus padres, aunque no estuvieran discutiendo, como sucedía en ese momento, porque de todos modos eso era algo que a los adultos les molestaba.

Los jóvenes podían hacer lo que quisieran, siempre y cuando continuaran su vida lo más lejos posible de los padres que tanto se sacrificaban por ellos, pero no querían complicarse la vida con los detalles.

La reparación de casa de su suegra no iba a salir tan barata como supuso al comienzo, se resignó Fernando. Recordaba sin embargo que tarde o temprano, Laura habría de heredar la propiedad, y entonces, tras la muerte de su suegra. Entonces cortarían los árboles añosos, aplastarían los macizos de flores, ahuyentarían las ranas del jardín, demolerían ese horrible caserón de otro siglo, incluyendo el gallo de la veleta oxidada, para construir en el mismo terreno una linda torre de veinte pisos, con departamentos de lujo, un enorme estacionamiento, y en tal caso él recuperaría con creces el capital que estaba invirtiendo.

Ser generoso ahora, calculó Fernando, le permitiría hacer dentro de pocos años un muy buen negocio.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: