14. ¿La unión hace la fuerza?

Luis Alberto y Carolina podían pelear entre ellos casi todos los días, por distintos motivos, desde quién había dejado abierta la puerta de calle, por donde el perro de la casa escapó para no volver antes de tres días, muerto de hambre pero feliz de haber hacer decenas de amigos, hasta quién le había dicho a la Nana que el otro fumaba a escondidas, gracias a los cual ella comenzó a revisar sus habitaciones y olerles el aliento cuatro o cinco veces por día.

Los dos hermanos consideraban que estar en desacuerdo y manifestarlo a viva voz, incluso arrojarse frutas pequeñas o pelotas de ping pon, era la situación más normal del mundo, pero después de la visita a la casa de su abuela, cuando vieron en actividad a sus amigos de la Tercera Edad, comprendieron que debían ponerse de acuerdo entre ellos, para no caer en manos de esos chiflados, con quienes deberían compartir las vacaciones.

-La abuela es una víctima de esos viejos –le dijo Sergio a su hermana-. Como nosotros la dejamos sola, ellos la tienen secuestrada o poco menos.

-No es verdad –respondió Carolina-. Ella fue quien los reunió. Ella los invitó a su casa.

-Tenemos que separarlos.

-¿Cómo?

-Le decimos que la necesitamos en casa, que pasamos mucho tiempo con la Nana, porque los papás andan de viaje.

-Ella lo sabe y nunca se ofreció.

-Mamá no quiere que llegue y desordene todo.

Alguna vez, Luis Alberto y Carolina no podían recordarlo porque eran muy chicos entonces, cuando Laura y Fernando inauguraron la inmensa casa del barrio alto, doña Desorden había llegado en una camioneta cargada de cuadros y objetos pasados de moda, con la intención de ayudarlos a decorar ese lugar demasiado moderno a su gusto.

Sin que nadie se lo pidiera, fue colocando algunas de las alfombras tejidas en un telar por ella misma, un espejo ovalado que deformaba las figuras de aquellos que subieran la escalera, una cortina de cuentas de vidrio que dividía el living del comedor, algunas esculturas que colgaban y se movían a la menor corriente de aire, y sobre todo veinte pinturas de su autoría, que había acumulado a lo largo de treinta cinco años de carrera, porque no quería venderlas a desconocidos, sino dejarlas a sus nietos.

Fernando llevó aparte a su mujer y le advirtió que no aceptaría la intromisión de su suegra. Le dirían que los cuadros eran preciosos, pero no querían separarla de ellos, porque tenían dos niños pequeños que no estaban en condiciones de apreciarlos y arruinarían todo lo que tocaran. Por lo tanto, era mejor que ella pusiera en venta esos cuadres o los donara al Museo de Bellas Artes.

Doña Desorden no se daba tan pronto por vencida. Ella propuso colgar los cuadros muy alto, donde sus nietos no los tocaran hasta que tuvieran diez años y aprendieran a cuidar las obras de arte, buscó los sitios que permitían exhibirlos, pero al oír la misma negativa de parte de Laura y Fernando, solo que con distinta justificación, por ejemplo, que allí no tenían buena luz o (por lo contrario) que les daría el sol, terminó entendiendo que no los querían.

-Hay que separar a los viejos –repitió Carolina.

Si se hubiera tratado de controlar a sus padres, los dos hermanos hubieran sabido perfectamente qué debían hacer para poner a uno contra otro. A veces lo hacían, para evitar que los obligaran a usar ropa que no les gustaba o realizar una tarea del colegio para la que no se consideraban preparados. Muy temprano habían aprendido, mediante pruebas y errores, a manejar a los adultos que tenían más cerca. Podían hacer que la Nana los protegiera de una orden de la madre, o que la tía Betty se encargara de defenderlos ante los padres, o que los padres desautorizaran a la Nana, etc.

Lo increíble era que los adultos no terminaran de entender que un par de chicos, que ni siquiera necesitaban ponerse de acuerdo entre ellos, los controlaban de ese modo.

-¡Hagamos esto! –propuso Carolina-. Tú te vas de la casa, dejas una carta de despedida, nos dejas a todos preocupados, hay que llamar a la Policía para buscarte… y entonces la abuela se olvida de sus amigos y las vacaciones en las termas y…

-¿Dónde quieres que me esconda? –preguntó Luis Alberto, que no era tan valiente como para aceptar la idea de escapar de su cómoda casa con cuatro o cinco comidas al día, una cama blanda, Internet y equipo de sonido.

-No sé. Te encierras en el entretecho y yo te llevo algo de comer cuando nadie me ve.

-¡Hay arañas! –chilló Luis Alberto.

-Y también está el problema de ir al baño –reflexionó Carolina.

-Me van a buscar con perros, y cuando me encuentren no sabré qué decirles.

No era una buena idea.

-Consigamos que la abuela se disguste con sus amigos.

-No los conocemos.

-Eso es lo que podemos hacer. Nos acercamos a ellos, como si realmente nos cayeran bien, les pedimos que nos abracen y besen, para que la abuela vea, se ponga celosa porque a ella no la tratamos de ese modo y deje de lado idea de las vacaciones de todos juntos.

-¿Tú crees?

-Hay que sacrificarse.

Los dos odiaban los cariños de los viejos, porque una vez que comenzaban, no había cómo detenerlos. En esos momentos sentían que los trataban como si fueran perros falderos.

-¿No sería mejor irles con cuentos?

Hubieran continuado, pero vieron que doña Desorden se acercaba.

-¡Qué pena verlos tan solos! ¿Por qué seremos tan aburridos los adultos?

-Estamos bien, abuela.

-La próxima vez que nos reunamos, le pediré a mis amigos que traigan a sus nietos. En realidad, nunca hablamos de ustedes, porque nos divertimos tanto, que no nos queda tiempo.

-En ese caso, ¿para qué pasar las vacaciones juntos? – preguntó Carolina- Se aburrirán de nuestra compañía.

Doña Desorden sonrió. Tal vez Carolina tuviera razón, los jóvenes daban la impresión de estar hechos casi todos con un molde, por la manera de vestirse y hablar, pero al mismo tiempo, si los adultos no eran egoístas… ¿por qué privar a los jóvenes de la dicha de pasar dos semanas con sus abuelos?

-¿Cuántos nietos somos?

-Pocos –confesó doña Desorden-. Menos de una docena. Aquí tengo la lista.

Doña Desorden abrió un cajón de su escritorio y pasó revista a los nombres que habían anotado durante los últimos días.

-Don Perfecto tiene un nieto, más o menos de la edad de ustedes, al que no ve nunca, porque no se entiende con la nuera. Don Manuel tiene tres, de distintas edades, pero viven en el extranjero. Don Rafael no quiere hablar de la familia, quién sabe por qué. Purita nunca se casó. Margot y Fermina son bisabuelas. En cuanto a Rubén y Fedora…

Los dos hermanos se miraron. Debían quedarse con esa lista de los viejos que habían comenzado a juntar dinero para salir de vacaciones. Tenían que comunicarse con los otros chicos, para conseguir entre todos que la temida excursión a las termas nunca sucediera. O mejor aún, para que los viejos dejaran de reunirse y armar planes delirantes que incluían a los jóvenes.

Carolina empujó a su hermano fuera de la casa, para distraer a la abuela y regresar al escritorio donde ella había vuelto a guardar la lista de viejos y nietos.

-Tenemos los nombres de varios chicos. Hay que encontrarlos y convencerlos de unirse a nosotros.

Casi nada, pero si buscaban en Internet, no tardaría en averiguar sus direcciones y teléfonos. Solo era cosa de comenzar la guerra contra los viejos sin hacer mucho ruido, porque la sorpresa era una de las mejores armas que disponían. (Continúa)

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