13. Las buenas intenciones de gente imposible

Don Perfecto no pudo resistir la tentación de beber un vaso de agua sin gérmenes.  ¿Qué sabor delicioso tendría? Pero al llegar a la dirección que le una situación incómoda: no tendría adónde ir.  Los departamentos que ofrecen a la gente de mi edad, son tan incómodos…

-Vente a vivir con nosotros. Mi casa es inmensa. Tenemos el taller del jardín, junto a la piscina, que podemos acondicionar para que pintes.

Doña Desorden sonrió sin mirarla. No iba a confesar que en el momento de entrar en esa casa ultramoderna, de ventanales que iban del techo al suelo y jardines de cactus y piedras, ese lugar que era el orgullo de su yerno, puesto que él había construido esos muros de cemento a la vista y pisos de mármol blancos, ese lugar desprovisto de adornos, donde cada cosa parecía estar en su lugar y no cabía ningún objeto que no fuera de buen gusto, ella se hubiera sentido más que incómoda, simplemente presa.

-Mis amigos quieren ayudarme para que viva más cómoda que antes. Fue una idea de ellos. No puedo rechazar su generosidad.

Laura tardó en responder, porque no sabía cómo controlar su indignación.

-¿Cómo quedo yo, frente a tus nietos? -preguntó Laura, pero no necesitaba oír la respuesta-. Quedo como una persona egoísta, sin sentimientos, una desalmada que te deja sola durante los últimos años de tu vida, cuando más necesitas que te cuiden.

-¿Ultimos años…? Chicos -interrumpió doña Desorden mientras preparaba una inmensa fuente de ensalada- no se confundan con lo que acaban de oír: su madre debe estar bromeando. Ella no puede hablar en serio.

-¿Qué dirán mis amigos y los parientes de Fernando -insistió Laura- si se enteran de que mi madre depende de la buena voluntad de unos cuantos viejos que encontró quién sabe dónde, y mejor estuvieran encerrados en un asilo? Tú quieres humillarme, presentarme como una desalmada, que no se preocupa de tu bienestar. Yo sé que te propusiste hacerme sentir culpable y como siempre, lo vas a conseguir…

Sin pensarlo siquiera, Laura abrió el refrigerador y se dedicó a terminar los restos del flan de caramelo que había divisado un rato antes. Lo mismo hubiera hecho con cualquier otro alimento disponible, crudo o cocido, porque no comía por hambre, sino por desamparo, dejando de lado las dietas que adoptó para mantenerse delgada.

Doña Desorden miró a su hija y de pronto sintió pena. Hasta ese momento no había tenido la menor idea de que Laura pudiera sufrir tanto por su causa, y francamente dudaba que sus nietos, su yerno, las amigas de su hija o la familia de Fernando vieran a Laura como una mala hija, despreocupada de la suerte de su madre. Probablemente la compadecían por tener una madre como ella.

-Yo sé que para ustedes soy una vieja tonta, chiflada, ridícula, para colmo sin dinero, que no tiene arreglo posible.

-¿Esa opinión tienes de ti misma? -Laura había liquidado el flan de caramelo y buscaba cualquier cosa: pepinos en vinagre, pedazos de queso, buñuelos fríos. No le importa qué, con tal de aplacar la furia que sentía contra su madre. ¿Qué había en ese frasco del fondo? Mermelada de ciruelas preparada por doña Desorden con la fruta del árbol del fondo de su casa, el verano anterior. Laura atrapó el frasco sin pensarlo dos veces, buscó una cuchara sopera en el cajón de los cubiertos y comenzó a devorar la mermelada.

Fernando llegó a tiempo para impedir que su mujer terminara en una crisis de nervios, rompiendo los platos contra las paredes o tragándose ella sola casi dos kilos de mermelada.

-Laura, por favor, no sigas -le dijo su marido.

-Tú me condenas también -lloriqueó Laura.

-Cálmate. Con la mermelada no vas a mejorar el mundo.

Laura se había refugiado en un rincón y abrazaba el frasco. Fernando se lo arrancó, luego le quitó la cuchara que Laura seguía lamiendo y se volteó hacia sus hijos.

-Ustedes dos váyanse a jugar fuera -les ordenó.

-¿Jugar con qué? -preguntó Luis Alberto.

Fernando les señaló la puerta del patio y Carolina y Luis Alberto obedecieron. ¡Una mañana perdida! Habían salido para el Mall, de pronto pasaban frente a la casa de la abuela y a continuación todo siguió complicándose, el ataque de bulimia de Laura, la llegada del papá que intentaba controlar la situación, los amigos de la abuela por todos lados, los martillazos, el polvo que llegaba del living… Ellos querían huir de ese loquero lo antes posible o ponerse a gritar que odiaban a todos los adultos.

De pronto oyeron aplausos y gritos en un rincón del jardín. Se acercaron para ver qué pasaba. Los viejos miraban hacia arriba, deslumbrados por algo que los chicos no vieron al comienzo. Don Manuel estaba caminando con las manos, por el tejado. Para no perder los anteojos de gruesos vidrios, sin los cuales era incapaz de ver nada que estuviera a más un metro de distancia, los llevaba firmemente atados con una cadenita

-Se va a matar -tembló Carolina.

Luis Alberto apartó la vista, por la sensación de náusea que lo invadió. Habitualmente no le importaba demasiado la suerte de los personajes de sus video-juegos. Todos los días, durante horas, Luis Alberto comandaba su avión espía, para bombardear los depósitos de armas, disparaba repetidamente contra los enemigos que se le cruzaban en el camino y podían destruirlo, si él no reaccionaba a tiempo; no dudaba en eliminar cualquier obstáculo que se le cruzara, fueran mujeres o niños, para continuar jugando. ¿Por qué entonces la imagen del viejo caminando por el techo cabeza abajo lo había trastornado tanto? Eso era real. Si se caía, el juego no podría continuar, porque al viejo lo llevarían al Hospital o al Cementerio.

-No hagan esto nunca, chicos -gritó don Manuel, que los había visto y no quería darles un mal ejemplo-. En el Circo pasábamos dos o tres años entrenándonos, antes de intentarlo sin red. ¡Presten atención ahora!

Solo faltaba el redoble de un tambor. De pronto, don Manuel dio un salto mortal hacia atrás, por un instante su cuerpo estuvo en el aire, girando, y luego quedó parado sobre sus pies que temblaban un poco, mientras extendía los brazos para recuperar el equilibrio, a poca distancia de la oxidada veleta que se había propuesto enderezar.

Sus amigos volvieron a aplaudirlo, le pidieron que repitiera su hazaña y don Manuel les respondió que lo dejaran trabajar en paz. Nidia y Fedora descubrieron que Luis Alberto se había desmayado y Carolina lo contemplaba espantada. Mientras los dos miraban a don Manuel, pocos segundos antes, Luis Alberto no pudo evitar imaginarlo rodando por el tejado y de allí al suelo, dos pisos más abajo.

Por primera vez, el peligro no estaba en la pantalla del video-juego, sino en la realidad. El viejo que caminaba con las manos a diez o doce metros de altura, era alguien de carne y huesos (materiales muy frágiles, como todos saben). Podía perder el equilibrio en cualquier momento, por confiar demasiado en sus habilidades, porque sus reacciones no eran las mismas de su juventud. Bastaba una distracción, una teja suelta… para que cayera desde esa altura. Si se fracturaba una pierna o las costillas, en el caso de que no se matara… Luis Alberto lo había imaginado y estaba sudando en frío, comprendió en el momento de cerrar los ojos y desplomarse en el suelo.

Cuando recuperó la conciencia, descubrió que era atendido por varios viejos que lo sacudían, le mojaban la cara con un paño húmedo y trataban de calmar a su hermana.

-¿Cómo estás?

-¿Qué pasó?

-No fue nada -lo alentó Nidia-. ¿Te sientes mejor?

-Fue un susto -dijo Fedora.

-Tan impresionable que resultó el jovencito -comentó don Manuel, mientras se descolgaba del techo por una cuerda, cabeza abajo, en lugar de utilizar la escalera apoyada en el muro.

Para él, ese era un gran día, porque había tenido la oportunidad de demostrar a sus amigos que los cuentos acerca de su vida y hazañas en el circo, no eran simples invenciones de un viejo que pretendía llamar la atención, como a veces sugería don Perfecto.

-Cuando salgamos de vacaciones, los nietos y los abuelos juntos -prometió don Manuel a Luis Alberto- te enseñaré a caminar por la cuerda floja. No es más difícil que lanzar cuchillos o serruchar una mujer en dos partes.

Apenas lo dijo, la mirada de horror de sus nuevos amigos le indicó que mejor se hubiera callado.  (Continuará)

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