12. La temible pandilla de la Tercera Edad

Los efectos del taller de doña Desorden comenzaron a sentirse de un modo u otro en la vida cotidiana de los participantes, no siempre para satisfacción de sus parientes, que a través de los años se habían formado una imagen de ellos y no esperaban cambiarla a esa edad, pero de pronto advertían que sus padres, madres o abuelos, demasiado previsibles desde hacía décadas, parecían interesados en otras actividades, que los mantenían ocupados y sin quejarse, incluso alegres, aunque los jóvenes no terminaran de entender qué les pasaba.

Fedora se encerraba durante horas en el cuartito frío y húmedo del fondo de la casa, que le habían asignado a ella porque los demás miembros de la familia lo habían rechazado, y no era para ver la tele o rezar el rosario, como hacía antes. Fedora confesó que había decidido escribir (y también dibujar) los recuerdos de su adolescencia en un cuaderno gordo que al comienzo la intimidaba, por la cantidad de páginas en blanco, y luego, a medida que avanzaba en su tarea sin hallar demasiados tropiezos, comenzó a sospechar que le resultaría insuficiente.

Ella, que no había conseguido casarse, de pronto advirtió que valía la pena contar la auténtica novela de sus grandes ilusiones y amores frustrados, reconstruir una época insospechada para los jóvenes (sus sobrinos nietos, por ejemplo). Se refería a un tiempo en el que los hijos aceptaban sin chistar la voluntad de sus padres, aunque los condenaran a ser infelices el resto de sus vidas, como le sucedió a ella. Por eso Fedora dejó de ocuparse de la cocina y la limpieza de la casa de sus parientes, que ya estaban crecidos para valerse por sí mismos y nunca tuvieron necesidad de mover un dedo, porque ella estuvo siempre dispuesta a sacrificarse por el bienestar de todos.

Margot no paraba mucho tiempo en casa, desde que se acostumbró a visitar los museos y exposiciones de arte con su nueva amiga Nidia, y a veces también con Rafael y Rubén, dos caballeros respetuosos, en cuya compañía las horas pasaban volando.

Manuel no pasaba mucho tiempo en la casa de su hija. Un día salió en busca de sus antiguos compañeros del circo, y encontró a algunos que estaban retirados y a otros vendiendo ropa usada o pescado en la feria. Manuel quería volver al circo, no ya como trapecista que arriesga su vida a quince metros de altura (porque nadie lo hubiera aceptado a su edad) pero al menos como payaso acrobático, si encontraba antes un par de acompañantes.

-Yo estoy harto de la vida del circo -le confesaban amigos, que preferían un trabajo menos entretenido pero estable, y por lo tanto eran porteros de edificios de departamentos o conductores de taxis o vendedores de feria.

-¿Se te ha olvidado la magia del circo, las luces de colores, los aplausos? -intentaba entusiasmarlos Manuel.

-Francamente, siempre odié pintarme la cara -le revelaban ellos.

Doña Desorden cambió tanto como sus alumnos. Comenzó a sentirse de nuevo con ganas de pintar. Mejor dicho, con ganas de poner la pincelada final en alguno de los muchos cuadros que había comenzado muchos años antes y no quería mostrarle a nadie, porque ella sabía que les faltaba algo (no estaba muy segura qué podía ser).

Gracias al Taller, doña Desorden comprobó que aún podía ayudar a gente que nunca se había considerado capaz de emprender una obra de arte. Si otros aprovechaban sus consejos, si cada vez que se encontraba con sus estudiantes, le decían que ella les había cambiado la vida, ¿por qué no aceptar la posibilidad de que realmente le quedaba algo interesante para ofrecerle al mundo? No importaba demasiado si ella era la gran artista que soñó en su juventud o tan solo alguien que disfrutaba con la vecindad del arte más que nada. Por lo tanto, no renunciaría a una actividad que le había deparado tantas horas felices. Los críticos podían estar de acuerdo o no con ella. Los compradores llegarían o no. Ella era una pintora y no se dejaría dominar por el temor a meter la pata.

Laura y Fernando, la hija y el yerno de doña Desorden regresaron de su viaje de negocios, cargados de regalos y cuentos de lugares fascinantes y gente maravillosa. Laura, en lugar de pedirle a su madre que se acercara a su casa del barrio alto (porque doña Desorden siempre encontraba alguna excusa para no moverse de su casa), llegó un día acompañada por sus hijos y un técnico encargado de instalar el regalo tan especial que le había comprado a miles de kilómetros de distancia (no estaba muy segura del sitio donde lo encontró, porque habían visitado innumerables tiendas, fábricas, oficinas, aeropuertos, hoteles, y todo se le mezclaba en la memoria).

-¿Por qué te molestaste? -dijo doña Desorden, sin conocer todavía el contenido de esa caja cuidadosamente embalada.

Imaginó lo peor: una reproducción en cerámica de la Venus de Milo, una lámpara de escritorio ultramoderna, una muñeca vestida con el traje típico de algún país desconocido para ella. No estaba preparada, sin embargo, para el filtro de agua que prometía darle litros y litros de un líquido libre de gérmenes, ionizado, como recién salido de un manantial de la montaña.

-¿Qué te parece? -preguntó Laura, orgullosa de su ocurrencia.

-Viajaste veinte mil kilómetros para traerme esto -sonrió doña Desorden abismada.

-¿Te gusta?

-Gracias.

-Te lo mereces.

-Desde que vi uno parecido en el bazar de la esquina, realmente soñaba con tenerlo en mi cocina -mintió doña Desorden, para dejar contenta a Laura.

El técnico instaló el filtro de agua, junto a los otros artefactos que la pintora había recibido de su hija a través de los años: un horno microondas, un abrelatas eléctrico, una lámpara de jardín que mataba los mosquitos que se atrevieran a entrar por la ventana y otras maravillas similares. Doña Desorden aceptaba esos objetos prácticos con una sonrisa de buena educación, convencida de que no iba a utilizarlos nunca. Decir la verdad, sin embargo, hubiera significado causarle un dolor innecesario a su hija, delante de sus nietos.

Carolina y Luis Alberto estaban peleándose por la tele. No entendían cómo podía ser que el aparato de su abuela no tuviera control remoto, ni conexión con el cable que les permitía seleccionar un programa entre docenas de canales. Todavía más extraño era que las imágenes fueran tan borrosas y en blanco y negro, pero ellos estaban convencidos de que sólo podían esperarse cosas extrañas de su abuela, casi todas ellas desagradables.

A partir de la visita de Laura y sus hijos, doña Desorden ya no se sintió tan satisfecha con su casa como hasta entonces. Había pensando en invitar a los participantes del Taller, para que conocieran sus pinturas, pero según su hija, la casa estaba impresentable y en lugar de ponerse a repararla, tarea que hubiera requerido demasiado esfuerzo, mejor la vendían.

De pronto, las viejas cosas que acompañaban a doña Desorden todos los días y la hacían sentirse tan cómoda, le parecieron distintas (y definitivamente peores de lo que creía recordar). Ese sillón manchado por cuarenta años de uso, tenía uno de los brazos suelto, por ejemplo. Ella lo utilizaba diariamente y todo continuaba igual. Por eso no se había preocupado de componerlo; sólo se cuidaba de no apoyar el codo izquierdo al sentarse. Cuando tenía que moverlo para encerar el piso, lo sujetaba por el respaldo y tampoco sucedía nada. Bastó en cambio que su hija, la misma que se pasaba la vida haciendo dieta y pesaba dieciocho kilos menos que doña Desorden, tratara de sentarse en ese brazo para que un segundo más tarde el sillón se derrumbara y Laura terminara en el suelo.

-¿Estás bien, mamá? -preguntó Carolina, convencida de que la casa su abuela podía ser mortal.

El accidente no tuvo mayores consecuencias para Laura, pero dejó tan mortificada a su madre, que se vio obligada a enviar su amado sillón al sótano, como exigía Laura. Luis Alberto tuvo que encargarse de la tarea y quedó aterrado al descubrir la cantidad de basura que su abuela conservaba: radios viejas, espejos cubiertos de polvo, maniquíes manchados, un pájaro embalsamado, sillones de mimbre, pilas de diarios y revistas húmedas, ladrillos, tejas y baldosas de la época de construcción de la casa.

-¿No hay ratones? -preguntó Carolina, desde lo alto de la escalera, y eso bastó para que Luis Alberto escapara lo antes posible de ese caos.

Entre la madre y la hija quedaba en pie la vieja discusión sobre la pintura descascarada de las puertas y ventanas, el estado ruinoso de los artefactos del baño, la apolillada alfombra del living, los rastros evidentes de humedad en una pared de su estudio. Allí por donde pasaba Laura descubría, como si estuviera inventándolos, una cantidad de problemas que su madre no le preocupaban. No es que los ignorara. Simplemente no lograba verlos como defectos grandes o pequeños de su casa, hasta que advertía la impresión que causaban en su visitante.

-¿Por qué no vendes tus cachivaches por la plata que te ofrezcan -sugería Laura- y te vienes a vivir con nosotros?

Luis Alberto y Carolina se miraron aterrorizados.

-Allá no hay aire contaminado, ni ruidos del tránsito -continuaba Laura, que buscaba el apoyo de sus hijos-. Ayúdenme a convencer a la abuela.

Carolina retrocedió y Luis Alberto la siguió para que su madre no lo obligara a hablar.

-Yo me siento cómoda en esta casa -se defendía doña Desorden, porque sabía que en el barrio alto no encontraría vecinos que la conocieran por su nombre y la saludaran en la calle. Cuando quisiera comprar cualquier cosa, se vería en la obligación de viajar en auto, y lo principal, ya no estaría en su casa, donde ella hacía y deshacía sin consultar a nadie, sino en la casa de su hija, de su yerno, de sus netos y debería aceptar las reglas que ellos le impusieran.

Doña Desorden no quería mudarse, pero sin duda había descuidado el mantenimiento de su casa. Le encantaba el color que adquiere la madera de una puerta pintada con los años, cuando las lluvias y el uso han adelgazado las sucesivas capas de color, dejando que las más nuevas dejen ver las anteriores, hasta que en el fondo reaparece la textura original de la madera.

Claro que, si llegaba un extraño, una persona menos sensible al color, diría que esa puerta estaba despintada y hacía falta cubrirla lo antes posible con una gruesa capa de pintura, porque de otro modo daba la impresión de abandono. Y así el resto de las cosas encantadoras o lamentables que descubría doña Desorden al recorrer el caserón.

De pronto la invadieron las dudas. Quizás no viviera exactamente como la artista libre de convenciones sociales que había creído ser toda su vida, sino como una vieja con poco dinero, que deja de prestarle atención a las cosas que la rodean y finalmente acepta el desorden como algo natural, imposible de controlar.

Eso le disgustaba. Después de luchar tanto tiempo contra las opiniones de la gente que se dejaba llevar por el qué dirán, ella misma se estaba entregando a la rutina. Se dijo que necesitaba otra opinión, en lo posible la palabra de alguien que no fuera su hija y viera las cosas en forma objetiva. Por eso invitó una tarde a tomar el té a don Perfecto.

-Yo no tomo té.

-Puede ser un café.

-La dieta que sigo no me permite el café -le respondió él, que después de vivir tanto tiempo solo, había perdido la costumbre de comportarse como se espera de un caballero.

-No importa -insistió ella-. Venga a visitarme de todos modos. Le ofreceré un vaso de agua purísima, ionizada, sin bacterias de ningún tipo, gracias al filtro que acaban de instalarme. No acepto negativas.

Don Perfecto comprendió que si no aceptaba la invitación, sería peor, porque irían a buscarlo. (Continúa)

NOTA: lector(a), anota tus experiencias y opiniones sobre el tema, a continuación, utilizando el recuadro que sigue a este capítulo. No es improbable que tengas algo que decir, aunque no acostumbres a hacerlo por escrito. Solo es cosa de intentarlo. O.G.

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