11. Vida paralela de adolescentes conflictivos

Los abuelos tardaron en aceptarse unos a otros, porque adultos como don Perfecto, acostumbrados a salirse siempre con la suya, con tal de no reconocer que se han equivocado, se resisten a cambiar de opinión, y más bien se esfuerzan por presentarse como dueños de la verdad. que no se apartarán ni un milímetro de sus convicciones. Tal vez nunca lo confiesen, pero finalmente llegan a establecer un acuerdo provisorio con los mismos a quienes veían como sus peores enemigos. En el mejor de los casos, la paz se prolonga hasta que la desconfianza se olvida y comienzan a disfrutar una relación que antes les disgustaba.

Muy lejos de la guerra que se detuvo a tiempo en la Casa del Adulto Mayor, los nietos de don Perfecto y doña Desorden no sospechaban que el acuerdo entre sus parientes tendría consecuencias tan concretas e indeseables para ellos. Más aún, ni siquiera sospechaban que existieran otros chicos de su edad, a quienes los viejos iban a poner en contacto.

Desde que su familia de Sergio se mudó al barrio de casas nuevas e idénticas, había tratado de convertirse en amigo de vecinos como el Gordo Tomás y el Enano López, que vivían a una cuadra de distancia y parecían pasar el día sentados en el cordón de la vereda, sin hablar, cada uno con su reproductor de música. Sergio los saludaba al pasar, con un gesto, y ellos rara vez le devolvían la mirada, como si estuvieran demasiado ocupados mascando chicle.

Un día, Sergio cruzó la calle y se detuvo a un metro de distancia, tapándoles el sol.

-Me llamo Sergio –le dijo, pero ellos no lo miraron.

Quizás eran sordos, no estúpidos.

-Soy nuevo en el barrio –insistió Sergio.

Todo lo que consiguió, fue que el Enano López pellizcara un brazo del Gordo Tomás y los dos se miraran brevemente.

-Nosotros no nos conocemos –dijo Tomás al cabo de una pausa interminable.

-Por eso me presento. Vivo en aquella casa –indicó Sergio, pero tuvo que corregirse, porque todas eran tan parecidas, que cualquiera se equivocaba.

-No podemos hablar contigo –informó López.

Sergio estaba desconcertado.

-Tienes que encontrarte con Gustavo. Él te explicará.

-¿Quién es Gustavo?

-El jefe de la barra.

Eso comenzaba a tener sentido para Sergio. Por algún motivo misterioso pero no imposible de averiguar, sus dos vecinos lo ignoraban deliberadamente, porque seguían las instrucciones de alguien que él no había visto nunca y sin embargo tenía autoridad sobre ellos, suficiente para decidir con quién estaba permitido hablar, con quién no. ¡Cuántas complicaciones inútiles!

-En ese caso, no se preocupen –dijo Sergio-. Ya veo que están muy ocupados.

-Nos morimos de aburrimiento –confesó Tomás.

-Aquí nunca pasa nada.

-Saludos a Gustavo –se burló Sergio, mientras se alejaba.

-Él te buscará –le advirtió López.

-Díganle que le pida hora a mi secretaria.

Tal vez se había mostrado demasiado desafiante, pensó Sergio, cuando entró en su casa, pero en ese barrio las cosas más simples resultaban siempre más complicadas de lo que hubieran debido ser, como si el hecho de que las familias casi no se conocieran, despertara el malhumor y la agresividad de todos.

Un día más tarde, la madre de Sergio le avisó que lo buscaban en la calle. Sergio se asomó al jardincito delantero y vio a Gustavo por primera vez. Costaba imaginar cómo era, porque estaba cubierto con ropas y zapatillas demasiado grandes para él y tenía puesto un capuchón sobre una gorra con visera y anteojos oscuros que le tapaban más de la mitad de la cara.

-Me dijeron que me buscabas –dijo Gustavo, seguro de ser el centro de atención de todo el barrio en ese momento.

-Quise hablar con tus amigos y ellos no podían contestarme, si antes no te pedían permiso.

-Así son las cosas –respondió Gustavo, satisfecho.

-En ese caso, no te preocupes –se molestó Sergio-. No me moriré porque ustedes no me hablen.

-Tendrás que pasar primero por algunas pruebas.

-No, gracias.

-No desaproveches la única oportunidad que te ofrecemos.

Sergio ya estaba convencido de que en ese barrio los chicos estaban locos. ¿Quiénes eran ellos para someterlo a una prueba? ¿En qué mundo fantástico vivían?

-De acuerdo –dijo, porque quería investigar hasta dónde llegaba esa farsa-. ¿Cuándo será la prueba?

***********.

Laura se preocupaba de sus hijos, que estaban entrando en una de las etapas más difíciles de su vida, según los especialistas: la adolescencia, que despierta el funcionamiento de las hormonas y estimula la rebeldía contra todo lo que se identifica como autoridad.

A veces Laura se preocupaba tanto por sus hijos, que los aplastaba. Quería ser su mejor amiga, su confidente, su guardaespaldas en ocasiones, cuando Carolina y Luis Alberto hubieran preferido que se mantuviera a prudente distancia, porque su presencia espantaba a otros chicos de su edad. Ella se encargaba, por ejemplo de llevarlos al colegio en su auto compacto por la mañana, y pasaba a buscarlos por la tarde, como en la época del kinder.

Carolina y Luis Alberto protestaban que eran capaces de viajar solos, pero Laura argumentaba que si utilizaban la locomoción pública tardarían el doble de tiempo y podían robarle sus pertenencias. Tampoco aceptaba la idea de contratar el bus del colegio, porque se verían obligados a despertar una hora antes. En cuanto a tomar un taxi, ella opinaba que no era el medio más seguro para dos adolescentes.

Como siempre hacían la misma ruta, los dos hermanos no tenían la menor oportunidad de conocer a otros chicos que no fueran sus compañeros de estudios (mayor aburrimiento, imposible). Carolina y Luis Alberto vivían en uno de los barrios altos de la ciudad, en el que las casas eran enormes y estaban separadas por jardines bien cuidados, gracias al trabajo de jardineros como don Pepe, que llegaban todas las semanas y traían historias de otros barrios, de gente pobre, con problemas que ellos dos no sospechaban.

-¿Cuándo se van a Europa? –preguntó Luis Alberto.

Los padres viajaban mucho, por compromisos profesionales, y los hijos no los acompañaban, porque la escuela estaba antes que nada. Eran ausencias breves, que terminaban con la llegada de los padres cargados de regalos, como si trataran de hacerse perdonar la ausencia, cuando lo cierto era que los mejores momentos para los dos hermanos se daban cuando quedaban solos, con la Nana y ocasionales visitas de la tía Betty, hermana del padre, pocos años mayor que ellos y cómplice de cualquier travesura que cometieran.

***********

Antes de encontrarse con Gustavo y sus amigos, Sergio ya sabía qué podía pasarle. Iban a asustarlo, con toda seguridad, y en ese caso, estando prevenido, lo más probable es que no lo asustaran demasiado. Si las cosas se ponían feas, por ejemplo, si trataban de acorralarlo y pegarle, como había visto que sucedía a veces con ciertos grupos en el colegio, tenía un teléfono celular con el que iba a llamar a su padre, para mostrarle la escena en directo. Bastaba eso para desanimar a muchos agresores. Tal vez recibiera insultos o escupidas, pero así era la vida.

La tarde en que fue citado, Sergio iba dispuesto a todo. Si tenía que golpear a alguien, lo golpearía. Si trataban de golpearlo a él, esquivaría los golpes como había ensayado frente al espejo. Si lo obligaban a comer basura, se la tiraría en la cara.

-¿Te has emborrachado? –preguntó Gustavo.

-Casi todos los sábados –respondió Sergio y sus palabras causaron buena impresión.

-Yo tomo cerveza tres veces por semana! –dijo el Enano López-. ¡No una, sino dos y a veces tres latas de una sentada.

-Por eso no estás creciendo –lo contuvo Gustavo.

-¿Fumas? –averiguó Tomás.

-Ya no –inventó Sergio-. Dejé porque estoy entrenándome en el Gimnasio.

Eso los dejó con la boca abierta.

-Artes marciales –aclaró Sergio.

Una imagen de Sergio, dando patadas y gritando en japonés, mientras dejaba un tendal de víctimas, se formó en la mente de quienes lo estaban oyendo. ¡Era fantástico! Podía enseñarles artes marciales, si lo incorporaban a la barra. ¿Podían ver una clase? ¿Dónde estaba el gimnasio? ¿Cuánto costaba el curso? El hielo entre los adolescentes se había roto y Sergio comprobó que no le costaba mucho mentirles para dejarlos contentos.

Luego vería como arreglar las cosas. Les diría que se había lesionado un menisco, que el Profesor de artes marciales había viajado a su país, que el gimnasio estaba en reparaciones. No costaba nada engañar a un grupo que deseaba ser engañado.

-Tenemos que ponerte un sobrenombre –le advirtió Gustavo.

-¿Patada prohibida? –le propuso Sergio.

-No, tú no puedes votar –le advirtió el Enano López.

-Nosotros decidimos tu sobrenombre y tú lo aceptas, te guste o no.

Sergio estaba aliviado. No había sucedido nada de lo que esperaba. O tal vez hubiera sucedido lo peor, si él demostraba que les tenía miedo. Como los había desafiado, lo aceptaron de inmediato, confiando en su palabra. Si hubieran investigado más, si se hubieran dado cuenta de que tenía las orejas demasiado separadas o que era corto de vista…  pero no, sus nuevos amigos estaban a punto de dejar pasar la oportunidad de castigarlo con un sobrenombre humillante. Cuando se arrepintieran, sería demasiado tarde para cambiarlo. Eso esperaba, al menos.

***********

Carolina invitó a su casa a las compañeras de curso, que habían formado un estúpido Club de las Princesas, al que no obstante ella se moría por ser invitada. Aprovechó que sus padres andaban de viaje, porque quería evitar que se entrometieran. La tía Betty no era problema. Ella estaba encantada con la idea. Por fin, esa niña que vivía demasiado sola, decidía salir de su cascarón y tener amigas. Luis Alberto, que las había visto de lejos en el colegio, no quería participar de esa fiesta femenina y anunció que salía a dar una vuelta en bicicleta.

Las chicas llegaron a la hora del té, pero se negaron a sentarse en torno a la mesa que la Nana había preparado con sándwiches y pasteles.

-¡No, qué asco! –dijo Marce y las otras cuatro hicieron el mismo gesto de repulsión.

Ellas no tomaban el té, ni consumían pasteles. Solo tomaban agua mineral sin gas y preferían no sentarse a la mesa, para evitar la tentación.

Carolina les mostró su cuarto, en el que cabían todas y tenía un gran espejo de cuerpo entero.

-No está mal –comentó Marce y las otras elogiaron el color de la alfombra y las cortinas.

Las visitantes continuaron su inspección del resto de la casa, como si se tratara de una inspección de Sanidad. El living estaba en orden. La piscina era grande y el jardín se veía impecable. En el garage, los dos autos que usaban el padre y el de la madre eran nuevos y relucían, porque el jardinero los había lavado, aprovechando la ausencia de sus dueños.

-Eso fue todo –resumió Carolina, después de haber recorrido toda la casa. Había cumplido su parte. Ahora las visitantes le dirían qué esperaban de ella.

-¿Cucaracha o princesa? –le preguntó Marce.

Carolina la miró desconcertada.

-¿Te quedaste sin lengua? –insistió Marce.

-No entiendo –confesó.

-Cuando llegas a cierta edad, se te abren dos posibilidades. Puedes ser cucaracha o princesa. En otras palabras: perdedora o ganadora, bella o un asco.

La palabra reaparecía en el discurso de Marce. Cuando ella la pronunciaba, su cara se deformaba en una mueca, como si estuviera oliendo algo muy repugnante.

-¿Dónde estoy yo? –preguntó Carolina.

De ella dependía, le informaron. Llamarse Carolina era un punto a favor. Hubiera sido horrible llamarse Yénifer o Catalina, quién sabe por qué. Tener una habitación para ella sola, con espejo de cuerpo entero, banda ancha de internet, una familia con plata, que vivía en el barrio alto, un jardín bien cuidado y un par de autos último modelo, apoyaba la hipótesis de que era una princesa. En cuanto a su pelo…

Carolina estaba sudando. ¡Ojala sus posibles amigas no lo notaran, porque cualquier signo de intranquilidad podía ser usado en su contra.

-Sobre tu color de pelo discutimos las cinco, pero no estamos de acuerdo.

-Las pelirrojas pueden ser princesas, y hasta reinas –argumentó Carolina-. Vean, si no, a Guillermina de Holanda.

-No es el mejor ejemplo –la detuvo Marce-. Nuestras princesas son rubias,  delgadas y sonrientes.

-¡Princesas de concursos de belleza!

Las chicas la miraron felices. ¡Por fin Carolina entendía! Le dijeron que debía seguir una dieta estricta, sin grasas ni azúcares, ni pan, ni bebidas carbonatadas, para adelgazar por lo menos diez kilos en dos meses. Se dejaría crecer el pelo, que debía alisarse todas las semanas. Ellas le dirían el color que más le convenía. A partir de ese momento, Carolina se vestiría con los mismos colores que ellas decidieran usar, escucharía la misma música que a ellas les encantaba oír y saldría a bailar y conocer chicos a los mismos sitios que ellas frecuentaban… porque acababan de aceptarla como un miembro más del grupo, y eso la comprometía a apoyarlas en todo lo que Marce hiciera.

Cualquier desobediencia, cualquier error que pusiera en peligro la unidad del grupo, la convertiría en una cucaracha, lo peor de lo peor, una alimaña que no sería saludada, ni vista por ninguna de ellas, y solo podía esperar que socialmente la aplastaran.

-¡Gracias! –dijo Carolina, que estaba a punto de llorar por la responsabilidad que le había caído encima.

Hubiera debido sentirse muy feliz, por el éxito de su gestión, y en cambio… quería sacarlas a patadas de su casa, una reacción inadecuada, que contuvo, porque la hubiera convertido para el resto de su vida en cucaracha.

-¿Tiene tanta importancia que uno pertenezca a un grupo? –le pregunto Carolina a su tía Betty, después de contarle la experiencia por la que acaba de pasar.

-A tu edad, sí, porque te estás formando y buscas modelos.

-¡Ellas son horribles!

-Tú las buscaste. Debe ser porque consideras que te sentirás mejor mal acompañada por chicas de tu edad, que sola. No son muchos los que se atreven a vivir aislados, y casi nunca es por mucho tiempo. De todos modos, ellas cambiarán y tú también. Nadie sabe en qué dirección cambiarán. (Continúa)

NOTA: lector(a), anota tus experiencias y opiniones sobre el tema, a continuación, utilizando el recuadro que sigue a este capítulo. No es improbable que tengas algo que decir, aunque no acostumbres a hacerlo por escrito. Solo es cosa de intentarlo. O.G.

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