10. Una tregua verdadera

Don Perfecto estaba sumido en dudas esa mañana, el día siguiente al de la visita inesperada de doña Desorden. ¿Qué pasaba si no regresaba al taller de la Casa del Adulto Mayor? ¿Y si no volvía a salir a la calle, por lo menos durante un mes? ¿Debía cerrar la puerta de su casa con dos llaves, en previsión de otra visita de doña Desorden? ¿Mantenía bajas las persianas de sus ventanas? ¿Dejaba de responder las llamadas telefónicas? ¿Abandonaba la casa y el barrio para instalarse en lo de su hijo Arístides, su nuera y el nieto, durante una larga temporada?

Todo eso y mucho más, podía resultar insuficiente para detener a la pintora, que se había propuesto ser su amiga, y lo más probable era que lo consiguiera, por ejemplo, presentándose con manjares deliciosos, aunque él resistiera con todas sus fuerzas. Ella debía pertenecer a esa clase de personas que cuando más se le niega una cosa, más se empeñan en conseguirla. Por lo tanto, si él se preocupaba de no la contrariaba demasiado, si le demostraba un afecto que no sentía y simulaba aceptar sus caprichos, quizás ella se aburriera pronto de él y decidiera buscar otra víctima.

Por ese motivo, don Perfecto reapareció esa tarde por la Casa del Adulto Mayor, tan bien vestido de color gris como siempre, pero con una sonrisa en los labios que hizo dudar a varios que fuera el mismo viejo malhumorado de la semana anterior. Don Perfecto había llegado con un gran ramo de flores de su jardín, que procedió a repartir entre las damas presentes, incluyendo a Clotilde, la secretaria, que hubiera preferido no verse obligada a agradecerle el gesto amable de ninguno de esos viejos que detestaba.

-No sé qué le pasa -murmuró Fedora-. Debe estar enfermo, para sonreír.

-Si no lo conociera -respondió Margot- diría que es un ser humano.

Cuando todo el grupo estuvo reunido, en el momento de comenzar la clase, don Perfecto pidió disculpas a doña Desorden por su comportamiento descortés de la semana anterior.

-No hace falta que diga nada -respondió ella-. Todos tenemos nuestros momentos de malhumor. Cuando uno vive solo, tiene que guardárselos y termina atragantándose de rabia.

-Yo conozco mis fallas -mintió el hombre-. No me comporté como un caballero y necesito dejar constancia pública de mi arrepentimiento.

Fedora y Nidia lo aplaudieron. ¡Qué buen corazón tenía escondido ese gruñón! Al oír que lo elogiaban, don Perfecto se sonrojó hasta la raíz de los pelos. ¿Cómo podía ser tan falso y que nadie se diera cuenta? Cuando trabajaba en Correos había tenido que sonreírle a los distintos jefes que se sucedieron y él detestaba, una serie interminable de incapaces, porque de otro modo se hubiera buscado problemas, pero ahora, engañando a esa gente, con tal de recuperar la tranquilidad…

-¿Podemos tutearnos? -dijo doña Desorden-. Aquí todos somos de la misma edad y nadie está por encima de nadie. Quiero que me vean como su amiga.

-No nos pida tanto -respondió Fedora-. Me parece una falta de respeto que tuteemos a la profesora.

-Yo sé cómo son los estudiantes de cualquier edad: todos se divierten poniéndole sobrenombres a los profesores. ¿Cómo me dicen a mí, cuando les doy la espalda. Cuéntenme, que no me ofendo.

-¿Por qué piensa tan mal de nosotros, que la queremos tanto? -se quejó Nidia, que se moría de las ganas de contarle todo.

-¿No lo sabe? –la desafió don Pefecto- Ellos le dicen doña Desorden.

Los viejos lo miraron escandalizados, pero nadie lo desmintió. ¿Por qué hablaba? La pintora tardó en recuperarse. Esperaba que la llamaran la Pelirroja, o en el peor de los casos, la Gorda. Estaba preparada para responderles con un chiste que los hiciera sentirse más cómodos a todos. Pero enterarse de que le decían doña Desorden…

-Esa debe la impresión que recibieron de mí -dijo, realmente desolada-. No tengo ningún método, no hago nada en serio, soy una pura pérdida de tiempo para ustedes.

Sus buenas intenciones no habían sido tomadas en cuenta por nadie. La creatividad no les importaba. Ellos la veían como una tonta ineficaz, que no podía controlar su vida y sin embargo trataba de convencerlos a ellos de las ventajas de ser espontáneos.

-Créanos -dijo Manuel- aquí nadie la juzga.

-Ni falta que hace. Ya me dieron su opinión en dos palabras.

-¿Para qué preguntó, si no le gusta saber?

-Claro, yo soy la única responsable… ¿Y entre ustedes se han puesto nombres?

-No.

-Francamente, no les creo.

Margot decidió intervenir.

-¿Valdrá la pena contarle quién es don Perfecto?

Doña Desorden comenzó a reír, aliviada.

-No sabía que fueran tan malos.

-Si es un elogio…

-¿Y él lo sabe?

-Acabo de enterarme, como usted -dijo el hombre, ensanchando el pecho- y juro que trataré de estar a la altura de la opinión que se tiene de mí. Si me quejo, será peor. ¿No piensa usted lo mismo?

Todos rieron y la clase comenzó.

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Clotilde espiaba las actividades del taller a través de una puerta entornada, sin que los participantes la vieran. No podía aceptar que todos se llevaran tan bien, que se mostraran tan satisfechos con el trabajo de doña Desorden, que llegaran antes de la hora prevista y se fueran juntos, como si hubieran sido amigos desde hacía muchos años, mientras ella había terminado el tejido que la mantuvo ocupada durante las últimas semanas y ahora recordaba con amargura que no tenía un hombre a quién regalarle el suéter a rayas, por lo que lo más probable es que, después de fotografiarlo para su álbum, lo deshiciera en pocos minutos, para volver a tejer cualquier otra cosa.

Esa tarde, los viejos estaban pintando un mural que representaba la ciudad en la que no querían vivir. A don Perfecto le costó entender eso, pero de todos modos, a pedido de doña Desorden, se encargó de trazar con regla y tiralíneas un barrio de altísimos edificios de oficina, con fachadas de vidrio y metal, bloques geométricos, ultramodernos, donde no parecía haber vivido ningún ser humano, y eso fue justo lo que se necesitaba Nidia, cuando pintó una calle repleta de autos y buses que despedían nubes de gases contaminantes, un choque en la esquina y un gran camión de basura que había vaciado parte de su contenido.

Fedora le agregó vendedores ambulantes en las aceras, niños que se sujetaban asustados de la mano de sus madres, viejitos con bastón y otros personajes, incluyendo a dos limpiadores de vidrios, colgados de un andamio a punto de caerse, justo en el centro de una de las torres de don Perfecto.

-Francamente, no me convence esto de que todo el mundo tenga que colaborar con sus compañeros -comentó el hombre-. Yo dudo que los artistas serios hagan algo así.

-El caballero todavía no sabe trabajar en equipo -se ofendió Fedora-. Ni siquiera nos agradece el aporte que hicimos nosotras.

Nidia no sabía con quién estar de acuerdo.

-Más bien me parece una falta de respeto, el aporte de la señora -se quejó don Perfecto-. Miren el andamio que la señora puso donde no la invitaron: me dan ganas de cortarle una cuerda para que esos dos tipos se caigan.

-¡Desalmado! ¡Es la última vez que acepto trabajar con usted! -le advirtió Nidia, cansada de que don Perfecto le estuviera recordando a cada instante que debía limpiar los pinceles apenas terminara de usarlos o que había olvidado tapar un pomo de color.

-A mí me dan ganas de incendiarle su bonito edificio, para pintar un gran carro de bomberos que no puede llegar a tiempo porque hay un choque de autos en la esquina –dijo Fedora.

-¡No se atreva, sabelotodo entrometida!

Don Perfecto comenzó a dibujar una reja muy alta que separaba a cada uno de sus edificios, del resto de la ciudad. Nidia estaba a punto de llorar, como si presenciara un drama de la vida real.

Fedora dibujó un niño con un brazo extendido, frente a la reja y después una piedra que quebraba uno de los ventanales de la torre.

Don Perfecto se vio obligado a dibujar un policía que se acercaba al niño que arrojaba piedras, pero ya era tarde, el daño estaba hecho y decidió dibujar a una mujer con anteojos rotos en la ventana.

Con un lápiz negro, Fedora trazó una cantidad de ratones que escapaban de los edificios de don Perfecto. Nidia estaba abismada por la rapidez de respuesta de su amiga.

Doña Desorden notó de lejos que los tres estaban discutiendo, primero en susurros, y luego en voz alta, como si estuvieran solos. Decidió acercarse a la mesa que compartían, para evitar que distrajeran al resto de los participantes.

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-¡Es magnífico lo que consiguieron entre los tres! -dijo después de mirar la pintura-. Deben estar orgullosos del resultado.

-¿Le parece? -preguntó Fedora, que nunca estaba segura de nada.

-Aquí hay muchas ideas, muchos conflictos.

Los otros viejos se acercaron y estuvieron de acuerdo: era la ciudad más deshumanizada que pudieran imaginar. No había ninguna relación entre los edificios y la gente que los habitaba o los vehículos que circulaban por las calles; más bien parecían enemigos que iban a destruirse unos a otros.

Como todos los elogiaban, don Perfecto decidió tragarse las ganas de molestar a todo el mundo con algún comentario despectivo, para que lo miraran. Esa vez estaba dispuesto cerrar la boca y demostrar que él estaba por encima de la opinión de la mayoría. Tanto el aplauso como la crítica de quienes consideraba tontos, lo tenían sin cuidado, pero se trataba del silencio de alguien que estaba orgulloso de su obra. No estaba mal, se dijo, no podía estar mal, puesto que él lo había hecho, pero con tal de no darles el gusto de verlo sonreír, hizo un esfuerzo y no dejó traslucir su agrado. (Continúa)

NOTA: lector(a), anota tus experiencias y opiniones sobre el tema, a continuación, utilizando el recuadro que sigue a este capítulo. No es improbable que tengas algo que decir, aunque no acostumbres a hacerlo por escrito. Solo es cosa de intentarlo. O.G.

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