8. Después de la tormenta

Esa noche, cuando don Perfecto logró poner cada cosa tocada por doña Desorden en el lugar que le correspondía, agotado por tantas horas de trabajo, ya sin fuerzas para bañarse o comer algo antes de acostarse, reconoció que no podía culpar a nadie más por su desgracia. El se había comportado como un imbécil, cuando permitió la entrada de doña Desorden en su casa. No debió haberle abierto la puerta o llegado el momento en que comprendió sus intenciones de quedarse, debió echarla con un par de frases ofensivas. Era mejor quedar como un maleducado, que sufrir las consecuencias de su paso.

Tal vez ella tenía las mejores intenciones del mundo, trataba de acompañarlo porque sabía que él estaba solo, quería reconciliarse y ofrecerle su amistad. ¿Cómo criticarla por tan buenas intenciones? Sin embargo, su paso había dejado una casa sumida en el caos y a su propietario al borde de un ataque de nervios.

Apenas la mujer se fue, don Perfecto comenzó a frotar con un paño cada rincón de la cocina que ella había limpiado un rato antes, con detergentes, cloro, esponjas, cepillos, viruta de acero, porque no confiaba en la capacidad de su visitante para eliminar hasta el recuerdo de la suciedad, como él acostumbraba.

Por primera vez en muchos años, don Perfecto comprendió la fragilidad del orden que había logrado crear entre esas cuatro paredes. Bastaba la entrada de cualquier persona ajena (por ejemplo esa mujer desaprensiva, o su propio nieto cuando era más pequeño y todavía ignoraba que en la casa del abuelo nada se podía tocar) para que de pronto se desarticulara la obra de toda su vida. Y lo peor de todo: una vez que ocurría la catástrofe, era inútil quejarse, pedir que lo compadecieran, porque nadie lo consideraría la víctima de una agresión imperdonable, sino más bien un viejo mañoso, que vivía fuera de la realidad y se enfurecía por tonteras.

El refrigerador había quedado repleto de la comida que el dueño de casa y la visitante no lograron consumir durante el almuerzo, porque una vez que doña Desastre comenzaba a cocinar, era imposible detenerla. Ella se dejaba llevar por sus impulsos, y por lo tanto no se fijaba ni en la cantidad de ingredientes que utilizaba, ni en el número de platos que preparaba. De manera tal que al final de ese proceso que podía llevarle horas, descubría haber preparado alimentos para el resto de la semana.

Aunque el primer impulso de don Perfecto había sido meter los sobrantes de comida en una bolsa plástica y sacar esa bolsa a la calle, para que al llegar el nuevo día ya no estuviera cerca nada que recordara el paso de la mujer, se vio obligado a reconocer que doña Desorden era una estupenda cocinera y aquello que no habían podido comerse durante el banquete, debía ser tan delicioso el día siguiente, que se le hacía agua la boca imaginarlo.

De pronto, don Perfecto se descubrió buscando un trozo de la torta de espinacas, puerros y queso que él no había querido repetir a la hora del almuerzo, para no confesarle a su visitante cuánto le había gustado.

También había dos tomates rellenos de atún, mayonesa y aceitunas, que de solo pensarlos le hacían desear que ya fuera la hora de tener de nuevo el estómago vacío, a pesar de que se había negado a probarlo delante de ella, porque le dijo (para justificarse) que el médico le había prohibido comer tomates.

Como doña Desorden ya no estaba presente, para ser testigo de su derrota, esa noche don Perfecto comenzó a devorar los restos de la torta de espinacas, los tomates, el pescado, la tarta de frutas, y de pronto descubrió que sus propias manos le habían servido un vaso de vino de la botella que la mujer traía del supermercado, sin que él se diera cuenta de lo que estaba haciendo. Entonces, al verlo en el vaso, para no dejar que se perdiera, lo fue bebiendo a pequeños sorbos, no iba a convertirse en alcohólico por un vaso de vino, disfrutó cada uno de los sorbos y se propuso olvidar el mejor almuerzo que había tenido desde que su finada esposa huyó de este mundo.

Don Perfecto se dijo que tenía algunas mínimas ventajas la presencia de una mujer en la casa. No sólo era la habilidad que ella tenía para llenar el estómago de un hombre. Era también el sonido de su voz, incluso cuando él no le prestaba atención a sus palabras, que daba más compañía que el canto de los canarios enjaulados. Era también el movimiento imprevisible de su cuerpo, que llenaba la casa aunque él tratara de apartar la vista. Realmente era distinto vivir con una mujer cerca, a pesar de que durante la visita, en más de una ocasión, el impaciente don Perfecto había pensado en la posibilidad de asesinarla.

Tal vez por causa del vino, don Perfecto se quedó esa noche dormido en esa silla de la cocina, roncó plácidamente tres o cuatro horas y en algún momento de la madrugada, sin despertarse del todo, se puso de pie con los ojos cerrados, fue hasta su habitación a tientas, se arrojó sobre la cama, vestido como estaba, ni siquiera se quitó los zapatos, olvidó que había dejado las luces encendidas, los platos sucios en el lavadero, las herramientas en el jardín. Cuando despertara, la mañana siguiente, se lamentaría del descuido, se diría que estaba envejeciendo, que descuidaba el orden elemental de las cosas y eso era prácticamente el fin del mundo para un hombre como él. Mientras tanto, agotado por los sobresaltos de ese día único, don Perfecto roncaba con una sonrisa en los labios.

(Continúa)


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