7. La guarida del gruñón

Don Perfecto había decidido plantar cebollas, zanahorias, tomates y lechugas en el pequeño jardín delantero de su casa. No es que le disgustaran las flores, pero no sabía qué hacer con ellas, cuando llegaba la temporada de las rosas, las margaritas, las dalias, que a pesar de todos sus esfuerzos crecían en desorden y le llenaban de color las ventanas, distrayéndolo del armado de barcos en miniatura.

En la casa de un hombre solo, un florero hubiera sido un adorno fuera de lugar. En cambio, si cultivaba sus propias verduras, podría asegurarse de que no estaban contaminadas por pesticidas o fertilizantes, y él se vería obligado a dedicarse durante horas y horas a quitar la maleza que se da por vencida, a regar todos los días, a plantar y replantar, vigilar que las hormigas o los pulgones o los caracoles no invadieran el sembrado para comerse los brotes tiernos. Y lo principal, después de tanto esfuerzo, cuando la huerta diera sus frutos, durante un par de meses, él aprovecharía la cosecha, aunque para ello tuviera que comer ensalada tres veces por día.

De pronto una silueta rolliza se interpuso entre don Perfecto y el sol, cuando el viejo terminaba la siembra de cebollas. Toda la mañana había estado trabajando en mangas de camisa, pero con corbata y perfectamente calzado, con los zapatos de charol tan brillantes que nadie se hubiera explicado cómo hacía su dueño para pisar y remover la tierra sin ensuciarlos.

-Hola. ¡Qué sorpresa encontrarlo en el jardín!

Al oír esa voz, don Perfecto sintió un escalofrío que le recorría la espalda. No era posible que esa mujer odiosa se hubiera atrevido a seguirlo. Pero si alguien quería localizarlo, sólo tenía que buscar su nombre en la guía telefónica o preguntar la dirección a Clotilde, la secretaria de la Casa del Adulto Mayor. Podía tratarse de una casualidad también. Los dos vivían en el mismo barrio. Ella lo había dado a entender, cuando se conocieron en el Taller.

Doña Desorden estaba mirando a don Perfecto desde la reja que separaba el jardín de la vereda, con dos infladas bolsas de supermercado en las manos, vestida con un sombrero de paja, varios collares de cuentas de colores y ropa de camuflaje, sin duda de hombre y demasiado grande para ella, que había comprado en una tienda de ropa usada.

-Buenos días, señora -respondió don Perfecto.

Estaba conteniendo el impulso de darle la espalda y correr a encerrarse en la casa, para no abrirle la puerta a nadie por el resto de la semana.

-¿Me recuerda?

-Tengo buena memoria para los malos ratos.

-¡Increíble! -sonrió doña Desorden-. ¿Todavía sigue enojado conmigo?

-Yo soy así. ¿Cómo supo dónde vivía?

-Acabo de enterarme. Vengo del supermercado y da la casualidad que lo encuentro…

-¿Espera que le crea?

La mujer podía reconocer sin dificultades cuándo la recibían mal, pero en este caso parecía dispuesta a no prestarle demasiada atención a ninguna frase ofensiva del hombre.

-¿Puedo entrar?

-¿Para qué?

-Se me caen las bolsas y me muero de sed. Ofrézcame un vaso de agua.

-¿No ve que estoy ocupado? En su casa deben esperarla.

-¿A mí? Nadie. Vivo sola desde hace quince años. Usted no puede imaginar lo aburrido que puede ser eso. Termino hablando con el espejo, con los retratos de mis abuelos, con la plancha.

-Yo soy viudo -informó don Perfecto, contra su voluntad- y a veces me cuesta recordar cómo era tener una familia.

-Perdone si le traje malos recuerdos… -se confundió doña Desorden-. Lo siento.

-No se disculpe. Yo estoy acostumbrado a la soledad. Y la disfruto. No tengo por qué rendirle cuentas a nadie. ¿No conoce el refrán? Mejor solo que mal acompañado.

-Déjeme conocer su casa. No creo que usted sea tan ordenado como dice en el taller.

Don Perfecto se sintió mortalmente ofendido. ¿Qué se estaba imaginando esa mujer? ¿Que él decía una cosa y hacía otra? La invitó a pasar, para demostrarle que era capaz de atender a una dama, por desagradable que le resultara.

-Límpiese primero los pies en el felpudo -le ordenó.

El se quitaba los zapatos en la entrada. Allí lo esperaban unas zapatillas de felpa, cosidas por él mismo, que lustraban el piso a medida que recorría las habitaciones, arrastrando los pies. La casa estaba como si en ese momento acabara de pasar un equipo de limpieza profesional. El piso de baldosas blancas y negras brillaba como si en ellas fueran a jugar ajedrez. Los vidrios de las ventanas relucían como el cristal más fino. Cada cosa estaba en su lugar (el mismo que don Perfecto decidió) desde hacía casi treinta años. No había ni una mancha de dedos en las puertas o los muros. Ninguna araña había logrado extender su tela en los rincones menos iluminados, porque el plumero de don Perfecto los recorría todas las mañanas. Ni una mota de polvo se notaba sobre la superficie bruñida de los muebles. Nadie se había sentado a la mesa del comedor o los sillones del living desde hacía meses, y estaban en su lugar como en los catálogos de muebles. Las habitaciones olían a desodorante ambiental y cera.

-¿Usted vive aquí? -preguntó Doña Desorden, asombrada por esa perfección que terminaba por resultar incómoda.

-¿Por qué lo pregunta?

-Imagino que no le alcanzará el tiempo para mantener limpia la casa.

Don Perfecto no pudo evitar una sonrisa.

-Yo soy así -confesó-. No ensucio.

Probablemente no exageraba. Podía haberse bajado de un plato volador minutos antes, su apariencia humana podía ser un disfraz del que se despojaba cuando no había testigos. Probablemente no necesitaba comer o dormir, porque de otro modo no se entendía que lo rodeara tanta simetría, tanta pulcritud, que sus zapatos de charol parecieran espejos y ni siquiera sudara, aunque había estado trabajando al sol.

-¿Cómo puede ser todo tan exacto? -se horrorizó doña Desorden, después de asomarse al baño, que parecía no haber sido usado nunca.

-¿Adónde va? -protestó el viejo, cada vez más nervioso-. No quiero que desordene mis cosas.

Pero la mujer había entrado en el cuarto donde el hombre guardaba su colección de barquitos metidos en botellas, todos ellos puestos en pedestales del mismo color y a la misma distancia, desde los modelos más antiguos a los más recientes, uno detrás del otro, en estantes construidos especialmente para exhibirlos.

-¡Yo no la invité a pasar, señora! -chilló don Perfecto, corriendo detrás de ella-. Si quiere burlarse de mí, se lo advierto: le pediré que salga de esta habitación, de mi casa, y no vuelve a poner los pies donde no la llamaron.

-¡No, perdone, se lo ruego! -lo detuvo Doña Desorden, porque no quería irse antes de visitar la cocina, que no la defraudó: parecía sacada de una vidriera. No había ningún alimento a la vista, ni tampoco rastros de basura en el basurero inmaculado. Cada cosa estaba en su lugar y todos los lugares tapados, y todas las tapas pintadas de blanco y toda la pintura sin manchas ni rayaduras.

-De verdad lo admiro -confesó la mujer- y no me burlo. Si usted viera mi casa…

-Conociéndola a usted, puedo imaginármela.

-No, después de lo que acabo de ver, dudo que usted sea capaz de imaginarlo. Disculpe que se lo diga. Desde hace un mes o dos, estoy planeando una limpieza en grande, como la que usted debe hacer todas las semanas… o todas las mañanas… y me desaliento de sólo pensar en el trabajo que me espera. Lo dejo de un día para el otro… y de pronto me entero que llegó el año nuevo y todavía no junté fuerzas.

-Así va el mundo -respondió don Perfecto, de pronto magnánimo ante los errores ajenos.

-Acaba de ocurrírseme una idea -dijo Doña Desorden-. Lo invito a almorzar.

-No tengo planes para salir -se apresuró a responder don Perfecto-. En realidad, espero una llamada telefónica de mi hijo.

Era mentira, pero no se le ocurrió nada mejor.

-¡Cálmese! -dijo la mujer-. Comeremos aquí, en su casa, para festejar nuestra reconciliación.

-No, no puede ser -se defendió don Perfecto-. El refrigerador está vacío. ¡Mire!

-No se preocupe por la comida. Traje todo lo que hace falta para que almorcemos dos, en esas bolsas de supermercado.

-No es correcto, señora. Invade mi casa, entra donde no la invitan, no deja rincón sin revisar… y encima se queda a comer.

-Tal vez no me crea, pero no lo había planificado. Pasaba, lo vi. Así es la vida: sorpresa, juego, improvisación.

Doña Desorden ya estaba extrayendo de las bolsas de supermercado un atado de puerros, una botella de vino tinto, varios tomates maduros, zanahorias, champiñones, un paquete de orégano, berenjenas, cabezas de ajo, plátanos, jabones de tocador (que volvió a guardar de inmediato), brotes de alfalfa, un queso redondo, huevos.

El desorden de los comestibles se esparció por la cocina hasta entonces impecable, mientras don Perfecto no atinaba a detenerla, porque ella estaba todo el tiempo moviéndose de un lado para el otro, hablando sin parar, contando chistes, abriendo cajones que a continuación olvidaba cerrar, mientras buscaba cucharas, tenedores, sartenes y cacerolas, encendía los quemadores de la cocina, ponía agua a hervir, le informaba que debía darle un delantal o un paño de cocina para no manchar sus ropas. El hombre no estaba acostumbrado a una presencia corpulenta, ruidosa y amable, perturbadora también, de una mujer que de pronto alteraba la paz que había reinado en esa casa desde la muerte de su esposa.

-Yo nunca planifico nada -explicaba doña Desorden, como si hubiera sido necesario-. Ahora mismo, no sé muy bien qué estoy preparando. Algo sabroso, condimentado con orégano y poca sal. ¿Come pescado? A mí me encanta. Suprimí las carnes rojas hace años. ¿Quiere servirme una copa de vino mientras tanto? ¡Acompáñeme! No me gusta cocinar sola, porque me entusiasmo y termino preparando comida para veinte personas. Tampoco me gusta beber vino, si no tengo con quién hablar. ¿No le pasa a usted lo mismo? Creo que nos hará falta un limón y se me olvidó comprar. ¿Puede darse una vuelta por la frutería de la esquina?

Don Perfecto intentaba poner en su sitio, las cosas que doña Desorden iba desparramando con una sonrisa, mientras hacía cuatro o cinco tareas al mismo tiempo. Era una pesadilla en la que don Perfecto parecía condenado a llegar tarde para impedir que todo quedara patas arriba; nunca sería tan rápido como ella para encender el horno y dejar la puerta abierta, para cortar cebolla con un cuchillo y olvidar que el agua quedaba corriendo después de lavarlo. Ella era así, espontánea, gorda, temible. Don Perfecto hubiera debido llamar a la policía o los bomberos para que lo libraran de esa mujer que había invadido su hogar sin ser invitada, aprovechando que él era un caballero y no le negaba a nadie un vaso de agua, para descubrir, demasiado tarde, que ella no descansaría hasta destruir el sistema que él había construido con tanto esfuerzo. (Continúa)

NOTA: lector(a), anota tus experiencias y opiniones sobre el tema, a continuación, utilizando el recuadro que sigue a este capítulo. No es improbable que tengas algo que decir, aunque no acostumbres a hacerlo por escrito. Solo es cosa de intentarlo. O.G.

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