6. Segunda pelea (sin testigos)

Doña Desorden bebió dos tazas de tisana de tilo esa mañana, almorzó un par de bocados, porque había perdido el apetito que otras veces la atormentaba y sentía en cambio algo parecido a un revoloteo de mariposas en el estómago. No era inquietud, pretendió convencerse. Todo estaba en orden. Tan sólo faltaban tres horas interminables para que comenzara la segunda sesión del taller de pintura. De pronto doña Desorden se quedó dormida en un sillón, mientras miraba la tele, a pesar de haberse prometido un rato antes que iba a darle las últimas pinceladas a un cuadro comenzado a pintar por lo menos cinco años antes.

Al despertar, dos horas más tarde, comprobó que sentía más tranquila, pero tenía que apurarse, si quería llegar al Taller a tiempo. Sin pensarlo dos veces se vistió de verde y amarillo, se ató los cabellos rojos en un moño, se miró en el espejo y no le gustó demasiado cómo se veía. ¡Tantos colores se había puesto encima, que parecía una ensalada!

Molesta, se quitó la ropa, dejó las prendas botadas sobre la cama y una silla, volvió al closet, decidió vestirse de azul muy oscuro y sin adornos, se cubrió los cabellos con un pañuelo de seda blanco y negro… y tampoco estuvo de acuerdo con la imagen que le devolvía el espejo. ¡Esa dama descolorida, con cara de entierro, no era ella!

Doña Desorden comenzó a quitar y observar uno tras otro los colgadores del closet, desesperada, porque ninguna de las prendas que atesoraba su guardarropa le parecía la más adecuada para la reunión de esa tarde. Finalmente se puso un vestido gris, con lunares blancos y un sombrerito de paja negro, con una rosa de seda pálida en un lado. La última vez que recordaba haberlo usado, fue para el matrimonio de Laura, por lo menos quince años antes y no porque le gustara, sino para dejar contenta a su hija, pero la rosa del sombrero estaba manchada de humedad, hubiera tenido que plancharla, y si la quitaba, el sombrero parecía perderse en el rojo de su cabellera. ¿Qué hacer? se preguntó en medio del pánico. No tendría tiempo para probarse todo su guardarropa, hasta encontrar (tal vez) alguna prenda que la hiciera sentirse menos insegura.

-¿Para quién me arreglo tanto? -se preguntó durante el camino-. Soy una vieja gorda y mal teñida. Esa es la realidad que me resisto a ver. A nadie le importa cómo puedo verme. Estoy segura de que don Perfecto no se fijará en mí… Y en el caso de que se fije, será para darme a entender que soy una farsante y me pongo en ridículo.

En la Casa del Adulto Mayor, don Manuel, Rubén y Rafael fueron los primeros en llegar. Luego fueron sumándose las damas. Hubo apretones de manos y besos en las mejillas. La aparición de don Perefecto produjo un silencio incómodo, pero al cabo de unos segundos todos regresaron a lo que estaban haciendo o diciendo y don Perfecto se instaló en su rincón de la vez anterior, con el mismo gesto serio y las mismas ropas grises. Doña Desorden no aparecía. Fedora y Nidia consultaron sus relojes, porque la hora de dar comienzo a la clase había pasado. Preguntaron a Clotilde si tenía noticias de la profesora, pero la secretaria no se había preocupado de anotar su número telefónico, ni siquiera tenía le menor idea de su domicilio y por lo tanto no podía ayudarlos.

-Ella no es funcionaria municipal -dijo Clotilde, mientras continuaba tejiendo una carpeta al crochet-. Yo no puedo andar detrás de todo el mundo, con la cantidad de trabajo que tengo aquí. Tal vez se dio cuenta de que no le interesaba el grupo.

Los viejos estaban indignados con Clotilde y con alguien más.

-¿Por qué me miran? -protestó don Perfecto, cuando advirtió que lo rodeaban esas caras de pocos amigos.

-Si ella no aparece, usted será el responsable -dijo Margot.

-Después del mal rato que usted le hizo pasar ¿quién nos asegura que la profesora quiera volver al Taller? -preguntó don Manuel.

-Si ella nos abandona, usted será el único responsable -acusó Fedora.

Don Perfecto se paró, molesto y miró las caras que lo acusaban.

-No estoy aquí para que me juzguen.

-¿Quiere tirar la piedra y no responsabilizarse de nada? -dijo Rafael.

-Esto es ridículo -se quejó don Perfecto- Yo, simplemente expresé mi opinión como cualquier ciudadano.

-Por su culpa, nos quedamos sin taller.

Don Perfecto juntó sus cosas y se dirigió hacia la salida.

-¿Adónde va?

Don Perfecto no respondió. Estaba furioso. El mundo se había vuelto al revés: una profesora impuntual deja esperando a unos cuantos estudiantes, y ellos en lugar de condenarla, deciden acusar a un compañero que defendía los derechos de todos. Para él, ese grupo no sabía dónde estaba parado.

-¡Qué pena! -dijo Fedora- Prometía ser un buen taller, con compañeros simpáticos, y lo mejor de todo, gratis.

Don Manuel estaba recogiendo su pintura del circo y los otros comenzaron a despedirse, lamentando no haber tenido la oportunidad de conocerse mejor, Clotilde se había acercado feliz de ver que el taller había fracasado y ella tendría una preocupación menos, cuando la pintora entró quince minutos retrasada, sin aliento, murmurando frases de disculpa que nadie pudo entender, porque después de estacionar su minúsculo auto amarillo a dos cuadras de distancia, había corrido los últimos cincuenta metros, a pesar de que usaba tacones altos y las veredas destruidas por los obreros del gas, el teléfono o la electricidad, que estaban cavando una profunda zanja.

En ese momento doña Desorden sentía que el calor le invadía la cara, el sudor bañaba la raíz de sus cabellos, los zapatos le atormentaban los pies, el corazón le palpitaba como si pudiera estallar… y ella se arrepentía de haber salido de su casa con tanta ropa de abrigo.

-Pensamos que se había olvidado de nosotros -la recibió Fedora con un beso en la mejilla.

-¿Estaba durmiendo la siesta y no escuchó el despertador? -preguntó Nidia, colgándose de un brazo.

-Perdonen -consiguió disculparse doña Desorden, mientras se secaba la frente con un pañuelo de papel, arruinando el maquillaje que tanto le había costado armar-. Generalmente soy una persona puntual… pero ustedes habrán notado que no uso reloj. No sé qué pudo haberme pasado hoy.

No debía disculparse más, decidió la pintora mientras hablaba, porque iba a darles la impresión de que ella había cometido una espantosa falta, que tendría terribles consecuencias, y eso no era de ningún modo cierto. Les estaba haciendo un favor con su presencia. Ella era una gran artista que les entregaba sus conocimientos generosamente, sin cobrarles nada por el servicio. O bien ellos la aceptaban tal cual era, o se lo decían de una buena vez, poniendo fin al taller.

En ese momento, doña Desorden comprendió que estaba dejando que la dominara el temor a que no la aceptaran. Eso podía haberle sucedido a los quince años, cuando esperaba ansiosa que la invitaran a una fiesta en la que tal vez pudiera bailar con un joven del que estaba locamente enamorada; o incluso antes, cuando era una niña de seis o siete años que llegaba por primera vez al colegio y trataba de acaparar la atención de la profesora y los compañeros, tal como la habían acostumbrado en su casa los tíos y padres, hasta que descubrió que en la escuela debía resignarse a ser otra niña más de una larga fila de niñas de la misma edad, no el único centro de atención de los adultos.

Una mujer de su edad y tamaño, madre y abuela para colmo, pintora de renombre en alguna oportunidad, no podía comportarse como una imbécil, se dijo a sí misma. Si esos viejos la adoraban y se lo estaban demostrando al recibirla con sonrisas, besos y apretones de manos, ella no rechazaría su afecto. Si más tarde resultaba que la detestaban, ella les demostraría que era una persona madura y le daba lo mismo

-¿Qué haremos hoy? -preguntó doña Desorden, decidida a controlar su inseguridad.

-Lo mismo de la otra vez -pidió don Manuel, que estaba muy orgulloso del Circo que había pintado.

Al recorrer con la vista a los asistentes, doña Desorden comprobó que don Perfecto no estaba. ¿Llegaría más tarde? Un tipo como él no se separaba del reloj. Entonces, no había llegado y ella podía confiar que esa tarde nadie la molestaría. Ella se había vestido de gris sólo para él, comprendió. Para demostrarle que podía ser tan elegante y seria como la Reina de Inglaterra, si se le antojaba serlo… no porque necesitara disimular su físico exuberante, ni por falta de ideas para mostrarse de otro modo.

-Quiero presentarles obras de gente como nosotros, que no tuvieron miedo y permitieron que su imaginación se liberara de la rutina -les dijo a sus estudiantes, pero estaba pensando en otra cosa.

La reunión de esa tarde fue todavía mejor que la primera. Doña Desorden estuvo todavía más divertida y ocurrente, les mostró reproducciones de grandes pinturas, les describió con tal detalle las dudas y las decisiones de los grandes artistas, como si ella hubiera estado presente en el momento en que esas obras eran producidas.

Margot, Fermina y Nidia lagrimearon al enterarse de las penurias que habían pasado tantos grandes pintores, los obstáculos que debieron superar, y poco faltó para que pidieran sus teléfonos para ir a consolarlos personalmente (olvidando que en algunos casos que ellos habían vivido y sufrido cientos de años antes). Clotilde se asomó en algún momento y ella también quedó fascinada por la historias y las pinturas que doña Desorden presentaba.

Los viejos no se avergonzaban de preguntar lo que no entendían, opinaban sobre todos los temas que habían sido puestos en discusión y para ello no necesitaban agredir a nadie. Apoyados por doña Desorden, experimentaron mezclas de colores que no habían imaginado antes. Rubén y Rafael recitaron poemas. Margot, Fedora y Fermina cantaron viejas canciones como si las hubieran ensayado antes. Manuel, a pesar de sus achaques, intentó caminar con las manos, para demostrar sus habilidades de la época en que trabajaba en un circo, pero se le cayeron los anteojos y hubo que convencerlo de que podía quebrarse un hueso y mejor no lo intentaba de nuevo.

A Clotilde le costó convencer a los ancianos de que había pasado el tiempo que tenía asignado el Taller y debían desalojar la sala, porque ella debía irse y la Casa del Adulto Mayor se cerraba. Doña Desorden estaba feliz. ¿Lo que había pasado esa tarde no indicaba que el Taller comenzado con tanto resquemor había logrado interesar a los participantes? ¿Los abrazos, los besos, los apretones de manos, las sonrisas, no expresaban el afecto sincero de todos por ella?

No obstante, la pintora regresó a su casa pasando revista a los pequeños errores que había cometido esa tarde, las oportunidades de hacer esto o aquello que desaprovechó, el resumen final que no tuvo tiempo de efectuar por la entrada de Clotilde. Había espantado del Taller al pobre Don Perfecto. Ni siquiera se atrevió a preguntar por él. Era un tipo tímido, desvalido y ella lo asustó con sus ropas de mil colores, sus collares, sus cabellos sueltos, cuando le propuso un desafío a su imaginación, un gesto de libertad que él no estaba en condiciones de aceptar.

Si don Perfecto la había agredido de palabra, fue porque ella no tomó en cuenta que la gente de su edad necesitaba más tiempo para aceptar a un desconocido que llega con ideas nuevas. Por su culpa, en ese mismo instante, el viejo estaría solo en su casa, cubierto de telarañas, aburriéndose a más no poder y sin ganas de participar en las actividades de ningún otro grupo. (Continúa)

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