5. Tregua después de una primera pelea

-¿Qué les pareció la clase de hoy? -preguntó don Perfecto.

Los caballeros del grupo se juntaron frente a la Casa del Adulto Mayor, después de que doña Desorden se despidió de todos, con besos en las mejillas de las damas, apretones de manos a los caballeros, evitando tocar o mirar a don Perfecto.

-No sé -dijo Rafael-. No quiero adelantarme. Habrá que esperar un mes o dos para ver si aprendemos algo. En gran parte, depende de nosotros..

-No debe ser fácil enseñar a tantos viejos mañosos -dijo Rubén.

Don Perfecto no estaba de acuerdo. La responsabilidad del fracaso no podía atribuirse los participantes, sino a la profesora.

-Tienen que ayudarme a poner a esa payasa en su lugar -les dijo.

-Yo no puedo juzgarla -comentó Manuel, que nunca se veía a sí mismo como dueño de la verdad, porque vivía en casa de una de sus hijas, donde le habían dado una piecita del fondo, en la que antes guardaban muebles viejos. Aunque no esperaba mucho, sentía que lo miraban como un estorbo.

-Si protestamos que la profesora es incompetente, la cambiarán -insistió don Perfecto.

-Hablemos primero con las damas. -Rubén no estaba dispuesto a meterse en problemas, porque vivía solo, con una jubilación que nadie hubiera imaginado cómo le alcanzaba para llegar a fin de mes, y no quería perderse la diversión gratuita que prometía el Taller de doña Desorden.

-De las mujeres no hay que esperar colaboración -respondió don Perfecto-. Entre ellas se defienden. Los hombres tenemos que dar el ejemplo.

Los otros lo miraron no demasiado convencidos de dar la pelea. Con el tiempo habían perdido la costumbre de combatir por causas grandes o pequeñas. Muy de vez en cuando se juntaban por casualidad, en las fechas en que cobraban sus jubilaciones o cuando esperaban turno para que los atendiera un médico. En esas ocasiones, sólo se oían quejas de uno, quejas de otro, por lo que no tardaban en convencerse de lo inútil que era pelear por nada. Sus hijos no querían oír historias de cuando ellos eran jóvenes y esperaban cambiar el mundo. Los empleados de los Bancos, Ministerios y Policlínicos los atendían con impaciencia mal disimulada, como si los viejos estuvieran cometiendo un abuso al aferrarse a la vida.

-¿No les parece ridícula nuestra discusión? -preguntó Rafael-. A mi edad, yo no voy a comenzar una guerra de los hombres contra las mujeres. No vamos a formar otro Club de Toby, peleando contra la pequeña Lulú, sólo porque la profesora es una mujer y nosotros, los varones no aceptamos que una mujer nos dé ordenes.

Fedora, Nidia y Margot habían estado lavándose las manos y retocando los peinados en el baño. También se empolvaron la nariz, porque a pesar de los años eran coquetas y opinaban que una mujer no debe descuidar su aspecto. Las tres acababan de conocerse un par de horas antes, y después de averiguar que adoraban las películas de antes, porque viéndolas se puede llorar, que coleccionaban las novelas de Corín Tellado y los boleros de Lucho Gatica, ya se consideraban las mejores amigas del mundo.

El Taller era una buena oportunidad para conocer gente, en una época de la vida en que tantos amigos se mueren o se vuelven aburridos. El problema era que convenía traer la mejor ropa, porque al pintar, sin darse cuenta, una se mancha. Tal vez debieran ponerse guantes y delantales de cocina. ¿Qué pensarían los demás?

Al salir de la Casa del Adulto Mayor, vieron que los hombres continuaban reunidos en la acera, tal como había sucedido cuando ellas iban al colegio, más de cincuenta años antes. ¿Acaso estaban esperándolas para entrar en conversación?

-Yo no salgo sola -dijo Fedora, resistiéndose a dar otro paso.

-¿Crees que te van a piropear? -le preguntó Margot.

-Pasan los años, pero los hombres no cambian.

-Creo que nos esperen a nosotras -dijo Nidia, que hubiera preferido equivocarse.

-El de la bufanda roja no está nada mal -susurró Margot.

-¡Por favor! -se escandalizó Fedora-. No dijo una palabra.

-Lástima no haberlo encontrado hace treinta años -continuó Margot, conteniendo la risa.

-Yo no he venido aquí a buscar novio -se creyó obligada a informarles Fedora, muy seria.

No dijo que había perdido la esperanza de casarse hacía ya tanto tiempo, que ni recordaba cómo era la sensación de vestirse, peinarse y maquillarse para que una persona del otro sexo se fijara en ella. Cada vez que Fedora descubría a una pareja de adolescentes besándose en la calle, como si no hubiera nadie más que ellos a kilómetros a la redonda, tenía que reprimirse para no darles un paraguazo y gritarles que se detuvieran, porque había otras cosas más importantes como, por ejemplo… estudiar, estudiar y estudiar.

-Lo malo de los hombres que alcanzan cierta edad -les dijo Nidia, con aire de conocer el tema- es que se vuelven más tímidos que chicos de doce años. Si no se deciden pronto a decir lo que sienten, la vida se nos dejará atrás y luego será demasiado tarde para arrepentirse.

-Podemos hacer como que no los vemos, y salir hablando entre nosotras.

-¿Y si quieren invitarnos a tomar un café?

-Ya no quedan caballeros bien educados. En una de esas, tenemos que pagar nosotras.

-Yo vivo cerca -les informó Margot-. Puedo invitarlos a todos a mi casa. Tengo una botella de vino que me regalaron hace meses y no me resigno a bebérmela sola.

-Dejemos las reuniones para dentro de una semana o dos -decidió Fedora- cuando todos nos conozcamos mejor. Si no, ellos van a pensar que nosotras, las damas, andamos detrás de los hombres.

-¿Acaso no es verdad? -preguntó Nidia.

Poco faltó para que las otras damas la abofetearan.

Gran parte de las cuarenta y ocho horas que faltaban hasta la próxima reunión del Taller, doña Desorden las pasó encerrada en su casa, preparando febrilmente las actividades del grupo. De pronto, nada de lo que había planificado, antes de la primera reunión del Taller y el diálogo con don Perfecto, le parecía conveniente. Algo había fallado y ella debía corregirlo. Se dijo, por ejemplo, que si les mostraba unas cuantas reproducciones de pinturas famosas de todos los tiempos y les contaba a sus estudiantes cómo habían trabajado los grandes artistas, los viejos iban sentir que ellos estaban obligados a imitarlos (y entonces, al comprender que no estaban a la altura de esas figuras notables, que no podrían estarlo nunca, se desalentarían, y ese Taller en el que doña Desorden había depositado tantas esperanzas, resultaría otro fracaso).

Grandma Moses: Una boda en el campo

Por lo tanto, debería presentarles pinturas hechas por niños, para que tuvieran un ejemplo de la espontaneidad que ellos podían imitar… Sólo que entonces, los viejos podían creer que ella se estaba burlando de su torpeza. Tal vez les mostrara obras de gente como Grandma Moses o Henri Rousseau, que nunca habían estudiado y al llegar al vejez decieron pintar… Doña Desorden no se atrevía a mostrar sus pinturas, en parte porque no estaba satisfecha con nada de lo que había hecho durante los últimos años, y también porque no deseaba que la acusaran de ser una vanidosa que los obligaba a elogiarla.

Esa noche doña Desorden tardó en dormirse, tan insegura se sentía. Cuando logró cerrar los ojos, soñó que estaba de nuevo en el Taller, rodeada de estudiantes, y que sólo ella hablaba y pintaba, como si de ese modo los estudiantes pudieran entusiasmarse y decidirse a trabajar solos. Pero ellos no le prestaban atención, algunos leían el diario, otros miraban la tele, no se dejaban conmover por sus esfuerzos, y entonces doña Desorden advertía que los colores se le ensuciaban, los pinceles se le desarmaban en las manos, los cartones se volvían húmedos, las tintas se derramaban, y a pesar de que ella pintaba y pintaba, apenas apartaba la vista su trabajo, las imágenes que había trazado un momento antes desaparecían.

Doña Desorden despertó irritada, más cansada que cuando se acostó. Necesitaba hablar con alguien, para librarse de la molestia, y por eso llamó a su hija.

-¿Te parezco una persona desubicada, alguien incapaz de inspirar confianza? -preguntó-. Yo sé la respuesta que tú darías, conociendo toda mi vida, pero sólo toma en cuenta mi trabajo artístico. ¿La gente que recién me conoce, tiene la impresión de que no sé lo que estoy haciendo?

-¿Qué te pasa, mamá? -la interrumpió Laura-. ¿Desde cuándo te preocupa tanto la opinión de los demás? Tú no eras así. Tu desafiabas al mundo.  Lo decías en voz alta. ¿O no?

Laura se estaba preparando para salir de viaje con su marido, poco después del mediodía. La casa estaba en desorden. La Nana trataba de separar a Carolina y Luis Alberto que discutían a gritos en el pasillo, por algo que Laura no se tomó de tiempo de averiguar. Al mirar por la ventana veía que el jardinero estaba podando precisamente las rosas que no debía podar. Por lo tanto, Laura no estaba en condiciones de oír las quejas de su madre. Eran las nueve y media de la mañana. todavía no terminaba de armar las maletas, debía localizar los pasaportes, que de pronto ya no estaban donde ella creía haberlos dejado, Fernando pasaría a buscarla dentro de una hora…

-¿Te hace falta dinero? -preguntó-. No puedo alcanzarte el cheque, pero te lo dejo aquí, con la Nana. Tú pasas a buscarlo hoy o mañana, cuando te resulte más cómodo.

-No es asunto de dinero -protestó la pintora-. Te has convertido en una persona que todo lo arregla con plata. Yo necesito otro tipo de ayuda y si no hablo contigo, no sé con quién.

-Mamá, disculpa -la interrumpió Laura- pero no voy a perder un avión por tu causa.

Doña Desorden no se daba por enterada de la impaciencia de su hija.

-He organizado otros talleres de pintura para principiantes y en ellos he visto de todo: señoras que me pagan muy bien pero no quieren trabajar lo menos posible, niños a los que hay que retirarles el papel para que no arruinen la maravilla que acaban de pintar, enfermos con manos temblorosas, que no pueden sujetar un pincel, presos que sueñan con los ojos abiertos… Ese pobre tipo, don Perfecto debería llamarse por lo intolerante, apenas me conoce y ya me desprecia. No debería importarme que un ignorante como él llegue irritado a la clase y decida ponerme en ridículo…

-Por favor, mamá -la interrumpía Laura-. Cálmate. Debí dejar los pasaportes en sitio seguro, y sin embargo…

-Yo soy una de esas personas que no le da importancia a la opinión de la gente -continuaba doña Desorden-. Un artista debe sentirse libre, para crear su obra. De otro modo, mejor se dedica a vender tomates.

Ese era un tema de eterna discusión entre madre e hija, pero hasta la fecha doña Desorden no había parecido tomar en cuenta las críticas de Laura.

-Puedes avisarle a tus estudiantes que no vas a continuar más el Taller. No necesitas darles mayores explicaciones -propuso a Laura, que descubrió los pasaportes en uno de los bolsillos secretos de su bolso de mano-. ¿Quién te obliga a trabajar con un grupo con el que no te sientes cómoda? Mejor te mudas a mi casa por un tiempo. Sobre el futuro, hablamos cuando nosotros regresemos del viaje. Aquí sobra espacio, tendrás todo lo que te haga falta, comenzando por tus nietos. La Nana se ocupa de la comida, el aseo de la casa, el lavado de la ropa y el jardinero de los rosales…

Doña Desorden se calmó de pronto, al comprender que las intenciones de Laura habían quedado al descubierto. Pretendía dejarla al cuidado de los nietos y su enorme casa del barrio alto, mientras ella y su marido viajaban por el mundo, poco importaba si por asuntos de negocios o placer. Si ella no reaccionaba a tiempo, tendría que dedicar todas sus energías y tiempo a vigilar el trabajo del jardinero y la Nana, encargarse de las compras de supermercado, pagar las cuentas del agua, la luz. el gas y el cable de video, responder las llamadas telefónicas y sobre todo controlar que Luis Alberto y Carolina hicieran las tareas del colegio… ¿Cuándo pintaría, entonces? Aceptar la invitación de Laura para abandonar su propia casa, su barrio, su trabajo en la Casa del Adulto Mayor, era lo último que doña Desorden hubiera aceptado.

-Yo me quejo todo el tiempo -reaccionó doña Desorden- pero tú sabes cómo soy: no puedo vivir tranquila, si no me peleo con la gente. Eso debe ser lo que me mantiene joven. Cuando no me agobian los problemas, yo los invento. Sé que de algún modo este lío terminará por arreglarse solo.

-¿Cómo? -preguntó la hija.

-Improvisaré algo -dijo doña Desorden- no me preguntes qué, porque en este momento no tengo la menor idea de lo que haré. De todos modos, sé que tarde o temprano controlaré a don Perfecto. Me encanta el Taller. Aunque no lo disfrutara, esos viejos me necesitan. Carolina y Luis Alberto, en cambio, son más felices tal como están, que conmigo. (Continúa)

NOTA: lector(a), anota tus experiencias y opiniones sobre el tema, a continuación, utilizando el recuadro que sigue a este capítulo. No es improbable que tengas algo que decir, aunque no acostumbres a hacerlo por escrito. Solo es cosa de intentarlo. O.G.

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