4. ¿Qué hacían los nietos, mientras tanto?

-Yo sé por qué te encierras en el baño –le dijo un día Luis Alberto a Carolina, mientras chateaban, cada uno por su lado, en lugar de hacer las tareas del colegio.

-Tú eres muy chico y no entiendes nada –respondió ella, sin mirarlo, después de un rato.

-Si yo hablo, te meten en un clínica –la amenazó Luis Alberto.

Carolina se mordió los labios. A veces envidiaba la suerte de los hijos únicos, que ella no había disfrutado. Tal vez los hijos únicos no tuvieran hermanos con quién hablar, en ciertos momentos en que se necesitaba la compañía de alguien digno de confianza, pero al menos no estaban obligados a oírlos decir estupideces el resto del tiempo.

-No me importa lo que cuentes, porque nadie te cree –Carolina no estaba dispuesta a rendirse- pero si yo le cuento que tú bajas fotos de Internet y no se las muestras a nadie, el papá te va a dar una tunda…

Luis Alberto miró alrededor y comprobó que la Nana andaba por el jardín, regando los rosales.

-Lo que yo hago con las fotos, no le importa a nadie, pero tú estás enferma.

-Te clavo las uñas y vamos a ver quién sale perdiendo.

Los hermanos estaban gritando. Luis Alberto le mostró a Carolina varias fotos horribles de adolescentes que pesaban treinta kilos y parecían esqueletos vivientes. Algunas de ellas habían muerto de hambre, todo por sentirse más gordas de lo que estaban dispuestas a aceptar. Después de ver esas imágenes, los dos hermanos terminaron abrazados, llorando.

-No quiero ser como la abuela –confesó Carolina.

-No te pareces nada. Ella tiene otro color de pelo.

-Porque se tiñe.

-Ella está loca y tú también.

-No es verdad.

Ahora los dos hermanos reían. En esos momentos, era bueno no ser hijo único y no tener con quién decir las tonterías que a cualquiera se le ocurren. Carolina prometió no vomitar más y Luis Alberto destruyó las fotos de las anoréxicas. Después de todo, se querían. Los padres andaban lejos, pero ellos se tenían el uno al otro y nada les faltaba. Tenían que hacer un esfuerzo para recordarlo, porque de vez en cuando se les olvidaba quiénes eran, y comenzaban a pensar que vivían en un mundo horrible, donde todos habían decidido perjudicarlos.

Carolina vivía obsesionada por el sobrepeso de su abuela, desde que Doña Desorden le mostró una fotografía de su juventud, donde se parecía notablemente a la nieta. Las dos eran delgadas, tenían cabellos rizados y una sonrisa tímida.

-Engordé a los quince años –confesó Doña Desorden- y nunca más pude recuperar el peso normal. Tampoco me esforcé…

-Mi mamá no engorda nunca –respondió Carolina- y come todo el tiempo.

-Querida, eso está en los genes –dijo Doña Desorden-. Tu mamá tiene el pelo liso y es bajita, mientras que tú y yo…

La abuela no terminó la frase, pero la nieta no necesitaba que lo hiciera. Los genes la condenaban a ella a ser alta y gorda. Hubiera podido agregarle también que no tardaría en quedarse pelada, como su papá, y sin embargo eso no se le pasó por la cabeza. A partir de ese momento, Carolina decidió comer menos, y en lo posible no digerir lo que comía, para no convertirse en su temida abuela. Durante los almuerzos que compartía con su madre y su hermano, masticaba largo rato cada bocado de carne y luego lo escupía discretamente en la servilleta. Otras veces, decía no tener demasiado  apetito, porque había comido antes un sandwich un rato antes.

Cuando la Nana comenzó a sospechar lo que pasaba, Carolina optó por encerrarse en el baño y vomitar el almuerzo que acababa de comer.  Era una práctica repugnante, se decía siempre, temblaba de pensar que alguien la descubriera, pero tampoco hallaba otra salida. Si se descuidaba, si escuchaba la llamada del estómago vacío, si recordaba lo sabrosa que era la comida de su casa, terminaría siendo tan gorda y grande como su abuela.

Lejos, en otra parte de la ciudad que Carolina y su hermano no habían visitado nunca, y podían morirse sin conocerla, porque su familia tenía plata y no se mezclaba con gente que no fuera de su grupo, Sergio y sus amigos habían decidido salir de paseo. Por lo general, no se movían de la placita polvorienta, donde no había nada más que unos bancos y un par árboles raquíticos, pero al menos les quedaba cerca de sus casas.

Alguien les contó que había una tienda nueva en el Mall instalado en la entrada de la urbanización, donde hacían tatuajes y piercings como los que mostraba la tele. Ya estaban haciendo planes para cubrirse el cuerpo con pinturas de mil colores, perforarse las orejas y lenguas, sin importar cuánto doliera la operación. En la vitrina de la tienda vieron las fotos deslumbrantes de tipos grandes, con todo el cuerpo decorado con figuras de dragones y corazones en llamas.

-¡Eso me encanta! –confesó el Gordo Tomás, imaginando una serpiente que salía de un brazo y llegaba hasta el ombligo. Cuando se desvistiera en la piscina (cosa que no hacía nunca), las chicas no hablarían de otra cosa. Lo mirarían por sus tatuajes, no por el sobrepeso,

¿No les parece que una locomotora que larga humo me vendría bien? –preguntó el Enano López.

Un gran tatuaje distraería de su escasa estatura. El mayor problema, no tardaron en averiguar, no era el dinero, porque aceptaban tarjetas de crédito, aunque pudieran ser las de algún miembro adulto de la familia, sino la autorización escrita de un adulto que el propietario de la tienda exigía.

-Eso se arregla fácil –dijo el Gordo Tomás-. Le cuento a mi viejo que todos los chicos del colegio nos vamos a tatuar el logotipo del club de fútbol y él es tan fanático que me firma la autorización.

El Enano López había escaneado la firma de su madre y la ponía en cualquier boletín del colegio. Hasta la fecha no había firmado cheques ni otros documentos, pero en su imaginación nada lo detenía.

-¿El tatuaje duele? –se atrevió preguntar Sergio.

-No tanto como el piercing –le respondieron.

Sergio se imaginó en la situación de que le perforaran la lengua, para ponerle un tornillo con dos bolitas de acero, una en cada punta… y simplemente se desvaneció. Eso podía verlo en la tele, y con toda seguridad, se sentía tan valiente que no apartaba los ojos de la pantalla, pero de solo pensar que le ocurriera a él… Fue como si apagaran la luz sin avisarle. Cuando sus amigos alarmados consiguieron que recuperara el sentido, apenas unos segundos más tarde, él comentó que esa tarde hacía mucho calor, pero interiormente decidió que antes muerto que perforado. (Continúa)

NOTA: lector(a), anota tus experiencias y opiniones sobre el tema, a continuación, utilizando el recuadro que sigue a este capítulo. No es improbable que tengas algo que decir, aunque no acostumbres a hacerlo por escrito. Solo es cosa de intentarlo. O.G.

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