3. ¿Hasta cuándo se demora la historia prometida?

¿Cómo fue que don Perfecto y doña Desorden no se conocieron mucho antes? Vivían en la misma zona de la ciudad, lejos del centro, donde la gente de los altos edificios de departamentos y casas idénticas parecía desconfiar cada vez más de sus vecinos. De vez en cuando se sentaban a tomar sol en la misma plaza, pero a distinta hora, de modo que no llegaron a compartir el mismo banco, ni se cruzaron en el camino. Concurrían al mismo cine, hasta que lo convirtieron en supermercado… pero sin embargo nunca vieron las mismas películas, ni entraron a comprar a los mismos días. Los dos eran atendidos por el mismo dentista. De vez en cuando rezaban en la misma iglesia… y no obstante vivieron cuarenta años sin tropezar el uno con el otro.

Los dos habían llegado a una edad (entre los 60 y los 70 años) en que los hijos se fueron de la casa, nadie tiene demasiados compromisos de trabajo, y tampoco se siente tan vieja como para no pensar en divertirse… pero ya no se les ocurre qué hacer con el tiempo libre y las energías que sobran. Cada uno por su lado, se hubiera aburrido a más o no poder. Pero un día se encontraron, y eso es todo lo que importa contar.

Juntos comenzaron a pasarlo como perros y gatos, pero después… (no hay que adelantarse al cuento, como quien abre el horno a cada rato mientras se cocina un pastel). Después de encontrarse, vivieron juntos las aventuras que otras personas de su misma edad, no se atreven siquiera a soñar. ¿No es hora de averiguar cómo llegó a sucederles todo eso?

Doña Desorden llegó esa tarde al Club del Adulto Mayor vestida y peinada para estimular la creatividad de los participantes (al menos, ella esperaba conseguir eso): largos cabellos rojos que parecían volar en todas las direcciones, ropa formada por parches multicolores, que de algún modo ocultaban sus noventa kilos de peso, collares de cuentas enormes y media docena de carteritas y carterotas que le colgaban de aquí y allá.

-¿Esa es la famosa pintora? -preguntó Manuel.

-La pobre gorda parece un árbol de Navidad y nadie se lo ha dicho -comentó Fedora, que vestía de negro y sin adornos desde hacía tanto tiempo, que ya no recordaba por qué.

-Puede oírte -susurró Nidia, que hasta de su sombra se asustada.

-Me da pena que haga el ridículo -mintió Fedora.

En realidad, no dejaba de sentirse satisfecha cuando los demás hacían algo que justificaba su crítica, porque de otro modo le hubiera sido difícil encontrar temas que le permitieran dirigir la conversación.

-Amigos: no vengo a enseñarles nada que ustedes no sepan ya -comenzó a decir doña Desorden con una gran sonrisa.

Margot y Fermina habían decidido anotar cada palabra que dijera la profesora (por algo habían sido secretarias de un Ministerio toda la vida) y al oír la declaración de la artista no supieron qué hacer.

Don Perfecto la miraba desde la última fila de asientos, entre Rubén y Rafael, que se habían presentado apenas quedaron cerca y le habían contado partes de sus vidas sin que él se los pidiera, como si fuera obligatorio entablar amistad con ellos.

-No me consideren la profesora que llega sabiéndolo todo, para decirles cuándo lo están haciendo bien y cuándo no, evitándoles que metan la pata -continuó doña Desorden-. Lamento decirles que en el arte hay que arriesgarse, y por lo tanto no hay recetas ni trampas que valgan.

Don Perfecto había recuperado el malhumor de todos los días. Sospechaba que si esa mujer estaba a cargo del Taller de Expresión Plástica para el Adulto Mayor, perdería lamentablemente su tiempo. Se había inscrito porque no había cupo para nada que le pareciera útil, y sobre todo, porque no le cobraban nada. Hubiera debido desconfiar de tantas facilidades.

A esa altura de su vida, y tomando en cuenta que un jubilado anda siempre con el dinero justo, don Perfecto no estaba en condiciones de exigir demasiado. Suponía que no iban a aceptarlo en otro grupo que reuniera a quince o veinte solitarios de su misma edad, dos o tres veces por semana, para escuchar conferencias cuyos temas probablemente no le interesarían, para ver películas antiguas o aprender tai-chi o (lo más ridículo de todo) para bailar tangos y boleros de medio siglo antes, vestidos con sus mejores ropas, después haber tomado el té, al atardecer. No, nada de eso podía ser para él. Pintar, en cambio, le permitiría adquirir una habilidad manual, que tal vez pudiera aplicar en el futuro, porque él se veía pintando puertas y paredes, muebles…

-¿Por qué no espero enseñarles nada nuevo? -se preguntaba doña Desorden frente a sus alumnos-. Me sentiría satisfecha con abrirles algunas puertas que ustedes no sospechaban, para que exploren por su cuenta el mundo del color y las formas. Me conformaría con quitarles el miedo a experimentar. Quiero animarlos a expresar lo que llevan dentro y tal vez ignoran.

-Buen comienzo -murmuró don Perfecto, de manera tal que pudieran oírlo no sólo Rubén y Rafael, sino también gran parte de la clase-. Charlatanería no nos va a faltar con la señora.

-Tenga paciencia, mi amigo -le pidió don Manuel, que estaba sentado delante de él.

Doña Desorden había traído una radio portátil. Sintonizó una emisora de música clásica. De pronto el sonido de una orquesta sinfónica invadió el salón donde los viejos se miraban sin entender lo que pasaba. Era una melodía lenta y emotiva, que envolvía a cualquiera dispuesto a disfrutarla.

-Cierren los ojos y dejen que la música los invada. Imaginen por un rato que se desprenden de todos los años que fueron acumulándose sobre cada uno de ustedes. Sueñen que tienen la edad de sus nietos -dijo doña Desorden.

Muchos habían bajado los párpados y no podía ver las sonrisitas desconcertadas de Margot y Nidia, las miradas burlonas de Rafael y Fedora, el gesto de desagrado de don Perfecto.

-Cuando los niños todavía no han pasado por la escuela y uno les da colores y un papel, ellos no se dejan guiar por la opinión de los demás, no toman en cuenta las convenciones de los mayores, no se preocupan por el juicio que vendrá más tarde. Ellos inventan el mundo a partir de los materiales que tienen en sus manos. ¿Recuerdan? Ellos juegan. Ensayan. Prueban. Corrigen. Borran. Comienzan de nuevo. Se divierten. ¿Puedo pedirles que durante un rato olviden las preocupaciones de todos los días, se dejen llevar por la espontaneidad y pinten lo primero que les venga a la cabeza, olvidando las reglas, como si lo hiciera el niño que fueron hace años…? Pueden usar los pinceles, o los dedos, recortar papeles de colores, pegar objetos… En las mesas hay de todo. ¡Siéntanse libres de crear!

Henri Rousseau: Mujer exótica

La melodía iba creciendo sin apuro, cada vez más bella; daba la impresión de que no tenía comienzo ni fin. Doña Desorden (que todavía no se llamaba así) dejó pasar unos cuantos minutos, mientras la música sugería a los participantes del Taller paisajes de todo tipo, personajes, también formas que no representaban nada concreto.

Al principio los viejos se miraron entre ellos, esperando que alguno se arriesgara antes que los demás. Margot estuvo por levantar la mano para llamar a la profesora y preguntarle qué debían hacer, pero Fermina le explicó que ya no estaban en su oficina, esperando las órdenes del jefe y podían hacer lo que quisieran.

Doña Desorden hizo como que no veía las indecisiones de algunos estudiantes. Les dio la espalda y subió el volumen de la música. Luego miró por la ventana, como si se hubiera olvidado de ellos. Cuando pasaron algunos minutos, comenzó a recorrer el salón caminando en puntas de pies, para no interrumpir el trabajo de nadie.

-¡Qué interesante! -susurró al ver el castillo en ruinas que pintaba Fedora, probablemente recordando un calendario que había visto en la casa de su abuela más de medio siglo antes.

-¿Tengo que ponerle tejado a las torres? -preguntó Fedora, que ya estaba arrepintiéndose de no haber elegido un tema más fácil.

-Yo no sé. La autora es quien lo decide -respondió doña Desorden.

Nidia pintaba un valle verde, con una iglesia blanca en el centro y un río que formaba una gran S.

-Lo estoy inventado en este momento -dijo, como si fuera la primera sorprendida de su capacidad para dar vida a un paisaje.

Un puente cruzó el río en dos trazos. Un camino surgió para aprovechar la existencia del puente y pasar frente a la iglesia.

Grandma Moses: Bennington

-Continúa -la alentó doña Desorden.

-Pero dígame… ¿cómo voy?

-¿Qué piensas tú?

Nidia reía, con sus dientes de ratón, sin hacer ruido ni apartar los ojos del papel, como si estuviera explorando ese universo que no terminaba de nacer. Su mano derecha trazó de pronto un avión en vuelo sobre la iglesia. Y del avión pendía una pancarta donde escribió de un solo impulso: VIVA la VIdA.

En un rincón, don Manuel estaba trazando el interior de la enorme carpa de un circo sobre una gran hoja de papel, como si estuviera viéndolo, tantos eran los detalles y tan precisas las dimensiones. En lo alto comenzaba a delinearse un trapecio, dos trapecios, cada uno ocupado por un hombre que se balanceaba sonriendo cabeza abajo, hasta que de pronto un tercer trapecista se formó en el aire, dando un salto mortal, después de haber sido soltado por uno de sus compañeros, mientras esperaba recogerlo el otro.

-No se preocupe -dijo don Manuel cuando vio que doña Desorden lo miraba-. Le pondré una red abajo, para que nadie se lastime, en caso de una caída.

Doña Desorden se acercó a la mesa de don Perfecto. Sin duda, no iba preparada para lo mejor. Ese hombre gris, vestido de gris, tan correcto que daban ganas de mirar para otro lado, había sacado una regla y un compás de un bolsillo. Sin duda, se había preparado para el Taller y estaba demostrando a quien quisiera verlo, que él era una persona ordenada, incapaz de perder su tiempo.

El dibujo que estaba elaborando no era un paisaje, ni tampoco una figura, ni nada de lo que intentaban hacer con mayor o menor habilidad los otros participantes. El trazaba lentamente y sin cometer errores, utilizando los instrumentos necesarios, sobre una placa de madera, un cartel donde ya podía leerse: CUIDADO CON EL PERR…

Al sentir que doña Desorden miraba por encima del hombro, don Perfecto la miró con cara de malas pulgas.

-Esto es lo que yo quiero pintar.

-Claro. ¿Por qué no? Siga -le sonrió doña Desorden.

-¿No me va a decir que no puedo hacerlo? -era evidente que don Perfecto la estaba desafiando.

-Si eso refleja su mundo interior…

-¿Qué quiere decirme? -gruñó el hombre.

Rubén y Rafael se habían detenido para observar a la pareja: el Taller iba a resultar más entretenido de lo que esperaban.

-Cuidado con el perro, debe ser todo lo que usted quiere expresar -dijo la pintora.

-Sí.

-Por favor, no se detenga por mí. ¿Le falta una O o prefiere dejarlo así, para que cada uno de los espectadores se encargue de completarlo mentalmente?

Doña Desorden se arrepintió de haberlo dicho en el momento mismo en que terminaba de decirlo. Rubén y Rafael sonreían viendo la escena. Ella no quería excitar el malhumor de ese viejo odioso.

-Francamente, señora -comenzó a enfurecerse don Perfecto- uno espera que usted nos diga cómo se hacen estas cosas. Por algo se presenta como la profesora.

-Gracias, pero yo sólo estoy aquí para ayudarles a perder el miedo a expresarse -respondió doña Desorden-. Al parecer, usted no necesita que lo estimulen y menos aún que le den consejos. Si se siente más cómodo con el compás y la escuadra, yo no le diré que no los use.

Don Perfecto vio las sonrisas de Rafael y Rubén, la mirada molesta de don Manuel y alzó la voz: ella se estaba burlando, pretendía dejarlo en ridículo y él era un ciudadano conocedor de sus derechos, no estaba dispuesto a tolerar que se burlaran de su buena voluntad.

Margot y Nidia habían dejado de pintar y los miraban. Fedora comentaba con Fermina que esa mujer no sabía imponerse. Doña Desorden sonreía desconcertada, intentaba susurrarle a don Perfecto que podían discutir eso más tarde, porque todo lo que deseaba en ese momento era calmarlo. Ella no había esperado que el grupo la aplaudiera de entrada, pero ese hombre no necesitaba que nadie lo provocara: él se indignaba solo.

-¿Quién le ha dicho que tengo miedo a expresarme? -la enfrentaba don Perfecto cada vez más envalentonado-. No se lo permito, señora. ¿De qué puedo tener miedo? Quiero aprender a pintar. Me inscribí para que me enseñaran. Usted que sabe, tiene que darnos las reglas, enseñarnos los procedimientos, aconsejarnos con su experiencia, corregir nuestros errores, porque si no lo hace, si nos deja abandonados a nuestra ignorancia, disculpe la franqueza, me parece que todo ésto se convierte en un soberano DESORDEN.

Ya nadie pintaba. Era más entretenido presenciar el enfrentamiento de la pareja que utilizar los pinceles y colores. Si esa tarde no aprendían nada concreto, al menos se divertirían viendo la pelea. Pero no iban a divertirse tanto como imaginaban, porque la profesora había decidido no responderle al viejo cascarrabias, por eso le dio la espalda y se acercó a la mesa donde el Circo dibujado por don Manuel continuaba creciendo a lo ancho y a lo alto. La jaula de los leones con su domador, por ejemplo, se había definido en la pista, y poco a poco los espectadores ocupaban los asientos de primera fila.

-¿Me va a dejar hablando solo? -insistió don Perfecto.

-Si al caballero no le agrada la orientación de mi Taller -murmuró doña Desorden con una sonrisa que le costaba mantener- puede retirarse. No se sienta obligado a continuar con nosotros… Ahora ¿será mucho pedirle, que baje la voz y deje trabajar a sus compañeros?

Don Perfecto dudó. Si él se ponía de pie en ese momento (como era su intención desde que comenzó la discusión), si tiraba la silla al suelo y salía del salón dando un portazo que se oyera en todo el edificio, si se alejaba gritando que lo habían estafado con la promesa de un Taller decente con una pintora famosa, cuando en realidad era lo mismo que una clase de Jardín de Infantes, ya no tendría nada más que hacer esa tarde.

Claro, siempre podía sentarse en la plaza y contemplar el revuelo de las palomas, o regresar a su casa y mirar la tele durante cuatro o cinco horas, hasta que sintiera el cerebro pegajoso de balazos, carreras de autos y romances juveniles.

Pero no se resignaba a sentarse tan pronto en el banco de la plaza, con los otros jubilados, porque eso era confesarle al mundo que estaba de más y lo habían derrotado. Tenía que salvarse de la tele que termina vaciando el cerebro de tantos hombres y mujeres de su edad. Si se retiraba, humillando antes a la profesora, se vería obligado a suspender las dos o tres tardes por semanas que había pensado pasar en la Casa del Adulto Mayor durante los próximos tres meses.

-No, yo no me voy -dijo, como si esa fuera una decisión heroica que le había costado tomar.

-Trabaje, entonces, y deje trabajar a sus compañeros. Imagine que yo no existo -dijo doña Desorden y se alejó hacia los participantes más lejanos, sin saber todavía cómo iba a controlar a ese viejo irritable, que prometía estallar por cualquier causa, justificada o no.

Lo más probable es que rabiara como los niños, para que los otros no pudieran ignorarlo, y de ese modo se fijaran en él, que no tenía nada que resultara interesante. La pintora pensó que haría como si él no existiera. Aunque, si lo pensaba mejor, tal vez no debiera pasar por alto lo que él había dicho. ¿Qué estaba haciendo ella en ese lugar, con una docena de estudiantes que a pesar de las buenas intenciones, no iban a crear nunca nada original, que en el mejor de los casos tan solo se divertirían por un rato, después de haber pasado la mayor parte de sus vidas respetando reglas absurdas, aplicando procedimientos que nadie les pidió que se tomaran el trabajo de entender?

No es que las promesas de la pintora, que planteaba la posibilidad de liberarlos de la rutina fueran malas para nadie. Pero llegaban tarde, eso era lo peor de todo. Ellos no eran felices en su vida cotidiana (de otro modo no se hubieran inscrito en el taller), pero tal vez no buscaban allí otra cosa que no fueran pasatiempos, distracción, compañía, nada profundo.

Fedora le pasó un papelito a Nidia, que lo leyó rápidamente, se sonrojó temiendo que la profesora la descubriera, y no pudo evitar que Fermina se lo quitara, para leerlo con Margot, antes de pasárselo a su vecino de la otra mesa, don Manuel, que después de haberse enterado del contenido se lo pasó al que estaba detrás, Rubén, que a su vez se lo mostró a Rafael, evitando de ese modo que don Perfecto se enterara.

En poco más de dos minutos lo habían leído casi todos los participantes del taller. Acababan de nacer los apodos que de ahí en adelante iban a sustituir a los nombres verdaderos de la pareja. Para el grupo, a partir de ese momento, se llamarían don Perfecto y doña Desorden. Les gustara o no, ya no podrían separarse. (Continúa)

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