1. Diálogos telefónicos

-¡Cuatro ojos!

-¡Casimiro!

-¡Cloclocló! ¡No te escondas más, gallina!

-¡Pollerudo!

Los gritos de Gustavo, el Gordo Tomás y el Enano López, los recientes amigos de Sergio, llegaban desde la calle, mientras él mantenía cerradas las ventanas y corridas las cortinas. ¿Podía considerar todavía que eran sus amigos? Lo habían sido hasta dos días antes, cuando Sergio regresó del centro de la ciudad, con su madre y un par de anteojos recetados por el oculista para corregir el astigmatismo. Fue una sorpresa para los seis o siete chicos que se reunían todas las tardes en la minúscula plaza del barrio.

Ellos sabían que Sergio nunca había sido muy bueno cuando se trataba de patear una pelota, pero la novedad de que se viera obligado a usar anteojos, desafiaba cualquier posibilidad de incluirlo en el equipo de fútbol. Era lo mismo que incluir a mujeres o negros: una anormalidad que los volvía menos creíbles.

Sergio no sabía qué hacer. Tarde o temprano tendría que salir de la casa y recibir el maltrato que le anunciaban las voces, si pretendía seguir siendo parte del grupo. No se trataba solo de sufrir las bromas durante un rato, sino (tal vez) para el resto de su vida. Recordaba cómo se burlaban del Gordo Tomás y el Enano López. Cada chico del grupo tenía un sobrenombre, por lo general referido a algún problema físico. Ahora él se había convertido en Cuatro Ojos o Casimiro, mientras no se les ocurriera nada más ofensivo.

¿Qué haría Sergio, entonces? Lo más inteligente, le había dicho su madre, era no prestarle atención a los amigos, hasta que se aburrieran de convertirlo en el tema de sus burlas, porque si él se molestaba y les respondía con insultos, como había sucedido con otros chicos, las cosas podían empeorar. En ese caso iban a llegarle empujones, escupidas, patadas, de parte de aquellos que a pesar de todo continuarían siendo sus amigos. Ellos podían quitarle los anteojos y pisarlos, cortarle el pelo al rape, mancharle la ropa, con el único objeto de demostrarle que estaba en desventaja y debía pedirle que lo aceptaran. Sergio esperaba un milagro, que le permitiera evitar una humillación.

El sonido del teléfono interrumpió sus pensamientos. Sergio bajó el volumen del televisor, pero tardó en atender. Si eran los chicos del barrio, no iba a confesar que se escondía. Si era su madre, le diría que estaba concentrado en las tareas del colegio. Al mirar la ventanilla del teléfono que mostraba el número desde donde lo llamaban, no reconoció ninguno conocido.

-¡Hola! ¿Puedo hablar con Sergio? –oyó que preguntaban.

-Soy yo.

-¡Por fin! Tú no me conoces.

-¿Quién habla?

-Luis Alberto.

-¿Luis Alberto qué?

-El apellido no importa. ¡Menos mal que te encontré!

-¿Quién te dio mi número?

Se produjo un incómodo silencio del otro lado.

-Es una historia bastante larga… -dijo por fin la voz del chico- Te la contaré más tarde. No me interrumpas ahora…

-No entiendo.

-Carolina me está ayudando. Es mi hermana. Estuvimos llamando a todas las familias que tienen tu apellido… Más de treinta.

-¿Quiénes son ustedes?

-¿Tu abuelo colecciona estampillas y barcos metidos en botellas?

-¿Quién te dijo…?

-¿Es un viejo cascarrabias?

Sergio comprendió que Luis Alberto y su hermana efectivamente hablaban de su abuelo.

-Nunca lo veo… ¿Se murió?

-No. El no sabe que estamos hablando… y por tu bien, tampoco vas a contárselo.

-Miren: yo no sé qué andan buscando. Mejor, hablen con mi papá -lo interrumpió Sergio-. Les doy el número de la oficina.

Sergio había oído contar la historia de los estafadores que llamaban por teléfono, se hacían pasar por parientes lejanos, que acababan de sufrir un accidente y necesitaban dinero urgente, para evitar que los metieran en la cárcel.

-Tus viejos no tienen que enterarse –Le advirtió Luis Alberto-. La historia comenzó hace tiempo, cuando tu abuelo, mi abuela… y unos cuantos amigos de su edad, se encontraron en la Casa del Adulto Mayor…

Carolina había estado oyendo a Luis Alberto y decidió que su hermano se iba por las ramas. Por eso le quitó el teléfono:

-Si no encontramos la forma de detener a esos viejos, ¿sabes dónde pasaremos las vacaciones del verano, tú, mi hermano, yo y no sé cuántos nietos y bisnietos…?

Sergio no tenía la menor idea y Carolina tampoco esperaba una respuesta, pero estaba indignada.

-Ellos están organizando una excursión para todos nosotros. Quieren llevarnos a uno de esos pueblos perdidos en el desierto, con baños termales. ¿Sabes cómo se divierten? Se cubren de los pies a la cabeza con barro verde, que huele a huevos podridos, tragan cuatro litros de agua por día mientras pasean por la calle principal, todas las noches se juntan en la plaza para jugar a la lotería. Es un lugar horrible, donde no llega la tele, ni la señal de los celulares. No hay internet. Nunca han oído hablar del rock y los videojuegos,. ¿Qué te parece pasar quince días en la Prehistoria?

Sergio se quitó los anteojos. Sus padres no le habían dicho nada. Pero eso le pasaba casi todo el tiempo con los adultos. Ellos tomaban alguna decisión que con toda seguridad no iba a gustarle a Sergio, y por lo tanto se la escondían para contársela a último momento, con la esperanza de que al tomarlo por sorpresa no se resistiera. ¡Pasar las vacaciones con el abuelo…! Por cosas como esas, él había pensado más de una vez en escapar de su familia, esconderse en la bodega de un avión y despertar del otro lado del mundo.

-¿Te quedaste mudo? -preguntó Carolina.

La posibilidad de pasar las vacaciones rodeado por ancianos asmáticos y sordos, que se encargarían de vigilar cada paso que dieran los nietos, era la idea más cruel que podían haber tenido los adultos. Sergio estaba dispuesto a colaborar con Carolina y Luis Alberto, dos chicos de cuya existencia no tenía la menor idea hasta cinco minutos antes, para evitar que los abuelos les arruinaran la vida.

-¿Qué podemos hacer? –dijo.

-Eso me gusta –respondió Carolina-. Si nos unimos, los dejaremos con las ganas.

Intercambiaron números telefónicos, correos electrónicos y acordaron apoyarse para evitar ese futuro horrible. Después de concluir la llamada, Sergio se dijo que había llegado la hora de enfrentar a los amigos de la plaza. Después de todo; ¿eran sus amigos o no? Si no lo eran, que se burlaran de sus anteojos, que le dijeran Cuatro Ojos o Casimiro, porque después de un tiempo se aburrirían de hostigarlo o el se acostumbraría.

Si eran sus amigos, como Sergio estaba convencido, el tema de sus anteojos no se mencionaría más, y cada vez que jugaran al fútbol, no lo obligarían a correr detrás de la pelota, sino que lo dejarían esperándola en el arco.

Cuando Sergio abrió la puerta de su casa, tardó en comprender que había un desconocido entre sus amigos.

-Casimiro –dijo el Caballo, uno de los chicos que seis meses antes era conocido como el Enano López, a pesar de lo cual, de un día para el otro comenzó a crecer y ya les llevaba una cabeza de ventaja a los demás- te presento al Chino.

-Hola –dijo Sergio.

El Chino era nieto de un japonés, su abuelo había llegado al país medio siglo antes y acababa de mudarse con su familia a una de las casas del barrio, donde todas eran iguales. No parecía demasiado ofendido porque le dijeran Chino y sonreía satisfecho, después de haber sido aceptado por los chicos.

Sergio respiró aliviado. Había dejado de ser el centro de atención del grupo. En el peor de los casos, algunas veces lo agredirían a él y otras al Chino. Compartir la discriminación con alguien más, era casi como no ser discriminado. (Continúa)

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One Response to 1. Diálogos telefónicos

  1. María Paz Avendaño González dice:

    Entretenida! Simple y dinámica descripción….personajes vívidos, logrados desde el inicio…es fácil entrar en su mundo interior, en sus experiencias (al japonés que llaman chino)…sólo espero que mejore la relación con lo abuelos..será que yo tengo tan lindo recuerdo de los míos !!

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