2. Aquí es donde la historia verdaderamente comienza

Los dos viejos se conocieron en uno de los talleres que se organizaron ese invierno en la Casa del Adulto Mayor, para molestia de Clotilde Martínez, la empleada del Municipio que estaba encargada del lugar y hubiera preferido no hacer nada en su horario de trabajo (llamar por teléfono a sus amigas o tejer bufandas para regalarle a sus parientes) y cobrar todos los meses un modesto sueldo, tal como había hecho durante quince años.

La casa era uno de esos edificios que quedan en poder del Municipio, porque alguien deja de pagar los impuestos, y un día se comprueba que los propietarios han muerto sin dejar herederos. Primero sirvió de archivo donde se guardaban los papeles de distintas oficinas, formularios en desuso, expedientes roídos por los ratones, listas de empleados que ya no cabían en el archivo. Después el Alcalde imaginó que sin gastar demasiado, cuando faltaba menos de un año para las elecciones, podría convertirlo en una demostración contundente de cuánto se preocupaba él por el bienestar de la comunidad.

Uno de sus ayudantes recordó la promesa de instalar un centro de atención a jubilados y pensionados, hecha durante la anterior campaña electoral y desde entonces olvidada. En principio, ese proyecto incluía la instalación de consultorios médicos dedicados a los ancianos, ambientes para el entrenamiento físico y asesoramiento psicológico y otras maravillas. Convertir en realidad esas ideas costaba mucho dinero, más del que se disponía en el Municipio, por lo cual se dejó de lado primero la construcción de una piscina y un solario en el jardín del fondo, luego la contratación de profesionales de la salud y compra de equipamiento especializado. ¿Qué quedaba en pie, después tantos recortes? Un edificio vacío, con goteras, una encargada a quien de todos modos había que pagarle un sueldo, un par de empleados que se ocupaban de la limpieza y unos cuantos viejos no recordaban muy bien las promesas de un político.

A pesar de tantas limitaciones, el Alcalde decidió que el centro recreativo se inaugurara. Pintarían los muros interiores y exteriores de colores alegres, conseguirían amoblar el lugar con los objetos de otras dependencias municipales, y no le pagarían nada a los profesionales que decidieran atender a los ancianos. Ellos deberían ser voluntarios desinteresados, en lo posible jóvenes profesionales deseosos de ayudar a la comunidad. Cuando el Alcalde buscara la reelección, podría exhibir esa casa ante la prensa, como uno de los grandes logros de su gestión.

Para angustia de Clotilde Martínez, que ante cualquier cambio perdía el sueño, por temor a quedar desempleada, los expedientes más antiguos del archivo municipal fueron vendidos como papel viejo, mientras el resto se guardó en grandes cajas que se acumularon en el sótano. Varios pintores, plomeros y carpinteros se encargaron de arreglar en pocos días las goteras del tejado, verificaron el estado de las cañerías y líneas eléctricas, pintaron paredes y techos.

Sólo faltaba encontrar un nombre atractivo para la institución. Casa del Adulto Mayor fue el elegido por los asesores del Alcalde, tras una larga polémica. Desde hacía varios años, aunque nadie supiera por qué, casi todo el mundo había comenzado a decir y escribir Adulto Mayor, como pidiendo disculpas, porque las palabras “viejo”, “anciano” o incluso “tercera edad” podían resultar ofensivas.

Clotilde Martínez se alegró de quitarse de encima la responsabilidad del archivo, pero la obligación de atender a los viejos le pareció más pesada que la anterior. Había confiado que simplemente no pasara nada, que las puertas de la Casa estuvieran abiertas pero no entrara nadie, que no se presentaran voluntarios dispuestos a organizar talleres. Para su decepción, ocurrió lo contrario. Al cabo de un mes estaban en funcionamiento un taller de gimnasia china, otro de bailes tropicales, otro de jardinería, otro de costura y bordado, y finalmente uno de dibujo y pintura, coordinado por una artista de la zona. Los asesores del Alcalde se habían encargado de publicitar la apertura de la Casa, convocaron a la prensa, consiguieron que la televisión registrara el corte de cinta por el Alcalde y docenas de ancianos acudieron a inscribirse.

En la primera sesión del Taller de Pintura, bastó que la profesora, doña Desorden, y uno de los estudiantes, don Perfecto, se encontraran, para que consiguieran esos sobrenombres que nada tenían que ver con los nombres que figuraban en sus documentos de identidad. Sergio y sus amigos se llamaban unos a otros Casimiro, Caballo, Enano, Chino y cosas peores. Los abuelos participaban en un juego similar.

Doña Desorden y don Perfecto eran los sobrenombres que decidieron ponerles sus nuevos amigos, apenas los conocieron y no siempre con la mejor intención. Aunque no los repetían delante de ellos, tampoco intentaron quitárselos. Tendrían que ser don Perfecto y doña Desorden, hasta que el grupo se cansara de llamarlos de ese modo, o ellos cambiaran tanto que no fuera posible reconocerlos, o alguien inventara un par de apodos más ingeniosos.

Don Perfecto había jubilado cinco años antes como funcionario de Correos. El día que celebraron su salida, fue realmente una fiesta para los compañeros de trabajo. ¡Por fin se libraban del Jefe ejemplar que les hacía la vida imposible! Don Perfecto comenzó repartiendo las cartas, casa por casa, cuando era muy joven (un día calculó que había recorrido a pie la mitad de la distancia que hay entre la Luna y la Tierra, sin salir nunca del barrio), hasta que lo ascendieron a Jefe de una oficina oscura y húmeda, cerca de la estación de ferrocarril, y una vez allí, nada ni nadie fue capaz de moverlo, ni siquiera la nueva tecnología o los cambios de gobierno.

En su oficina sólo había una manera de hacer las cosas: de acuerdo al Reglamento y las decisiones de los superiores. Inútil hubiera sido preguntar por qué tanta obediencia. Don Perfecto vestía cotidianamente un traje gris de lana, perfectamente planchado, corbata azul y camisa blanca, sin importar que fuera invierno o verano. Pocas personas, fuera de familiares muy cercanos, lo habían visto sin corbata, despeinado o con los pies descalzos (y esto último habría que agradecérselo, porque tanta caminata le había deformado los pies con juanetes y otras fealdades).

Cuando la jubilación lo liberó de sus compromisos, don Perfecto pudo por fin dedicarse en tiempo completo a ordenar una colección de sellos postales, una tarea que había postergado por más de veinte años. Lamentablemente, al cabo de un mes de dedicarle doce a catorce horas por día, la colección estuvo en perfecto orden, y a partir de entonces (durante los muchos años que le quedaran por vivir) don Perfecto debería encontrar otras formas de ocupar sus energías. Intentó cultivar cactus en miniaturas, aprovechando la ventana del living, pero las plantas lo ponían de mal humor: no había manera de obligarlas a crecer derechas o conservar la forma geométrica que él pretendía. Se puso a pintar las paredes de su casa (del mismo color que habían tenido desde que él la compró, cuarenta años antes). Intentó construir miniaturas de barcos antiguos, que luego introducía con enorme cuidado en botellas de cuello angosto.

A pesar de tantas ocupaciones inútiles, don Perfecto descubría a cada rato que le sobraban horas, días enteros en los que ya no tenía nada que hacer, ni parientes con quienes pelear… y entonces desesperaba. Enceraba por segunda vez en la semana el piso de parquet que de ningún modo necesitaba cera, ordenaba los muebles que siempre habían estado en orden, podaba de nuevo las plantas que no necesitaban poda… simplemente porque temía que en el momento en que se quedara quieto, moriría.

Doña Desorden era una pintora que en algún momento de su carrera había vendido a buen precio cuadros abstractos, grandes telas donde muy de vez en cuando, entre manchas azules y naranjas, podía reconocerse la forma de un gran zapallo rodeado de hojas y flores (¿o se trataba más bien de un ángel rubio, con alas verdes, perdido en la niebla del paraíso?). Todo podía ser. Otros creían reconocer un paisaje tropical, y otros confesaban simplemente no entender nada y no perder el sueño por eso.

Desde hacía diez años, ni ella misma se tomaba demasiado en serio como artista. Pintar, todavía pintaba. Para sí misma, cuando no tenía otra cosa que hacer. Pero había desaparecido de las listas de invitados a las fiestas e inauguraciones de otros pintores (lo más probable, es que la dieran por muerta). Cuando organizaban una muestra de artistas consagrados de su misma edad, nadie parecía recordar su existencia.

La pintura que se había puesto de moda en los últimos años, era muy distinta de la suya. Doña Desorden no intentaba competir con artistas que podían ser sus hijos o nietos, que asistían a todas las fiestas (los invitaran o no); que aparecían en las fotos de los diarios y revistas, siempre sonrientes, con un vaso de whisky en la mano, junto a los ministros, las señoras gordas y los Gerentes de Bancos que podían comprar sus obras. Ellos conocían a todo el mundo por sus nombres y sobrenombres, habían conseguido sus emails y números telefónicos, para llamarlos a cada rato e invitarlos a sus inauguraciones, ellos celebraban sus chistes como si realmente fueran graciosos, y podían pintar sin equivocarse, los cuadros que mejor se adecuaban al tamaño de las casas y oficinas de sus clientes.

Don Perfecto estuvo casado veinticinco interminables años, hasta que un día su mujer murió de un soplo al corazón (o de aburrimiento, decían algunos vecinos; para librarse de un hombre tan aburrido, opinaban otros; o porque al pasar veinticinco años con don Perfecto había ganado suficientes méritos para irse directo al Cielo). Arístides, el único hijo que tuvieron, era un abogado que vivía con su familia en otra ciudad, a casi mil kilómetros de distancia, y no cuesta mucho entender que tratara de encontrarse con su padre lo menos posible.

Cualquiera obligado a pasar más de cuarto de hora con Don Perfecto, terminaba a los bostezos o con ganas de responderle mal, porque era una de esas personas inflexibles, con pocos temas de conversación, que tienen todo organizado y no aceptan que nadie los contradiga. Para don Perfecto, no existía la menor posibilidad de que él pudiera equivocarse nunca.

Doña Desorden era una abuela que se había quedado en esa casa inmensa y necesitada de reparaciones, llena de muebles y cuadros que no se tomaba el trabajo de desempolvar, porque un día su marido salió de viaje con una excusa cualquiera, y desde una isla del Caribe, en el breve espacio que le brindaba la postal de una playa con palmeras y el mar azul radiante, le escribió que estaba demasiado bien allí, tomando el sol, sin preocupaciones, y ya no regresaría.

Laura, la hija única de doña Desorden, se había casado con Fernando, un empresario de la construcción que no podía ser más emprendedor. El había ganado una fortuna en quince años de trabajo (pero también había estado a punto de perderla tres o cuatro veces, motivo por el cual era un hombre angustiado por compromisos de los que no sabía cómo zafarse, un seguro candidato para un infarto cardíaco antes de cumplir cincuenta años).

Luis Alberto y Carolina, los hijos de la pareja, siempre estaban impecables, bien vestidos y peinados, a la última moda, rozagantes, gracias a los cuidados de una Nana que se desvivía por ellos.

-¿Luis Alberto y Carolina no son nombres de telenovela? -se le ocurrió preguntar un día a doña Desorden, sin mala intención.

Laura consideró esa frase como un insulto más de los muchos que había escuchado a su madre. Era una de esas ofensas que Laura nunca perdonó. Sus niños habían sido criados con todas las comodidades que sus padres podían pagar. Fueron inscritos en los mejores colegios, casi desde el día mismo en que nacieron. Laura y Fernando pretendían adelantarse a todos los deseos de sus hijos, y por lo tanto, a medida que los niños crecieron, comenzaron a imponer su voluntad. Inútil resultaba que luego Laura los amenazara:

-Si continúan portándose mal, tendré que dejarlos una semana con su abuela.

Luis Alberto y Carolina sabían que bastaban algunas lágrimas oportunas, para que la mamá se olvidara del tema. Laura solía estar siempre tan ocupada con sus obras benéficas, discutiendo con el jardinero o la Nana, recorriendo el Mall para hacer las compras de la casa, que rara vez disponía de una hora para visitar a doña Desorden.

La abuela había aprendido que era mejor no intentar apartar a Luis Alberto y Carolina de los videojuegos o los chats de Internet en los que ambos se sumergían de la mañana a la noche. Cuando trató de ofrecerles otras diversiones, al cabo de pocos minutos de contarles cuentos o intentar que dibujaran, sus nietos se volvían agresivos, como animales acorralados y terminaban gritando que estaban hartos, rompían cosas o se tiraban al suelo, pataleando, para que la abuela los dejara en paz. La pintora se había resignado a la idea de que ella era una persona adulta y no debía esperar el apoyo de su familia.

-¿Por qué mi abuela no aprende a ser como las otras abuelas? -le preguntaba Luis Alberto a su madre.

Quería decir: ¿por qué la vieja loca no se sentaba frente a la tele y tejía bufandas de lana en un rincón de la sala, donde no interfiriera la vida de los más jóvenes? Laura no atinaba nunca a darle a su hijo una respuesta que lo dejara satisfecho. Los niños no podían ser responsables de los errores de sus abuelos. Debían resignarse a que los viejos eran así, anticuados, mañosos, complicados, o dejarlos solos, abandonados a su suerte (pero en ese caso, todo el mundo acusaría a los jóvenes de faltar a compromisos elementales), porque nadie podría corregirlos.

-No quiero que la inviten más a mi cumpleaños -había pedido Carolina a su madre-. Cuando llega vestida de ese modo, se las compone para hacerme pasar vergüenza delante de mis amigas.

Los cabellos rojos de la pintora, que apuntaban en todas las direcciones, los collares de cuentas enormes, las ropas de todos los colores del arcoiris, terminaban convirtiéndola en el tema de los chistes de las compañeras de Carolina durante semanas.

-Tu abuela no entiende… Ella lo hace sin darse cuenta -pretendió disculparla Laura, que a veces hablaba de su madre como de una causa perdida.

-¡La odio! -dictaminó Carolina.

Resignada desde hacía bastante tiempo a que no la recibieran con señales de afecto y lo más probable era que se despidieran de ella sin disimular su alivio, doña Desorden había decidido estorbar lo menos posible a su familia.  Cuando su yerno ofreció comprarle una pintura para colgarla en la recepción de uno de los edificios que acababa de construir, ella le respondió que lo sentía, pero estaba reservada para un comprador extranjero. Sabía que Fernando no apreciaba su obra y sólo pretendía pasarle dinero. Ella no aceptaba la caridad de nadie. ¿Para qué complicar la vida de su familia con su presencia, cuando era evidente que estorbaba?

Ella tampoco se sentía demasiado feliz viéndoles llevar una vida que a su juicio era hueca, superficial, puesto que todo lo que parecían disfrutar era el recorrido de un centro comercial tras otro, de una tienda a la siguiente, como si no tuvieran en la vida otra meta que comprar cantidades enormes de cosas nuevas (ropas, alimentos, objetos) sin importar que las necesitaran o no, siempre y cuando estuvieran a la moda, aprovechando que disponían de una cantidad de tarjetas de crédito capaces de facilitarles cualquier capricho.

A la pintora le disgustaba la comida chatarra que consumían sus nietos, la música ensordecedora que escuchaban a toda hora, los diálogos bobos en los que participaban durante los chats por internet. Ella no iba a ser capaz de atraerlos al disfrute de los buenos libros, de la buena música, de la cultura acumulada durante siglos por la humanidad, cuando los padres de sus nietos, los compañeros del colegio, la tele, todo parecía empujarlos en otra dirección. Eran dos mundos paralelos, con un mínimo de contactos posibles entre ellos, y de ese modo podían continuar en el futuro tal como estaban, evitando mayores conflictos.

(Continúa)

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